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LA CLASE

Tema del mes

Víctor Esparza


La vida que llevamos, esa vida que buscamos

Aquel verano del 93, como se había vuelto costumbre desde hacía pocos años atrás, la familia de Ernesto junto a la de sus tíos se trasladaba entera hasta la casa del abuelo cercana a Mérida, donde les esperaban 3 intensas semanas de vacaciones.

Este ritual, además del agradable disfrute del apapacho brindado por Rafael y Margarita, albergaba una serie de momentos estelares, desde veladas a la luz de la fogata y la luna hasta el recorrido por grietas submarinas que conectaban los cenotes de la región.

Pero lo que más disfrutaba Ernesto era abstraerse del  bullicio familiar y escaparse hasta el estudio del abuelo, que por su oficio de periodista que desempeñó por 35 años era una auténtica cápsula del tiempo. Entrar en esa habitación de paredes tapizadas de libros, reconocimientos, notas de prensa enmarcadas y fotos, muchas fotos, tomadas en lugares distantes del mundo que recorrió Rafael cumpliendo su trabajo era el máximo deleite que encontraba Ernesto cada verano, algo que para un puberto de 13 años podría parecer muy peculiar.

Durante la última incursión que realizó aquel verano decidió tomarse unos minutos para reposar sobre el viejo pero resistente descanset con el que contaba el abuelo, e incluso en la más perfecta de las imitaciones, reclinarlo y extender los brazos a sus anchas, cavilando sobre lo tanto que extrañaría esas horas que había acumulado recorriendo las estanterías del estudio, hojeando algunos libros, documentos y diarios de trabajo atesorados con cariño por Rafael. Al girar su vista hacia la mesita colocada en el costado izquierdo del sillón, se encontró con un pequeño ejemplar de tapa dura e impresión desgastada, seguramente por el paso del tiempo y de dicho libro entre las manos de sus lectores.

Al hojear las primeras páginas se cruzó con el título: EL EXTRANJERO y el nombre del autor bajo de él, un completo desconocido hasta entonces para Ernesto: Albert Camus. Advirtió más abajo y cargado a la derecha un garabato extraño en tinta negra que no podía, por su figura (una A y una C apenas distinguibles al comienzo de cada palabra), sino corresponder al autógrafo del escritor del libro en cuestión. Ello incrementó el interés de Ernesto por sus páginas, y de inmediato comenzó a recorrerlas con avidez, saltando unas cuantas en el proceso, hasta encontrarse sus ojos con una que 20 años después seguía recordando:

«Me preguntó entonces si no me interesaba un cambio de vida. Respondí que nunca se cambia de vida, que en todo caso todas valían igual y que la mía aquí no me disgustaba en absoluto».

Rotundamente absorto por el impacto que dichas líneas provocaron en su pensamiento, al punto de sentirse invadido por una parálisis emocional poco explicable, fue sorprendido por el abuelo, que entrando sigiloso al estudio, se acercó hasta él con la mayor de las cautelas y colocando su pesado brazo sobre el hombro de su nieto, soltó un cálido comentario.

— Veo que te encontraste con mi amigo Albert.

— ¿Él te regalo el libro, abuelo?

— Tuve el enorme gusto de entrevistarlo en 1958, dos años antes de su muerte. Al terminar, como si fuera un quinceañero frente a su mayor ídolo musical saqué de entre mis pertenencias el libro que tienes en tus manos y le pedí su autógrafo. Su mueca parecía contradecir el reflejo de su brazo en tomarlo y empuñar el bolígrafo para garabatear su nombre. Al devolvérmelo me abalancé con un abrazo que si bien no esperaba, tampoco repelió.

— ¿Fue un personaje importante?

— Eso te corresponderá a ti averiguarlo, Ernesto. ¿Sabes? Un buen comienzo será que te quedes con el libro, no podría encontrar mejores manos en quien depositarlo.

— Pero abuelo…

— Nada de peros, muchacho cabrón. No sabré yo el gusto con el que paseas por aquí, y no hay mayor fortuna para mí que pudieras, quien sabe, alguna día seguir mis pasos.

Ernesto correspondió al sorpresivo regalo prodigándole al abuelo un fortísimo abrazo, y ambos abandonaron el estudio pues precipitadamente se había ya llegado la hora de la cena.

Éste sería el último verano que Ernesto vería con vida a su abuelo. A comienzos de 1994 un infarto fulminante acabaría con la vida de Rafael, y con ello fueron suspendidos de manera indefinida los paseos a Yucatán, siendo Margarita llevada a vivir a la capital con uno de los tíos de Ernesto.

Pasaron los años y con el orgullo de tener entre sus manos una primera edición de El Extranjero en español en sus manos, autografiada por el mismísimo Camus, Ernesto viajaba hasta Mondovi, Argelia, para cubrir por parte de la agencia de noticias en la que trabajaba desde 2009 el centenario del natalicio de tan significativo novelista y filósofo existencialista, con la plena conciencia de sentirse, como en cada viaje, acompañado.

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