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LA CLASE

Tema del mes

Alfredo Gabriel Páramo


El maestro de gimnasia

Hasta la fecha, la noción de deporte organizado me parece un tanto perversa. No entiendo la razón por la que alguien que hace proezas físicas —o que las intenta— sea un ejemplo para la sociedad, una guía para la niñez, un héroe para los vecinos.

Simplemente, no comprendo porqué deban regalarse autos lujosos, casas y demás bienes a quienes dedican largas horas a, digamos, levantar discos metálicos extraordinariamente pesados o a correr tras una pelota vestidos con pantalones cortos. Tal vez, mucho de este rechazo haya surgido de algo que ocurrió hace mucho tiempo, tanto que a veces me parece que todo es producto de la fantasía. Sin embargo, al analizarlo, nos damos cuenta que en lo pequeño se reflejaba lo grande.

La guerra fría gozaba de buena salud, Vietnam minaba el futuro de Estados Unidos, la Unión Soviética parecía lista para durar mil años, China hacía experimentos sociales… y México, a pesar de todo, parecía inmune al cambio. En los pueblos y ciudades de provincia se rapaba a los melenudos, las mujeres tenían once mil hijos, el presidente era sabio, papá siempre tenía la razón y las niñas guardaban entre sus piernas el honor de la familia.

El Colegio Franco Inglés (lo siento mucho, mis papás trabajaban 45 horas diarias para pagarnos la escuela particular y jamás me he sentido avergonzado por ello) estaba en el predio que ahora ocupa una de las tantas “galerías” comerciales del Distrito Federal y Melchor Ocampo era una calle fascinante, en desnivel, con camellones repletos de rosas y muchos árboles centenarios.

No recuerdo la fecha con exactitud, pero tiene que estar entre 1966 y principios de 1967. Estábamos todos formados, después de honores a la bandera (seguro que era lunes). Había cierto nerviosismo en el ambiente pues se rumoraba que había ocurrido algo muy malo… y así fue. Hubo un linchamiento. Por supuesto, no se mató a nadie, pero si los japoneses tienen razón en cuanto a la importancia del honor, un adolescente sufrió un destino peor que la muerte.

Eran esos años en que la globalización simplemente no existía y se acostumbraba que los papás de algunos afortunados fueran a Estados Unidos o, más raramente a Europa, y trajeran cosas extrañas a sus hijos. Así, por ejemplo, yo tenía pósters de grupos de rock como Cream, que nadie conocía; otros muchachos hablaban de las maravillas de la tv a color —“las camisas de la familia Robinson de Perdidos (en el espacio) es roja y amarilla y el robot tiene lucecitas de colores”, nos revelaban— y, simplezas por el estilo que hacían nuestra vida de lo más divertida. Estábamos muy chicos aún y no teníamos ni idea de lo que ocurría afuera de nuestros feudos mentales.

Pues bien, regresemos a ese lunes. El maestro de gimnasia arrastró de la oreja a un compañero nuestro, lo puso al frente y comenzó a gritar al micrófono: “Miren a este joto, a esta niñita, más le valdría ponerse una falda y jugar con muñequitas”. El enojo de ese santo varón iba en aumento. Mentiría si dijera que lo vi, pero estoy seguro de que rociaba con saliva, cuando menos, a los alumnos más cercanos, como a unos ocho metros de él. Por supuesto, nuestro compañero (por más que quiero no puedo acordarme de su nombre; de hecho, ni siquiera de sus facciones) empezó a llorar. Literalmente, más combustible para el inquisidor. “Y claro, llora como una nena, pero ¿qué puede esperarse? si eso es lo que parece con esos pantalones”.

Todo el pecado eran unos pantalones acampanados con algún diseño ligeramente psicodélico. El maestro de gimnasia acusaba a un adolescente casi niño de crímenes nefandos por usar una prenda de vestir que, seguramente, ni siquiera había elegido. No sé, sinceramente, qué pasó con el muchacho. Recuerdo, eso sí, que ese maestro quedó grabado para siempre en mi mente, además que en alguna ocasión me tocó enfrentarme con él (perdí, por supuesto, la vida real tiene poco de hollywoodense).

Todo este episodio permaneció dormitando en algún lugar de mi imaginario hasta que hace poco estaba viendo un programa tontísimo en tv, Will & Grace. Allí aparecen muchos gays y me llamó poderosamente la atención uno de los personajes, ataviado con pantalones blancos pegaditos, zapatos también blancos y playera de punto con mangas muy cortas para permitir que bíceps hipertrofiados puedan desbordarse… exactamente igual que mi maestro de gimnasia. Apagué el televisor y sonreí largamente. A veces, la vida es justa.

4/I/2012

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Benjamín Rojas: El maestro equivocado