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Orientación educativa

Decisiones

Pablo Fernández Juárez


El Castillo de la Pureza… de un lector

La lectura es a la inteligencia
lo que el ejercicio es al cuerpo

Enrique Rojas
Psiquiatra español

La verdad ya no me acuerdo cuando empezó mi gusto por la lectura. Es probable que al principio haya sido impuesto “a sangre y fuego” por la disciplina paterna, y tenazmente vigilada por David, mi hermano mayor, un intelectual atípico entre nuestros “honorables y distinguidos” vecinos de la colonia Morelos, que alberga al tristemente famoso barrio de Tepito.

En esa casa donde las lecturas eran interminables y único requisito para tener un pasaporte vespertino al recién abierto deportivo “Eduardo Molina”.

Lecturas de los llamados clásicos; “Moby Dick”. “El Jorobado de Nuestra Señora de París”, “Los Tres Mosqueteros”, de libros ya viejos, tres por el precio de uno…

Todavía recuerdo las lecturas de la biblia, aprender a hacer resúmenes con párrafos y pasajes de los hebreos, las historias de Daniel y Gedeón.

Después fueron añadidas las letras de canciones que escribía en una libreta, leer completo el Quijote en secundaria, con una maestra de literatura muy preparada y sobre todo humana, atenta a nuestras habilidades y deficiencias para leer y escribir.

La lectura me salvó de un fracaso rotundo en secundaria y salí de ésta con la esperanza de un mejor futuro inmediato en la Prepa 2.

Allí me distinguí por mi obsesión por la poesía, el deporte, las canciones mal cantadas y por mi pésima pericia por las matemáticas.

Entonces algo me dijo que las ciencias exactas no eran lo mío. Me dedicaba a escribir pequeñas notas y versos con una métrica de muy mala calidad que simulaban poemas y cuando ingresaba tarde a la clase de literatura, todos mis compañeros sufrían por mi deseo de declamar en voz alta los pensamientos de Amado Nervo y sólo recibía el aplauso de mi maestra de literatura, la burla y compasión generosa de mis amigos incondicionales.

Ya en la facultad, leer era un trabajo diario y obligatorio, me concentré en libros filosóficos y técnicos que en muchas ocasiones no entendía un carajo, pero por fortuna mi disciplina para la lectura ya estaba iniciada. Leer a Freud y a Skinner, a Sartre y Paulo Freire, Fromm y Reich, después a Lacan, Bunge y Rosembleuth.

Al terminar la carrera empecé como profesor universitario de manera casual. Fue un boleto que compré sencillo y sin regreso.

Para impartir clases tenía que leer el doble de lo que había leído antes, y para acabarla de “amolar”, con frecuencia era en inglés, una lengua que no entraba en mis fortalezas.
Pero la suerte “estaba echada”. Y por fin los dados se inclinaron a mi favor.

La lectura me salvo del ridículo frente a mis alumnos a pesar de mis malas traducciones y me tuve que comprometer con ellos a preparar mis clases como nunca, con tal de que ayudaran con el inglés.

Desde entonces, leer ha sido para mí una buena costumbre, pero a veces con un mal hábito. Lecturas desorganizadas, apresuradas y emergentes, hicieron que dejara de lado las placenteras y más reposadas.

Aún así me doy cuenta, al paso del tiempo que leer detiene el tiempo y la vorágine de la vida moderna inmersa en compromisos, tareas y ahora en recursos tecnológicos vacíos y superficiales como las redes sociales y el monitor de mi computadora.

Cuando leo sólo y a “la vera del camino”, suelo combinar la poesía, la literatura y las novelas de mis autores preferidos, los hispanoamericanos.

En casa leo despacio y en voz alta, para mí o para mis hijos. En la oficina las lecturas son rápidas y analíticas, urgentes y necesarias, pero todas al fin placenteras y recuperadoras de la humanidad que nos tiene tan urgidos en estos días de sinrazón, ausencia emocional y de avasalladora necesidad de “estar informado”.

La lectura se ha convertido en un oásis, en un recurso de mis terapias y tutorías y ahora confesando que soy un lector nervioso pero contento por lo que he leído y por lo que me falta.

Tengo la suerte de tener amigos, asiduos y expertos lectores, que cada día me estimulan a encontrar en los libros respuestas a mis preguntas más frecuentes sobre diversos temas.

Por eso me atrevo a pensar que los niños y jóvenes deben cultivar el hábito de la lectura:
Leer los clásicos o los “best sellers”, cual primero y cual después, no importa, la clave es leer con regularidad, constancia y placer, tener en mente que no se lee por presunción, por destacar de los demás, por demostrar que se es un lector voraz y actualizado. Más bien leer por hambre de auténtico conocimiento, discreto y prudente (no hablar de lo que no se sepa).

La lectura requiere de disposición, tiempo y sobretodo de humildad (un libro austero que me acompañe en “la parte más baja y soleada de la casa”.

La lectura nos lleva a un viaje todo pagado a “El País de las Sombras Largas”, nos hace reconocer a “Las Doradas Manzanas del Sol” y mirar sin ser descubiertos a los “Bandido de Río Frío”. Perdernos en las cadencias de los sonetos de Sor Juana, Los paisajes mágicos del sueño olvidado de Macondo y finalmente, encontrar la salida del Laberinto de la Soledad.

Finalmente, la lectura nos permite olvidar por momentos las dificultades, los problemas y adentrarnos en mundos que se parecen al nuestro, sólo que más vastos e inconmensurables. Leer en voz alta, dialogar con el autor, sentir lo mismo que José Arcadio Buendía encerrado en Cien Años de Soledad, con nostalgia y sin alardes.

Un día mi amigo Arturo me visitó en casa y me preguntó: “a poco ya leíste todos tus libros”. Contesté que no, pero si sabía donde encontrar información.

Conozco personas que caminan con un libro en la mano, para que todos los vean y los califiquen de intelectuales y cultos. Yo pretendo únicamente saber más y disfrutar de un buen libro. Y si es acompañado de buena música, pues que mejor.

Toluca Estado de México
Febrero 2011

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