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LA CLASE

Tema del mes

José Luis Mejía


Morirse en Internet

Manuel Flores va a morir, 
eso es moneda corriente; 
morir es una costumbre 
que sabe tener la gente

Jorge Luis Borges 

Morirse es la cosa más común que existe, tan vulgar como nacer pero opaco, se entiende, sin la magia de la vida. Cuando morimos retornamos (nos regresan) a la nada infinita de la cual el azar nos arrebató sin saberlo (entiendo que los creyentes tendrán, después de esta, una vida eterna y etérea que el ateísmo me confiscó miserablemente —suerte la de ellos—). 

Siempre les repito a mis alumnos el «memento mori» («recuerda que vas a morir») de los romanos (cuyos dioses, equívocos y veleidosos, me son más simpáticos). Estar consciente de la propia muerte no es, como algunos pretenden, un receta para el suicidio o para la depresión crónica, al contrario, es un aliciente para seguir vivos, aprender, hacer y transformar el mundo (ojalá que para bien).  La evolución, ese fuego como el que Prometeo compartió con los hombres, nos ha permitido abandonar las cuevas, ser más humanos y menos bestias, vivir más y mejor. Si tuviéramos —como los dioses ociosos— la seguridad del infinito, seguiríamos ocultos en la montaña, asustados por la tormenta o embrutecidos por las sombras, como lo explica Platón en su alegoría de la caverna.

Con la modernidad, el hombre ha querido escapar de la muerte y vive tentado por la anestesia del ruido ensordecedor, las obligaciones infinitas y la tecnología esclavizante. Huimos (pretendemos huir) de la enfermedad y de la muerte, maquillándolas. Las clínicas parecen hoteles y a los muertos se les despide en velatorios con horas fijas y capuchino.

Internet, gracias al señor Zuckerberg, se ha convertido en el nuevo espacio donde la muerte es (creemos) derrotada. Morirse abre una temporada de «buena voluntad» en la que los muchos o pocos que conocían al finado se dedican a escribir elegías en las que no solo resaltan las virtudes del muerto (que, a lo mejor, las tenía) sino que, forzando la imagen poética (o patética —revisen la definición antes de ofenderse—), inician una especie de diálogo retórico con el difunto, contándole lo mucho que lo querían, lo tanto que lo recuerdan, lo buena persona que era, lo inmenso del vacío y demás detalles de un afecto fervoroso que recibe los «like» de otros tantos conmovidos por el suceso (sin duda lamentable que, como Donne —y Hemingway—, pienso que «any mans death diminishes me, because I am involved in Mankinde»). Antipático, como siempre, me pregunto si no sería mucho más beneficioso, en este tiempo en el que la tecnología le ha arrebatado sus excusas a la distancia, decirle todo aquello a la gente mientras vive y puede escucharnos y respondernos —con simpatía, indiferencia o desprecio, según se le antoje—.

¿A quién le escribimos cuando elogiamos al muerto en las paredes públicas y virtuales de «Facebook»?  Dudo que aún los más fervorosos creyentes en la vida eterna crean que allá, en «el cielo prometido», puedan leerse los emocionados mensajes y menos aún que en «el infierno tan temido», Satanás permita a los castigados distraerse con Internet.

Les escribimos a los muertos para sentirnos mejor, para reparar daños irreparables o expresar emociones que no nos atrevimos a decir en vida; claro, también (y esos no son pocos) hay quienes escriben para la platea, para la multitud de curiosos y fisgones que están «mirando» y ante los cuales parece que se ha vuelto indispensable mostrar una sensibilidad elocuente.

Hay que decir que la costumbre no es nueva, solo ha cambiado la plataforma. El «Facebook» de mi infancia eran las páginas de obituarios de los periódicos (y aún hoy es posible ver en las páginas de los diarios en Singapur defunciones cuyo tamaño de letra y foto —«de quien en vida fue»— están directamente proporcionados a la fortuna familiar).

Mi padre decía que en los países civilizados solo se publicaba una lista en el diario «para saber quién se ha muerto ayer», en democrático orden alfabético y sin comentarios de ninguna clase.  Él, que recelaba de los discursos póstumos, dejó orden expresa de que no se anunciara su muerte, «¿para qué?, ¿para qué celebren mis enemigos?, quienes me quieren no necesitan del periódico para enterarse».  Yo, como él, espero el silencio entonces; ahora, mientras vivo, que amigos (y odiadores) se expresen. No me expropien, por favor, el placer y la alegría de responderles…

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