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LA CLASE

Tema del mes

Pablo Fernández Juárez


Carta al coro académico de la Universidad Nacional Autónoma de México: ¿Es necesaria la educación artística?

Esta carta la escribo después de varios años, disfrutando el privilegio de haber pertenecido a este grupo coral tan especial durante 10 años y felices días.

Cuando platico del Coro Académico a mi familia, amigos y conocidos y afirmo que en gran medida cambió mi vida, les gusta el comentario, pero algunos piensan que exagero por el lazo afectivo que me une a esta etapa de mi vida como todas las vivencias que se exaltan y dimensionan perdiendo lo real. Pero como dijera mi querido Gabriel García Márquez, “…la vida no es lo que vivimos, sino lo que recordamos y cómo lo contamos”.

Esto no es lo importante, lo que realmente quiero resaltar en esta carta es que esta formación musical, artística y cultural que recibí es la que permanece en la vida y deja huella indeleble y perenne. Es lo que nos hace crecer como seres humanos. Y el Coro me permitió probar una variedad de sabores deliciosos de frutos ácidos, amargos, pero en la mayoría de los casos dulces, exuberantes y verdaderamente enriquecedores.

Esta carta, es una pequeña parte del reconocimiento a mis profesores, todos me dieron algo importante de cultura y educación artística; la maestra Sacramento en la primaria, mi maestro Quevedo de música en la Secundaria Diurna 51, las gemelas Ana María y Rosa María Kuri Itza en la Prepa 2, que nos enseñaban inglés y francés respectivamente, con canciones de los Beatles y de Charles Aznavour.

También a mis hermanos David, Gabriel y Esther, que obsesionados cada quién por su lado por la música, así como a mi padre que cantaba a capela tantas canciones para ese tiempo ya viejas, y que me aprendía de memoria para después escribirlas en el cuaderno entre clase y clase.

El profesionalismo y la gran calidad humana de mis queridos maestros del Coro; Gabriel Saldívar y Lupita Campos, formadores de varias generaciones y fundadores de este grupo maravilloso, que me acercaron a la música de manera seria, formal y alegre.

Eran en ciertas épocas más rígidos y en otras más flexibles, pero siempre responsables e innovadores ante cualquier compromiso.

Su presencia llenaba el lugar donde ensayábamos cuatro veces a la semana, me aceptaron con mis claras limitaciones con la única condición de enamorarme de su música y que por añadidura incluye su aprendizaje.

Solidaridad, generosidad, entrega, paciencia y sobre todo amplio conocimiento y amor auténtico por lo que sabían hacer muy bien: Llevar a un grupo de jóvenes universitarios a conocer e interpretar la música—en cualquiera de sus géneros—de manera armónica y digna.

Es cierto que algunos de los miembros buscaban al Coro como refugio y como escape, o como simple pasatiempo que les permitía conocer personas diferentes y navegaban a la deriva por aguas superficiales y sin llegar a un puerto definido. Para algunos su primer ensayo o concierto era “debut y despedida”.

Otros eran estudiantes de música y aún los muy jóvenes nos corregían a los “viejos” con una seguridad y propiedad difícil de creer. Había momentos en que todos parecíamos iguales a los ojos de los maestros cuando nos elegían para una gira o un concierto importante. Si cometías errores reiterados eras puesto en evidencia frente a los demás y las críticas y correcciones solían ser frecuentes en la mayoría de los casos. El orgullo y la soberbia eran puestas a prueba todos los días.

También es importante reconocer con honestidad que yo no siempre actuaba correctamente y que mis distracciones, errores, mi frecuente impuntualidad y escaso talento vocal y de otros del Coro, así como en ocasiones los desaciertos de los mismos profesores, afectaban la vida al interior y al exterior del Coro y de los compromisos contraídos.

Aunque por otra parte nos cuidaban en extremo y que un descuido o una trasnochada con bebidas frías era descubierta al instante y lo precedía un regaño y castigo por no cuidar la voz.

Por lo tanto, es primordial que esta carta se convierta en un testimonio abierto de agradecimiento a mis maestros que me enseñaron y formaron musical y culturalmente.

Recientemente he leído y escuchado a personas que señalan con dureza los errores y limitaciones de sus profesores, pero que no reconocen los suyos propios, “ven la paja en el ojo ajeno y no miran la viga en el suyo”.

Es real que nuestros profesores cometieron errores, pero, ¿quién de nosotros en esta tarea de ser docente y de enseñar no los ha cometido?

¿Acaso tenemos que dejar de ser generosos y agradecidos sólo porqué nos consideramos ya maduros y con experiencia?

Imídeo Nérici, pedagogo brasileño nos dice que “…se impone dejar de querer ver al profesor con todas las perfecciones deseables, cual figura acabada que a todo tiene que responder con precisión”

“Es obligatorio, por el contrario, ver al profesor como un humano convencido de sus ideas profesionales, pero también sujeto, como cualquier otro, a las deficiencias y limitaciones, y también a períodos difíciles en su carrera profesional”

La enseñanza de la música según Dalcroze, contribuye de forma importante, entre otras muchas cosas, al desarrollo de la personalidad humana ya que provoca un enriquecimiento estético y favorece el desarrollo de habilidades de razonamiento abstracto, así como de la creatividad y de la mejora del estado de ánimo.

Regresando a mi etapa con el Coro, y parafraseando a uno de mis poetas favoritos; León Felipe. Al Coro no lo vi pasar a mi lado sin despegar los labios de mi sitio. Caminé junto con él, con su mirada y calor crecí al amparo y a la sombra de sus hojas: “El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”

Es en este Coro que conocí a verdaderos amigos y la firmeza de la mano del extraño, dice Octavio Paz en su poema “La Vida Sencilla”.

Los maestros fueron como padres imperfectos, pero amorosos y francos, que con sus preferencias y rechazos—propios de la naturaleza humana— no daban concesiones ni permisos especiales, aún a los que parecíamos “más grandes” y ya profesionistas.

De ellos aprendí el esfuerzo y la disciplina por el canto, culto o popular y de cómo se puede combinar lo anterior con el placer y la felicidad por el mero hecho de cantar.

Cómo olvidar a mis amigos y entusiastas integrantes del Coro; Rafael Luna, nuestro líder y excelente tenor, Olga y su piano versátil y generoso, Arturo, Arnulfo, Hugo y su inseparable batería o a Pilar Grau, que interpretaba cualquier instrumento que le pusieran enfrente como si lo conociera de toda la vida.

De Paco, Laura, Estela, Polo Rocha, Flavio Amor, Lupita Velasco y su guitarra virtuosa, hermana del genial e inteligente Rudy Jiménez, un joven sociólogo que nos enseñaba cualquier género musical de manera divertida y creativa en reuniones interminables después de los ensayos.

Aprendí a reconocer por ellos y por los maestros, el valor de la buena música, cualquiera que sea su origen y linaje, desde la de gran hechura y genialidad, hasta la más sencilla y popular.

Como interpretar un góspel, el bossa nova, la cueca argentina o el bolero cubano, el Gloria de Vivaldi y el Haleluya de Haendel o un villancico de Sor Juana.

Cuando mi amiga Estela me llevó por primera vez al Coro, ensayaban el Magníficat de Bach, que en mi vida había escuchado. Después del miedo por la primera impresión de donde estaba parado y de un rápido examen de ingreso, aprendí tantas y tantas canciones como Alborada, una bella canción mexicana de corte campirano.

Los viajes con el Coro fueron más que conocer ciudades y países, fue reconocer el alma humana hermanada por el canto y el gusto por la música. El tener la oportunidad de escuchar a coros de niños, jóvenes y adultos de diversa calidad y nivel, me convenció que la música y su aprendizaje, es como un bálsamo en una vida de vacío y superficialidad.

Los maestros dejaron en mí una marca indeleble, que ya no desaparece y ahora intento, día con día! transmitir con cierta insistencia a mis dos hijos y a mis alumnos con el mismo amor y sentido de apertura a todas las manifestaciones musicales.

Con el Coro Académico viví y viajé de manera diferente, ¿por qué olvidarlo si ya murió mi profesor y se ha cerrado un ciclo? Ya no tengo acreditación de miembro activo, pero no necesito credenciales ni diplomas. Todavía y para siempre soy una parte de su historia, una historia viva, noble, generosa de alegría y de formación íntegra.

Aprendí a reconocer mis errores y limitaciones, pero también a sentirme satisfecho cuando terminaba un ensayo, un concierto y más cuando teníamos que dejar muchas cosas de nuestra vida familiar y personal.

Para mí es una fortuna haber transitado por el Coro, con sus claroscuros, así como sus altas y bajas. Para algunos de sus miembros fueron momentos perdidos y hasta olvidados o negados. Yo tengo un sello lacrado con una pasta hecha de amor y felicidad, amalgamada con paciencia y pasión por sus artesanos. Los maestros del Coro Académico de la UNAM.

Desde hace ya 33 años y aún antes de ingresar al Coro en 1982, me dedico a la docencia y cada vez que encuentro una oportunidad recuerdo a mis alumnos el paso por esta pequeña región y pedazo vivo de mi geografía personal. El Coro fue parte de una institución de la cual soy egresado con orgullo y agradecimiento: la Universidad Nacional Autónoma de México.

18 /IV/ 2012

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