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LA CLASE

Tema del mes

Pablo Fernández Juárez


Prefiero el Futbol

Ahora que se acerca el Mundial de Futbol, reescribo esta líneas dedicadas tanto a defensores como detractores de este deporte, juego o negocio o empresa de entretenimiento…

En los años de la infancia y en la populosa Colonia Morelos donde viví 16 años, se practicaban varios deportes. En ocasiones y por temporadas era el frontón a mano en paredes improvisadas, otras en el frontón semiprofesional de Avenida del Trabajo en la frontera con Tepito, con apuestas de por medio, y a unas cuantas cuadras de mi casa en la calle de los Hortelanos.

Correr era un modo de vida más que un deporte. Cuando anunciaron la inauguración del deportivo “Eduardo Molina”, las canchas de fut y de basquet aparecieron como un mundo mágico y alcanzable. Ya que antes de éste, sólo existía el parque Madero para pelotear y correr alrededor de la estatua de este ilustre personaje.

Pisar el pasto de las 4 canchas de futbol o tirar en las 10 de basquetbol era permitido y maravilloso. Únicamente teníamos prohibido entrar a la duela del gimnasio. Entrábamos para ver desde las gradas los partidos de la liga local con jugadores finos y estilizados, como era el basquetbol de la época.

Aprendí lo básico de este desconocido deporte ya que el futbol requería, por lo menos en mi colonia, un complejo paquete de condiciones para practicarlo de manera formal o informal:

Tener tiempo y permiso, ya sea para jugar en la calle, regateando entre camiones y autos de manera por demás temeraria, o para entrar a algunos equipos de la colonia caracterizados por su elitismo y prejuicios, (aún “entre perros había razas”).

Así que no me quedó de otra que jugar con mis hermanos y mis amigos un deporte alejado de las masas y con el beneplácito paterno por ser aparentemente más fino, tranquilo y menos asociado a los vagos y drogadictos, mis distinguidos vecinos.

Al pasar el tiempo, nunca me distinguí por mis habilidades en el basquetbol, más bien estaba en los equipos por mi condición física que rebasaba por “muchos años luz” a la de mis amigos que tomaban y fumaban como “chacuacos”.

Intenté jugar fut en la secundaria. No lo logré y únicamente corría por el patio por instrucciones de un profesor de deportes, simpático, pero desinteresado en detectar talentos deportivos. En la prepa ya no pensaba en ello, sin embargo mis hermanos estaban vueltos locos desde antes del mundial de Inglaterra y sobre todo David, el mayor, que perdía su inteligencia y cordura cuando jugaba la selección del inolvidable “Chololo Díaz y de Chava Reyes”. Ahí comenzó mi amor por el futbol y por las Chivas, por supuesto influenciado por él.

En un juego amistoso contra Brasil —si mal no recuerdo— México empató y David, perdiendo el juicio, saltó desaforado en la casa del vecino (nosotros no teníamos tele) rompiendo la lámpara del techo.

Y “de ahí pa´l real”; combinaba el basquet en la práctica y el fut más contemplativo con los juegos, los domingos, del “Atlético Tepito” contra el “Botafogo”, pero no de Brasil sino de la Morelos, que se anunciaban anticipadamente y con la formalidad del caso, en un pizarrón colocado en las tiendas y misceláneas con el lugar y fecha respectiva.

El Mundial de 1970 me hizo conocer el futbol más hermoso, atractivo que jamás he vuelto a ver. Cuando Pelé remata un tiro de esquina girando sobre su propio eje, no lo podía creer. Y el gol del defensa alemán Karl —Heinz Schnellinger, que empata en el minuto 90 en la semifinal contra Italia, en el llamado “_Partido del_ Siglo”, me convenció que el futbol era para disfrutar, gritar y no pensar.

El día del partido inicial, mis hermanos me dejaron sólo en el puesto de La Lagunilla para irse a ver el partido entre México e Italia. El resultado fue que México perdió y me robaron un anillo los “pinches rateros de Tepito”. Pero la historia se había escrito en mi inconsciente colectivo con letras de sangre y cuero. Los mismos materiales de los balones de la época.

En realidad fue como un bautizo o rito de iniciación en la cofradía de los fanáticos del futbol. La secta en la que quedas atrapado irremediablemente y ya nunca puedes salir, a pesar de los ruegos y enojos de la novia y amigos clase medieros y anti futboleros. Ellos elegían el fútbol americano como su deporte favorito y rodeados de un estilo de vida aspiracional, separados de las masas, de la clase baja y de un deporte de “panaderos” o “panboleros”. Del *lúmpen* pues.

Años después, en la Universidad, alguien me invitó a jugar con los Pumas de La Liga Interuniversitaria, pero como sólo jugué dos o tres partidos, los dos uniformes azul y oro se quedaron guardados para siempre.

Pero mi gusto creció por las Chivas y mi periódico preferido era el ESTO, que en color sepia mostraba imágenes de los deportistas de la época, lo cual imprimía un sello a mi obsesión por los deportes.

En una portada estaba el gran Lev Yashin, el portero de la selección soviética apodado “La Araña Negra” y considerado el mejor arquero de la historia_. El equipo del Real Madrid, los argentinos y uruguayos que llegaban por montones a México y por supuesto Pelé, Rivelino, Gerson y Tostao, del gran equipo brasileño que recién había levantado la Copa del Mundo nada más y nada menos que en el *Estadio Azteca.

Carlos Alberto, capitán de Brasil, en la final contra Italia (que había ganado la semifinal en tiempo extra a Alemania), selló la victoria sobre el catenaccio (cerrojo) italiano con un gol de antología:

“… Ya con 3-1 en el marcador a favor y a punto de finalizar, se viene otro ataque fulminante de Brasil, los jugadores se inclinan hacia la derecha siguiendo a Jair, a Tostao, Gersón y Pelé.

Este último recibe el balón, avanza hacia el centro con la intención de tirar, todos esperan angustiados y ansiosos el disparo del mejor jugador del orbe, pero con ese cambio de ritmo y control corporal-kinestésico que lo caracterizaba, filtra sorpresivamente a la derecha hacia Carlos Alberto, que ya venía incorporándose por la “entre ala” como un rayo y anota la “cereza del pastel”, como queriendo romper la red de la portería italiana defendida de manera aguerrida por el portero Enrico Albertosi”.

Ese mismo año que ingresé a la Prepa 2 de la UNAM, jugaba con mis amigos de la selección B, (porque en la A estaban los mejores jugadores ya consagrados en su último año), dos o tres partidos de basquetbol seguidos y los combinaba con correr cada vez que podía.

En la Universidad, me invitaron nuevamente a integrarme al equipo de la Facultad de Psicología, y me di cuenta que una cosa era correr mucho y otra muy distinta jugar al futbol.

Como en los partidos de los PUMAS no podíamos ingresar y no había jugadores que dignamente representaran a los alumnos de la UNAM, con falso orgullo nos retiramos del maravilloso Estadio Universitario en calidad de aficionados frustrados y pensando “que al cabo que ni queríamos” estar ahí.

Sólo pudimos ingresar gratis a los Juegos Panamericanos de 1975 celebrados en el mismo Estadio y en primera fila mostrando la credencial respectiva con mi número de cuenta; 7006541-1, ¿cómo ven?

Rápidamente cambié de deporte y regresé al frontón, los fracasos llegaron pronto en torneos locales y volví al basquet ya como practicante en la cancha de la colonia Álamos, donde los norteños nos daban cátedra de lo que era jugar con clase, talento y alegría. No se cómo inicié mi gusto por los Celtics de Boston. Quizá por su estilo fino y certero, recordando al Mano Santa Arturo Guerrero y a Manuel Raga, de la Selección Mexicana del 68. Como eran pocos los partidos televisados, otra vez me atrapó el fut.

Y vinieron partidos, mundiales y asombrosos futbolistas como Franz Beckenbauer, Fachetti, Rivelino, Gianni Rivera, Platiní, Zico, el portero uruguayo Ladislao Mazurkiewics, las “palomitas” de Hugo Sánchez, el Jefe Boy, Chavarin en El Atlas y el inolvidable Gato Marín y su autogol con el Cruz Azul cuando intentó despejar con gran estilo, enfundado en su clásica sudarera de rayas horizontales.

Siguieron grandes jugadores, otros mundiales y equipos admirables: Holanda de Johan Cruyff, la Argentina de Maradona, Baggio, Ronaldo, Romario, Oliver Khan, Bufón, Ronaldinho, Zidane. Roberto Carlos, Rivaldo y actualmente Messi, Ronaldo y El Chicharito, que busco cada vez que puedo ver la tele. Solo me complace el Milán del loco Mario Balotelli y Alexandre Pato, un excepcional jugador brasileño ya perdido en el Sao Paulo —uno de los mejores e incontables equipos brasileños—, El Manchester United* y El Real Madrid.

De México odio el juego semi lento, canchero y timorato, las trampas y los simulacros, el “famoso poste”, inventado por los entrenadores que juegan con el marcador, pero no con la pelota. Seguimos tan lejos del futbol inteligente y lúdico. Me gusta El Atlas y mis eternas Chivas (aunque de vez en cuando ganen) de Vergara y sin él mejor.

En una ocasión, mi cuñado Carlos me contó que cuando jugaba con sus amigos ingleses, jamaiquinos, africanos y argentinos de la Universidad de Londres, terminaban siempre sucios, mojados, y golpeados, pero contentos y felices por el mero hecho de jugar, admirando la entrega espontánea y colectiva y celebrando en el pub mas cercano. Es que el futbol es un juego y muchos no los entienden así , tanto propios y extraños.

¿A que habrán jugado de niños y de jóvenes, los que odian el futbol?

Esto en un relato informal, pero comprometido con este maravilloso y en no pocas ocasiones pervertido deporte, sobre todo por los promotores, sueldos y contratos millonarios que le han arrancado de cuajo el goce de los jugadores de antaño. Ellos jugaban “por amor al arte” (o a la artesanía) en su escaso tiempo libre fuera del trabajo y del oficio. Y si, muchos de ellos eran panaderos, sastres y carpinteros…

Ya mis amigos y colegas más versados y apasionados del futbol, se encargarán de argumentar y citar autores con reseñas más pomposas y sesudas al respecto:

Galeano, Villoro y Valdano por citar algunos.

Sigo con frecuencia las noticias y veo lo que puedo de futbol y algo del basquetbol de la NBA. Únicamente para finalizar, tengo una breve encuesta para los anti futboleros:

1. ¿Qué les emociona y los transforma por un momento?

2. ¿Practicaron algún deporte de niños?

SI ( ) NO ( ) Por qué

Ya lo dijo Freud, en puño y letra de Santiago Ramírez:

“Infancia es destino”

Mayo del 2014

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