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Sala de Maestros

Cuentos efímeros

Rubén Inclán


A mis entrañables Maeses con reteatro cariño

Los mejores maestros que he tenido en mi vida,
los encontré en los libros, ellos nunca te regañan,
apalean, ni te ponen cero, yo me enamoré en
cuarto de primaria leyendo a Neruda y mi novia
se enamoró profundamente de él, ¡claro era un
Maestrazo!
El romancero

El deslinde como diría Alfonso Reyes, sólo sirve para dos cosas, o separas odiando u odiando conjuntas, y elaboras arquetipos entre el pasado y el presente, entre lo formal y lo informal. Sería inaudito, atrevido y de mozalbete iracundo, además de presuntuoso, versar sobre mis maestros que me instruyeron en la academia —la de paso a pasito angelical— y dejar fuera a mis mentores que a golpe libresco y de porrón, me enseñaron más aún en la vida bohemia y a los que también, humildemente agradezco, no sólo mi formación, sino el “mostro” (así le nombró Mary Selley a su incipiente Frankenstain) profesor que hoy soy. Pero como las minucias dulces tienen un principio neonato, iniciaré narrando entre prospecciones, retrospecciones y narraciones incrustadas, quiénes fueron mis mejores maestros y como los recuerdo, encuentro y vivo con sus fantasmas, la mayoría ya muertos, pero tan vivos, como son sus hijos-libros, esa enorme enseñanza que en cada uno de mis días, a la hora de dar clase, se vivifica a la manera de los celtas, en la pira del saber.

1.La vie en rose con mis mejores maestros

La metáfora insublime de que la rosa es hermosa, es casual y poco perene, incluso me parece de un desgastado romanticismo, las espinas de su tallo, son, esas sí, una hermosa metáfora del recreo súbito del aprendizaje que mis maestros me dieron como única oportunidad, para triunfar ante el derrotero, como diría Sor Juana “estudio más para ignorar menos”. Y así entre el desgarrador sentido epidérmico de la rosa y su insaciable mentor, su tallo, confabulé de mis maestros, sin juicios de valor, cuáles fueron los mejores. El orden no es la importancia, la supremacía es la casa de este inacabado recuerdo.

Jesús Sotelo Inclán, fue sin duda alguna, un mentor insaciable e incansable, a él no le importaba el parentesco, yo era un alumno más entre la hecatombe de perfeccionar la ortografía y la cultura en general, era un maestro con precedentes en las glosas de la radio, la televisión y el teatro cultural en México, le recuerdo como un escritor disciplinado y un espléndido subdirector del Palacio de las Bellas Artes, además en más de veinte años, supo ser un amigo compaginado y novelado. A él le debo el entrañable amor, por lo libros, el arte sacro, el cine y los interminables viajes, que jamás fueron aburridos, siempre charlaba de los grandes viajeros, sus amigos, Alfonso Reyes y Carlos Pellicer con quien compartió delicias geográficas.

Al maestriux Carlos Laguna, le conocí como un enorme profesor en la Escuela Normal Superior de México, marxista por vocación lectora y un enorme talento musical, por cierto, siendo yo su alumno, fundamos el grupo de rock los vasos comunicantes, era un tanto liberal, Don juanesco y con un maravilloso sentido del humor, escritor asiduo, profesor justo, dedicado y exigente, bebedor impasible, pero sobre todo un enorme amigo, así lo recuerdo.

Antonio Domínguez Hidalgo poeta, músico, escritor, actor, pero ante todo un tipazo, defensor de los desposeídos geográficos de los Indios Verdes y salvador sin legión de los pachecos de Santa Isabel Tola. La historia de la Educación en México sólo la concebí con el maestro Angel de Lucio Navarro y la historia de la filosofía con Constantino López Matus.

Gonzalo Celorio, lúcido y abigarrante profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, tipo guapo y de una cultura de sobremesota, compartió conmigo el primer capítulo de mi tesis, intitulada México y Guatemala en una sola voz: Otto Raúl González.

Eduardo Casár un Vito Corleone cuando hablaba, su tonalidad y sapiencia hoy la sigue conservando en la Dichosa palabra en el canal 22. El fue el que me empujó en segunda instancia a publicar en el periódico el Nacional, la primera fue obra del maese Carlos Laguna.

José Solé, mi director y maestro en la escuela de teatro del Instituto Nacional de las Bellas Artes, él me examinó con la puesta en escena de Edipo rey. A él le agradezco el dirigir teatro, igual que al maestro Héctor Azar, en las recomendaciones que me hacia en la sobremesa de mi casa.

El Hugo Argüelles me concedió la primera entrevista después de diez años de que su nombre no aparecía en la prensa escrita, alguna vez nos peleamos por un maldito gazné, pero nuestra amistad se reanudo años antes de su muerte. Sus clases de estructura dramática en su casa eran espléndidas.

Ludik Margules maestro honorario de la UNAM con quien aprendí a dirigir Jaques y su amo, de Milán Kundera.

Chucho González Dávila, las obras a mi parecer más significativas Muchacha del alma (se iniciaban los Botellitas de Jeréz) y su creación álgida de La calle, maestro de crapulismo interminable, con quien pasé noches de cultura abigarrante.

2.En busca del tiempo nunca recuperado de proust

A los maestranzos (Aquí recuerdo a Silverio y a Cagancho y por supuesto a Manolete) a quiénes mi mamá me enseñó a amar, a ella y ellos debo mi formación extracurricular, o la vida es mejor que la escuela, frase acuñada por el fundador de Caminos Abiertos y Pálido. deluz, el buen Tona para los cuates y para los enemigos y amigdolos del profesorado en Educación Ambiental a hoy. Y a quien le debo gratitud en los momentos más trotacalles de mi vida, de él sólo he recibido amistad, sentido del humor, libros, cine y sus antiagelastas clases.

3.Por los recuerdos… a la manera del tata Guzman

Recuerdo con claridad la matanza de estudiantes de mil novecientos setenta y uno, los halcones, los bárbaros incólumes, frente a mi casa matando, a estudiantes que estaban apoyados en la pared de la Benemérita, estudiantes de algún rango secular de academicismo. Mi madre, Estela Inclán, mujer de mucha monta nos vetó los ojos, los de mi edad ayudamos a Doña Eva a “curar” a los sobrevivientes que escondimos en los sótanos de nuestras enormes casonas, Doña Eva era una mujer, menudita pero de gran inteligencia y cultura médica, gracias doña Eva a usted debo mis efímeros estudios de primeros auxilios, hoy sigue viviendo con más de noventa años. Para mi familia encabezada por Don Jesús Sotelo Inclán, fue la alegoría más despeñadera y desgraciada que hemos vivido, mi recuerdo adusto, está siempre en las azoteas, y en el Palacio de Cristal, la casa (que está frente a mi casa) donde resguardamos con celo heróico a los jovenzuelos estudiantes, ellos eran cómo un personaje del cine de Orol, sí por la azoteas escaparon, los últimos sobrevivientes del halconazo, pasada la pesadumbre…

Después de algunos días, no fingimos, había que salir a deleitarnos al tiempo de llorar en el hombro inteligente de los amigos de las huestes cercanas, a dos calles de mi casa, más bien a tres vivió el director de teatro, talentoso amigo y eficaz conducente de las penurias y tertulias sabatinas, Javier Rojas. El suterfugio de su casa instalada en el eje de Alzate era un laberinto de pasiones bastante sospechadas. Allí tuve la fortuna de conocer a mis otros, maestros, retomo el título del libro de Rubén (mi colombroño) Darío, Los raros. Entre ellos se encontraban el Dr. Elías Nandino, Emma Godoy, Germán Listz Arzubide, Monsiváis, Andrés Henestrosa, Rafael Solana, Margarita Michelena, creo que el maestro, Ermilo o su esposa Margarita Paz Paredes, el gran Arqueles Vela con sus enormes y seductores ojos azules, y en ocasiones escuché versar sobre un alumno brillante, y profesor de sepia por muchos años, llamado Jesús Caballero y Díaz, que hoy no sólo es mi amigo, sino mi maestro, y esto lo digo en serio, uno de mis últimos bastiones para enaltecer la cultura del siglo pasado. En fin mi memoria es un depositario de la infidelidad, ahí en esas reuniones o en la casa de la Gurú Emma Godoy, o de alguna otra personota ilustrante, y no pocas veces las reuniones eran en mi casa, estas, se iniciaron en los años sesentas y sucumbieron a finales de los noventas, momento, cuando fallece Don Jesús Sotelo Inclán. En estos antros contraculturales se discutían los pormenores de propuestas acertadas, de otorgarle a la cultura nacional un papel serio de credibilidad. Justo ahí aprendí a leer a los mejores autores contemporáneos de los sesentas y setentas y a seguir leyendo a los clásicos como era la costumbre de la cultura familiar.

Años después, esta cultura casera me acercó con mi maestro Carlos Laguna al programa sabatino de Sopa de Letras, conducido por Jorge Saldaña. Volví a encontrar otra pléyade de insurgentes de la pluma, maestros que reforzaron mi latín y mi poca escritura en griego, entre los que me estimaron y ya muertos cuento a: Arrigo Cohen, Francisco Liguori, Pedro Brull, Mario Mendes Acosta (vivo por fortuna) y ahora comentarista el programa de Héctor Martínez Serrano, ¡Buenos Días! Un buen pilar, Héctor en la radiofonía. Pero también acudían a nuestras tomaderas sabatinas; Nikito nipongo, El matarili, Ruizte y el incipiente escritor y ahora magistrado Ricardo Guzmán Wolfer.

En la casa de Otto Raúl González, allá por los caminos del Toreo de Cuatro Caminos, tuve la fortuna de convivir, degustar y embebernos y aprender, con los figurines de Carlos Illescas, Augusto Monterroso, creo que Tito y de una argamasa de editores y periodistas del quehacer.

Entre tumbos y debates un día quien sabe por que sinrazón me convertí en amigo de René Avilés Fabila. Para ese entonces, yo publicaba en los verdaderos diarios del país, El nacional, Universal, Diario de México, Revista de revistas, El día, en Ovaciones segunda edición en la sección Sopa de Letras, El heraldo, y quien sabe cuantos más, en algunos con alguna colaboración esporádica en otras de fijo. Pero me faltaba Excélsior, llegué como sacado o soterrado de un hoyo funkie (tal como soy) y René sin réplica alguna, me publicó, y otras vez, conocí a una pléyade de amigos o de intentar ser su amigo yo, entre ellos destacan, Alí Chumacero, Alfredo Cardona Chacón, José Luis Cuevas, Herrera de la Fuente, Griselda Alvarez, maravillosa poeta y bellísima e inteligente mujerón, nunca me minimizó el ser maestro, claro en las comidas o tertulias, siempre me llamaron maestro, eso se lo debo a Jairo Calixto Albarrán y a David Gutiérrez Fuentes incluso al mismo René.

Estos y otros eran amigos y mis maestros de ese entonces que aceptaron a un profesor que medianamente tiene obra, puesto que no me da mucho orgullo ser autor nacional. Y ahora recuerdo las charlas con enorme sentido del humor de José Luis Cuevas (todavía con Bertha) Marta Chapa, Alfredo Cardona Chacón, Marco Aurelio Carballo, Sebastían, Luis Herrera de la Fuente, Dionicio Morales, La china Mendoza etc,.

Ya para mi aposento he participado con Guadalupe Loaeza, Ricardo Rocha, Angeles Mastreta, exquisitos amigos de quien se aprende la cultura popular del siglo pasado y una carretela de intelectuales en conversaciones, charlas o conferencias. Hace algunos años en el quiosco el morisco tuve una discusión muy fuerte con un gran colombroño Rubén Salazar Mayen y al saber que era profesor, reconoció que mi voz de mando tenía razón, la plática se suavizó cuando hablamos de los últimos años de Renato Leduc, Pages Llergo y Alfredo Cardona Peña. Hoy en día me faltarían más que cuartillas para decir que yo un profesor, Ha querido a sus maestros de manera inviolable y con la superstición de que hoy en las aulas, trato de reproducir o enseñar de los maestros de la vieja guardia que me deslustraron, hoy ellos titilan en un mundo divergente de paz y armonía espiritual, que haríamos sin un maestro como Dalí? O Buñuel, más vale la interpretación de un maestro, para contarles la verdadera historia de los relojes blandos o la persistencia de mi memoria ya bastante desmejorada, pero con espasmos de lucidez a la hora de hablar de mis grandilocuentes maestros estos que hoy trastoqué al revivirlos y de los cuales animé mi abrevadero para seguir estudiando, escribiendo, ladrando y construyendo esta llamada cultura nacional y por ende la maravillosa cultura de la docencia y amar y ser hermoso como maestro. Gracias incólumes maestros.

Casco de Santo Tomás, 7/Junio/2011

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