Inyectando
LA CLASE

Tema del mes

Francisco Hernández Rodríguez

Anécdota de salud en una familia mexicana de los sesenta

Si no comes te voy a poner campolón

Para eso de cuidar la salud de sus hijos, mi mamá era brava. Uno no podía dejar resto en el plato sin que eso significara enfrentarse a la inconmutable pena de la inyección de campolón, que era algo así como si a uno le inyectaran, qué silicon ni que nada, ¡puro puré de papa! Después del trance uno andaba tres días como con pata de palo, como si andara uno con senda erección, pero sin saber siquiera lo que eso era o significaba. Y es que mi mamá sólo buscaba pretexto para seguir ejerciendo de enfermera, que porque unas monjitas la habían enseñado a inyectar.
 
Nomás salía del baño, en cuyo clóset guardaba la jeringa, y pasaba a la cocina para hervir el arpón en su estuche, y uno ya andaba buscando cómo salir de esa prisión, porque mi mamá se aseguraba cerrando la puerta con llave. Y ahí nos tienen corriendo y ella persiguiéndonos. Pero luego buscó cómplices entre los desalmados hermanos y vecinos, y entonces sí, uno terminaba acostadito bocabajo, aprisionado de cuanta extremidad tuviera.
 
Pero quien más sufrió los maternales acosos fue Rodolfo, a quien le podía pasar la vida frente al plato de lentejas. Y ahí lo tienen escabulléndose por debajo de la mesa y entre las patas de la silla, y luego, los misterios dolorosos: perseguido, agarrado y ultrajado por dos o tres vecinos, y luego por mi mamá.
 
He ahí que sucedió como a Pedrito y el Lobo, que cuando en serio nos enfermamos, todos rehuíamos a la inyección. Ese día estaba Chatis en casa, y para que viéramos que la inyección que nos iban a poner era inocua en cuanto a dolor de piquete y en cuanto a sustancia se refiere, le pidió auxilio a Rafo: Si ni duele, miren, hasta Rafo se va a dejar inyectar de pie. Rafo, muy valiente, se bajó un poco el pantalón frente a Chatis. Se volteó, y ¡vóitelas el piquete y la sustantiva sustancia! Nomás frunció el ceño, se subió enchiladísimo los pantalones, y empezó a patear cuanta cosa tenía enfrente, porque él, que no era candidato a inyección, resultó el único inyectado, pues, después de verlo, ¡menos nos dejamos inyectar Lupis, Rodolfo y yo! Como pueden comprobar, gracias a mi mamá (y a Chatis) Rafo creció muy sano.

Francisco Hernández Rodríguez
Escritor y editor en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación "José María Morelos"

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