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Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético en la escuela

Alfredo Villegas Ortega


Ética, ficción, realidad y medio ambiente.

La música: “Así hablaba Zaratustra” de Richard Strauss. La imagen de 2001 Odisea en el Espacio (Kubrick, 1968) en la que los primates, nuestros antepasados, descubren las herramientas y las armas; uno de ellos, fiero, vencedor, excitado toma esa arma – un hueso – de los derrotados, y la arroja al cielo; con la magia del cine, el hueso, la herramienta/arma, se convierte en una nave espacial. “Así hablaba…” se transforma en “El Danubio Azul” de otro Strauss, Johan, y el bello compás musical del siglo XIX, acompaña a la nave ultramoderna del XXI, en una imagen y música, en sí mismas, anacrónicas pero, audiovisualmente perfectas: un vals eterno, gracias a Kubrick. El hombre, sus herramientas, su progreso, evolución y, al final, el encuentro consigo mismo, con su conciencia, su soledad y, sí, sin el amparo de esa tecnología que lo proyectó más allá de linderos razonables.

Han pasado millones de años. Kubrick, en una escena, ha sintetizado, magistralmente, toda una evolución que va de la barbarie a la post civilización. Del instinto y la fuerza a la razón transformadora. El hombre ha llegado a la cúspide civilizatoria. En ese trance, en esos segundos cinematográficos, se desprenden e implican muchas cosas: han pasado los nómadas, los primeros agricultores, las primeras ciudades y sus leyes; Los grandes monumentos. Los grandes conquistadores: Alejandro Magno, Dario; Grecia y su democracia, arquitectura y filosofía. Fidias, Aristóteles. El Partenón, el Ágora; Roma, El Imperio, El Coliseo, sus gladiadores. La República, Julio César, el imperio de la ley; el horror y la oscuridad medievales y sus luces patrísticas y tomistas: Ambrosio, Anselmo, Agustín de Hipona. Tomás de Aquino; Miguel Ángel y Leonardo o la pintura y la escultura como dotes divinos desde la Italia Renacentista; Lutero, Clavino y Zwinglio. y su ruptura profunda con el Vaticano; Enrique VIII y su amor y locura por Ana Bolena que dan lugar a la fundación de una iglesia.

Napoleón, su gloria y sensatez y su ambición y decadencia.; Beethoven, Mozart, Schubert y la elevación de la música a sus esferas más altas desde la Europa Central para todo el mundo, para todo el tiempo; Shakespeare, Goethe, Dostievski, Borges, Cervantes, Rulfo, Kafka o Joyce desde todos los tiempos e idiomas, derramando tinta en el papel, proyectando ideas, sueños, pesadillas, reflexiones, encuentros con el sentido, con la diversidad, con el amor y con el odio.

Newton, Keppler, Galileo, Descartes y el pensamiento moderno; Inglaterra y la Revolución Industrial: El capitalismo, el desarrollo, las factorías, el trabajo y la enajenación. El humo de las fábricas y el símbolo del progreso; Einstein, Planck, Bohr y la ciencia; Ford y la producción en serie. Ford y los americanos. Ford y el sueño global del progreso. Laika, Gagarin. Armstrong y el Apolo XI, sin ciencia ficción.

Milenios de creación de guerras, de ciencia, de amor, de literatura, de música. De llegada a la civilización y regreso a la barbarie. De sentidos miopes o aviesos de lo que es la civilización. Hoy, cabría preguntar, ¿en dónde estamos situados? ¿Somos a imagen y semejanza del creador? ¿Somos los reyes del universo? ¿Qué hemos ganado o perdido en esa visión divina? ¿Qué tanto abonamos al mundo con la visión antropocéntrica?

Dueños de nosotros mismos por la razón, pretendemos serlo del mundo y de lo que hay en él, al amparo del designio divino. Ningún otro ser sabe de su pasado y proyecta su futuro. El hombre es historia, nacimiento, proyección y muerte. Con él la vida tiene sentido, el mundo no es simplemente, el mundo es porque el hombre existe. Está en él. Existe y luego piensa, al revés de el axioma cartesiano. Existe, decide, piensa, transforma. Es libre aunque no siempre responsable de sus actos. La humanidad existe, y al hacerlo, reclama para sí derechos sobre todo lo existente.

La humanidad, en ese trance milenario que va del instinto preservador a la razón creadora y, a partir de ésta, a la ciencia, ha conquistado grandes beneficios. Ciencia que se traduce en tecnología, progreso, bienestar, confort. Luz eléctrica, motores de combustión interna, energía atómica, ingeniería genética, nanotecnología. Al desarrollarse la ciencia se ha elevado la expectativa de vida y muchas enfermedades, antes mortales, hoy son parte de la explicación de la evolución.

La ciencia, el desarrollo y el progreso nos han traído a horizontes insospechados, inéditos en la historia. Hoy creamos máquinas que simplifican nuestros quehaceres aunque, eventualmente, nos anulen y reduzcan a simples seres digitales. Hal, la computadora inteligente de 2001 … llega a pensar y a decidir por los tripulantes de la nave. ¿Ciencia ficción? Claro, no hay de qué preocuparse. Mejor ocupémonos de la realidad, pero qué bello es el cine cuando nos pone a pensar.

La tecnología, pues, a veces nos desborda y, frecuentemente, rebasa el umbral de resistencia del globo. Ya no son los frutos que recogían nuestros antepasados para subsistir. Ya no es la tierra transformada que dio origen a la revolución agrícola. Ya no son unos cuantos animales como alimento. Tampoco son las revolucionarias fábricas en Inglaterra que derrochaban energía, generaban dinero, progreso y consumían voluntades y vidas que respiraban aires mortíferos. Es eso y más. Hemos pasado de la razón creadora a la insensatez destructora. Hoy devoramos la naturaleza, no en una localidad o país; al hacerlo nos devoramos a nosotros mismos. No somos tan dueños, ni tan soberanos, ni tan racionales como postulamos.

Hoy la loca carrera hacia el progreso y la estupidez nos ponen en situaciones de alerta mundial, en las que la ciencia, sí, busca y, eventualmente, encuentra soluciones a las calamidades generadas por la ambición política y económica de muchos gobiernos, así como a nuestra propia irresponsabilidad como ciudadanos del mundo. Hay que transitar de la microética que se ocupa de cuestiones muy locales (familia, clan), y aun de la mesoética, (como en el estado ideal hegeliano capaz de promover lo mejor de nosotros), hacia una macroética, como postula Karl Otto Apel. Sólo en esa dimensión global, la ética podrá tener un significado y alcance necesarios para reconvertir los daños que le hemos ocasionado al planeta. Sólo entendiendo que la única frontera es la responsabilidad compartida y ejecutada, en cada una de nuestras acciones, no pensando en el beneficio de mi familia o de mi país, sino en la construcción de un escenario global, más sano, con en el que, obviamente, quepan las consideraciones, intereses y expectativas nacionales, regionales, familiares e individuales. Esa sería una condición moral inaplazable. Mi responsabilidad es con mi especie, en el planeta que habito, con los seres que, como yo, le (y me) dan sentido, horizonte y futuro.

Hoy se inunda Villahermosa porque la ambición política y económica, así como la falta de visión prospectiva permitieron la tala criminal de árboles que eran el retén, pozo y filtro natural para las aguas que hoy llegan incontenibles a la ciudad, y la colapsan, cuando arrecian las lluvias.

Hoy los casquetes polares mutan a estados líquidos cada vez más intolerables, derraman más agua de la necesaria a los océanos, lo que genera desaparición o migración obligada de todo tipo de poblaciones, incluidas las humanas.

Los gases de invernadero, los CFC (presentes en aeorosoles, aires acondicionados y toda una serie de adelantos tecnológicos), los automóviles, las fábricas, los aviones, los químicos presentes en todo, han mermado la capa de ozono; el sol entra casi sin resistencia, la temperatura sube, los protocolos no se cumplen por aquellos que dañan más al planeta, la barbarie ha regresado o acaso nunca se fue, a pesar del progreso, o justamente por él, quién sabe. No se trata de detener el progreso, sino de promover un desarrollo sustentable.

La ciencia tiene que hacer su tarea. La política también. No podemos apretar más la tuerca porque el planeta expira. No es fatalismo, es una llamada de atención aún a tiempo. La llamada sociedad civil, como pomposamente se designa a la población común, está atrapada en las decisiones e innovaciones de unos u otros, para bien o para mal. No obstante tiene chance y espacios para promover actos verdaderamente razonables. Los lugares idóneos, curiosamente, son los microespacios: escuela, familia, barrio, desde donde se proyecten luces y macrosentidos vitales para reconstruir el horizonte ético universal y, con ello, generar mejores expectativas para el globo terráqueo y para todo tipo de seres que moramos en él.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

Hernán. 19 de Noviembre de 2010 13:01

Felicitaciones Alfredo, muy buenas reflexiones. Gracias por compartirlas. El futuro inmediato se presente incierto. Es que aunque digamos lo contrario, le damos la espalda a la ética que se sustenta en el sentido común. Me imagino a nuestra generación como un alumno que está rindiendo un exámen básico, “de admisión al mundo inteligente y sensato” y lo está perdiendo con amplitud. A diferencia del pasado lejano, ahora nuestra estupidez,codicia y mezquindad como seres dominantes del planeta, no sólo nos asegura arruinarnos la vida, sino también la de muchísimas personas más; algo que antes era exclusidad de reyes medievales o emperadores todopoderosos. ¿Cómo haremos para cambiar a tiempo?

Alfredo villegas. 19 de Noviembre de 2010 18:27

Gracias Hernán, voces como la tuya comprometen a seguir escribiendo pero, sobre todo, a seguir actuando. Y claro, vamos reprobando, pero aún es posible alcanzar la sensatez, simplemente, reinvirtiendo las prioridades que, hoy, están de cabeza.
Un abrazo
Alfredo

Hernán. 22 de Noviembre de 2010 15:56

No será nada fácil revertir las prioridades, por lo menos antes de que ocurran cosas muy malas. No sé si es que hemos perdido espiritualidad y no digo religiosidad para no acotar el concepto pero parece bastante claro que cada vez nos obsesionamos más con la inmediatez. Si no profundizamos en nuestro ser y nos quedamos en la cáscara física y tangible, difícilmente logremos convocar en torno a la búsqueda de la felicidad, y del placer en su esencia más removedora, capaz de ayudarnos a supera largemente lo material. En un mundo regido por la economía, la imposición de los bienes y servicios, y de las apariencias como parámetros del éxito y la complacencia, se está arrinconando a los valores hacia el abismo. Mientras tanto nos queda en pensamiento como esencia liberadora de las personas. ¿Estamos dispuestos a pensar? ¿Tenemos ganas y fuerzas para reentrenar el razonamiento y el cuestionamiento de nuestras propias ideas y convicciones? Quizás sea un buen inicio tratar de responder estas preguntas.

abelroca. 22 de Noviembre de 2010 18:26

Acá en las Hibueras, donde Cortés no llegará a consumar su venganza,donde Olid murió, sin saberlo él, entretenido en sacrificar a Cuauhtémoc en el camino, cansado de cargar con él. Acá también la gente , los hombres del maíz y del sisal no se cansan de interrogar al cielo y a los dioses de la tarde y de la tormenta sobre el castigo inmerecido de soportar al hombre blanco, a las bestias bicéfalas con sus cañas relampagueantes que pulverizan las mejores tropas, a sus monos azules que levantan cruces para exorcizar demonios que solo ellos ven, pero que son pretexto para que nos arrebañen, nos esquilen, nos bendigan con un agua que para ellos tiene virtudes que ya no tienen nuestros rezos, hemos pasado muchos soles y han pasado muchas dinastías, se han borrado los viejos caminos del mayab y los nuevos no tardan en ser borrados por las tempestades,somos capaces de contar los ciclos anuales de venus, no nos faltan números para medir el universo, ni mañas para hacer ciudades, templos y tumbas para dar cuenta a los tiempos y a los puntos cardinales que nacer no fue en vano, en balde los juegos de pelota y el sacrificio de los vencedores, nada de eso nos sirve para sacudirnos las garrapatas españolas y cristianas que nos tutelan, nos explotan y luego con sus discursos nos empobrecen, nos humillan y nos castran, ya no hay jefes de estado como los que hicieron época, ya no hay sacerdotes de kukulkán, vivimos en la selva como micos o nauyacas. Acá en la Hibueras vemos como se larga frustrado Cortés, el Malinche de regreso a Culhuaca, a la quemada Tenochtitla a vivir la misma maldición que ninguna astronomia, ni culto alguno podrá devolvernos la carne de esta tierra. Cruzará los mares de vuelta a su majestades y sus dioses, allá le alcanzará la maldición de las selvas mancilladas, de los templos saqueados, de las sangres mayas vertidas en los ríos y en los cenotes. Ni todo el oro de acá de este lado del mar, ni todas las riquezas saqueadas harán de su su vida y la de su reino nada mejor de lo que nunca tuvo…aquel día en las selvas mayas de Guatemala, en el caserío al lado de Petén los sobrevivientes de los ataques de los “kaibiles” menenando una olla de chocolate me pasaron lista de los recados que sus antepasados les dejaron…ya para que quejarnos de las masacres, ya regresaron nuestros deudos desde sus refugios mexicanos, ya nos pusieron flores, ya cenamos con ellos, ya nomas falta que tomes tu chocolate y te vayas de regreso a los dominios del Marqués del Valle, y les digas que no morimos del todo, que aun vives tu para contárselo al mundo…desperté, mis colegas levantaban el campamento. ¡Abel! me llamaron, ya te bajó la fiebre,te pasaste la noche delirando, sudaba, sin escalofrío, arreé mi mochila y caminé tras ellos, buscaba a mis mayas, solo veía las espaldas de mis colegas del instituto.

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