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Nazistas

LA CLASE

Tema del mes

Alfredo Gabriel Páramo


La responsabilidad de los maestros

Durante años, tuve como profesor de Historia, y tal vez de otras materias, a Federico Muggenburg. Era un hombre amable, discreto, conservador… y fascista. Años tras año, clase tras clase, nos explicaba la maldad de los judíos y porqué merecían que la Inquisición, “Santísima” para él, en realidad se mostraba benévola al quemar a uno que otro de esos seres despreciables.
Año tras año, clase tras clase, Muggenburg nos contaba cómo los masones arderían en el infierno, la forma en que los comunistas soviéticos estaban a punto de dominar el mundo si no hacíamos algo. En Fábrica de conciencias descompuestas, Gerardo María narra esta historia.

Ya casi al final de mi periodo escolar, algunos compañeros y yo nos empezamos a cuestionar las enseñanzas de este personaje y detalles como el pequeño casco nazi que colgaba del retrovisor de su Opel. A la fecha, me asombra la pasividad con la que mis padres lo aceptaban como profesor casi tanto como el hecho de que el director del Bachillerato era un sacerdote holandés notoriamente antinazi que había padecido la ocupación de su país durante la segunda Guerra Mundial.

Como sea, Muggenburg durante años condicionó a muchos de sus estudiantes.

El siglo XX sirvió de marco a la humanidad para infinidad de tragedias fruto de regímenes totalitarios de amplísima aceptación. Millones de personas gritaron vivas a payasos sedientos de sangre como Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Pol-Pot. La promesa de prosperidad, de justicia y paz se convirtió en demagogia, los sueños se destrozaron y sus fragmentos hirieron de muerte a mujeres, niños y hombres.

La cárcel, el campo de concentración, el potro de tortura se convirtió en los salones de graduación en los que oficiantes y víctimas bailaban una trágica danza de la muerte.

En esta tragedia, la escuela y sus oficiantes tienen graves culpas. En el libro Los banqueros secretos de Hitler se hace una acusación muy seria: “sólo un gremio dio mayor apoyo a los nazis que los banqueros: los maestros”. Si esto es verdad, es terrible y a primera vista inexplicable, que hayan sido los docentes, gente como nosotros, a quienes los padres de familia y la sociedad nos delegan gran parte de la formación de niños y jóvenes, responsables entre otras cosas de la mayor destrucción bélica de la historia, del Holocausto, de la destrucción sistemática de todos aquellos que eran diferentes, de la intolerancia, del culto a la muerte.

Aunque, buscando en la historia y en la literatura, esta extrañeza, desafortunadamente, no debería ser. Recordemos al maestro de Sin novedad en el frente como el principal promotor del reclutamiento de jóvenes para la primera guerra mundial. En esta poco honrosa lista podríamos incluir, también, a los profesores fascistas italianos y españoles, a quienes desde las aulas cantaron loas al estalinismo o a infinidad de profesores mexicanos empeñados en enseñar a callar y obedecer.

Claro, tenemos en nuestro descargo verdaderos héroes de la libertad, de la búsqueda del conocimiento. Recordemos a fray Luis de León, quien después de pasar cuatro años encarcelado por esa vergüenza imborrable para el catolicismo, regresó a la universidad de Salamanca para reiniciar su clase con su “Dicebamus hesterna die” le niega importancia al horror, o de los cientos de profesores libertarios españoles que llegaron a México a seguir formando hombres libres y críticos una vez que en su propia patria se enseñoreaba el oscurantismo.

Por otra parte, estoy convencido de que existe en muchos docentes un verdadero sentimiento de apostolado. ¿Cómo, de otra manera, podría explicarse el sacrificio de miles de maestros normalistas que sobreviven con sueldos de miseria? ¿Qué decir del gusto por dedicar horas/días/vidas a enseñar lo que se sabe aunque el compañero de generación gane el doble por hora o más de un profesor universitario?

¿Qué pasa entonces? Creo que muchas veces, los maestros nos equivocamos y cometemos errores tremendos por culpa de esos dos pecados que siempre vienen juntos: soberbia/autodesprecio.

Discutimos en foros y maestrías sobre la grandeza de nuestra labor, nos vemos a nosotros mismos como formadores, como creadores, y para emplear la frase hecha, jugamos al aprendiz de hechicero. Formamos hombres de barro y creemos como el rabino Löw del gueto de Praga que la manipulación del nombre divino de Dios (o de la ciencia, de la fe, del civismo o la razón) nos convertirá en creadores… y como el rabino, nos falta una letra y hacemos un golem, un ser vivo, pero incompleto.

Creemos que tenemos el poder, pero nos rendimos servilmente a él. Nos sentimos menos y tratamos entonces, de ser esclavos y participar de las migajas de los poderosos… o, al menos, eso es lo que ocurría en la Alemania nazi.

Ante la angustia de poder enseñar, de mostrarse útiles ante el amo totalitario, de desear participar en el banquete de las sobras y nos enfrentamos a un dilema moral que deja muy atrás el problema de si es práctico o no emplear estudios de caso, lograr una enseñanza de calidad, buscar nuestro queso o en lugar de maestros, educadores o docentes, optar por el ridículo término de “facilitadores”.

De manera recurrente a lo largo de la historia -se dio en el nazismo, en la revolución cultural china, en la España de Franco, ¿se dará en este nuevo México? la educación opta por soluciones conductistas, que como fruto de la teoría mecanicista, “no consideran diferencias fundamentales entre vida y materia y (…) el análisis de un objeto, animado o inánime, en sus diversos elementos, nos lleva a la explicación de sus manifestaciones. (…) la sucesión de los acontecimientos está rígidamente determinada; que los hechos se enlazan unos a otros como las piezas de una máquina…”

Obviamente, este conductismo se aplica en la enseñanza, tanto personalizada como a gran escala, cuando se quiere lograr “orden y progreso”. Los nazis, a fin de cuentas, eran perversos, no estúpidos. Marchas, lemas, consignas, impresionantes montajes escenográficos, miedo constante al castigo… todas y cada una de las técnicas conductistas para la configuración y moldeamiento de la conducta humana empleados una y otra vez para el logro de propósitos aviesos.

¿Ya no somos así? A veces lo dudo, sobre todo cuando escucho las recomendaciones de formar buenos trabajadores, hombres exitosos, gente que consiga trabajo, alumnos que estudien duro y sean buenos, respetuosos, bien portados…

Evidentemente, estos educadores nazis no partieron de la nada. Previamente existían condiciones y conductas en el pueblo alemán, tales como nacionalismo, racismo, sentimiento de abandono, de traición, obsesión por el orden, tendencia a la obediencia, etc.

Al respecto de las ganas de creer, Robert Payne escribe: “Su poder era tan penetrante e insidioso que el pueblo alemán perdió su identidad; todos se convirtieron en pequeños Hitlers actuando a sus sombra (…). Incluso cuando mentía abiertamente, y ellos lo sabían, los alemanes preferían creer sus mentiras que enfrentarse a las consecuencias de la verdad”. De hecho, el mismo Adolf Hitler quedó atrapado, al igual que todo el pueblo alemán y, peor aún, mucha gente de otros lados, en su trampa malévola: “Llegó un momento en que Hitler creyó en sus propias mentiras”.

Así, el trabajo de moldeamiento, reforzamiento y modificación de la conducta se lograron en un plano en el que la consciencia, sobre todo la individual, se desbordaba y superaba. El individuo dejaba de pensar y sólo reaccionaba, era eficiente y ordenado.

Por supuesto, esta interpretación necesariamente es una reducción. No todo el fenómeno totalitario, ni todas las formas de dominación pueden explicarse a partir de la educación ni los docentes fueron los únicos culpables. Muchas otras disciplinas, como la comunicación, la sociología, la ciencia política, incluso la historia, aportan y enriquecen los elementos para la comprensión de este y otros fenómenos similares.

Así mismo —y este es un objetivo expreso de la mayoría de las instituciones educativas— la enseñanza se emplea también para formar en la persona “buenos hábitos”, tales como puntualidad, limpieza, respeto, orden, etc. Puede ocurrir lo que narra el novelista Stephen King en su cuento “Rita Hayworth y la redención de Shawshank”:

“Ir al baño. Eso fue otro problema. Cuando tenía que ir (y sentía siempre la urgente necesidad de hacerlo a las y veinticinco de la hora) tenía que vencer la casi abrumadora necesidad de decírselo al jefe. El saber que sencillamente podía ir y hacerlo en el brillantísimo mundo exterior era una cosa; adaptar mi yo interno a ese conocimiento después de tantísimos años de consultarlo con el carcelero más próximo o afrontar dos días de confinamiento solitario por olvidarme… era otra cosa muy distinta”.

Puedo asegurar, aunque seguramente para muchos esto pueda sonar a herejía, que no importan tanto las técnicas o los estilos docentes como la necesidad de fomentar una verdadera revolución. Recordemos que, necesariamente, muchas escuelas tracionales niegan la libertad. Ésta sencillamente no puede existir en tanto que todo puede reducirse a una cuestión estímulo respuesta, aunque los fines sean tan elevados como garantizar la solvencia económica o dotar a todo el país de mano de obra entrenada capaz.

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