Pasillo_enervado
Benjamín Rojas: El maestro equivocado

Cuentos, sueños y narraciones del Profesor Benjamín Rojas

Nancy V. Benítez Esquivel
Daniel Lara Sánchez
Armando Meixueiro Hernández
José Luis Mejía
Alfredo Gabriel Páramo
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Alfredo Villegas Ortega


Benjamín Rojas: El maestro dividido

Oaxaca ahora, es mocha

Imagine there’s no heaven/It’s easy if you try/No hell below us/Above us only sky/Imagine all the people/Living for today…

Imagine, John Lennon

“…padre nuestro que estás en el cielo…” Carajo, no puede ser. ¿Me estoy volviendo místico? ¿Habré estado equivocado y el mundo es católico y, para acabarla, estoy muerto y en la gloria mocha?

Los pensamientos de Benjamín se desbordan de manera inusitada teniendo en cuenta de que ha de ser muy temprano, de madrugada todavía.

“Tercer misterio, la proclamación del reino de dios…” La vocecita monjil permite al maltrecho Benjamín poner orden en el caos de su cerebro y abrir los ojos. Borrosamente, logra ver el radio-despertador que está en el buró que con números rojos anuncia desvergonzadamente que son las 5:15 am. Eso acaba con el misterio. En este pinche rancho hay estaciones de radio que trasmiten el rosario de madrugada para torturar pecadores; además, algún estúpido intendente o huésped anterior supone que la gente debe levantarse en la madrugada.

“Carajo, carajo—repite Benjamín a modo de mantra—. Carajo, carajo, carajo…” El ex maestro equivocado y ahora dividido está enojado porque lo despertaron, pero sobre todo, desconcertado.

“Entiendo—dice mientras trata de acomodarse para seguir durmiendo al menos hasta las 11 o 12 del día, como cualquier ser humano decente—que haya gente a la que le guste rezar, ir al templo, ser parte de la adoración del rostro milagroso o dejarse crecer caireles hasta los hombros para adorar un dios, pero la religión debería ser personal, no obligatoria”.

Benjamín no puede acomodarse. Recuerda que en Lima quedó impactado porque en el aeropuerto “Jorge Chávez” se invitara a la gente a la “santa misa” por el sonido local (y pensó como en México aún se conservaba cierto pudor para separar los asuntos religiosos de los civiles), que en Buenos Aires perdiera un día entero (sin viáticos pagados) porque el día de alguna virgen absolutamente todo el país se paralizaba (y se congratuló que en México ni siquiera el 12 de diciembre ocurría eso).

Pero, como alguna vez dijo Jim Morrison citando al Eclesiastés, “vanidad de vanidades, todo es vanidad”. México, de regreso del camino republicano que ya no quería seguir, empezaba a adoptar esos modos, incluyendo la transmisión radial en la capital oaxaqueña de rosarios radiofónicos.

“Ahora, ¿de qué voy a enorgullecerme?”—pensaba el antiguo maestro mientras orinaba de mal humor.

Benjamín se baña y se viste. Espera poder, al menos, disfrutar un buen desayuno en el restaurante de ese hotel de cuatro estrellas (“donde la quinta es usted”, según el eslogan) que tanto le han ponderado sus empleadores eventuales del periódico Noticias. Además, podrá repasar sus notas para el curso que debe dar a varios reporteros, la mitad de los cuales tienen mucho empeño por aprender (pero muy pocos conocimientos) y la otra mitad es muy experimentada (pero lo que menos desea es que alguien—y menos un chilango—les diga que deben mejorar).

“¡No es posible!—exclama Benjamín realmente horrorizado—. ¡No es posible, estoy en medio del rodaje de la segunda parte de Madagascar!”. La gente lo voltea a ver. Algunos ríen disimuladamente; otros, se muestran interesados. Benjamín señala un grupo de monjas que están sirviéndose generosas porciones de mole amarillo, huevos con jamón o empanadas fritas del bufet.

“Joven, por favor compórtese”, le pide un obsequioso mesero. “¡Más respeto, cabrón!”, exige un panzón de bigotito y guayabera de las caras. “¿Qué le pasa a ese señor?”, pregunta una muchacha con cara de mosca muerta. “Yo quiero otra taza de chocolate”, pide un sacerdote setentón y estereotípicamente rubicundo desde una mesa del fondo del restaurante.

Benjamín empieza a caminar hacia atrás, llega a la puerta del restaurante y corre al elevador. Llega al vestíbulo y sale corriendo, pero tropieza en la bardita tirapendejos (como le informó Jorge—su enlace local—cuando lo acompañó el día anterior a registrarse) y cae. Con las rodillas adoloridas (pero no tanto como su orgullo), empieza a levantarse, ayudado por dos jóvenes de camisa y corbata. “¿Te lastimaste, hermano?”, le preguntan al unísono. Benjamín los observa, preguntándose cuándo llegó la clonación a producir seres humanos.

“Hermano, ¿estás bien?”, insisten, mientras el golpeado incrédulo se maravilla ante el portento de que dos gargantas emitan una sola voz.

A punto de mandar a la chingada a los dos vendebiblias, Benjamín alcanza a ver como un grupo de seminaristas vestidos de negro escuchando a su mentor que está señalando al grupo formado por Benjamín y los seguidores de aquéllos prohombres que a mediados del siglo 19 pelearon contra el gobierno estadounidense por el derecho a tener muchas esposas y matar a sus adversarios a traición.

“Vean de qué manera nuestros hermanos separados se aprovechan de la debilidad y la ignorancia de los pecadores”, oye cómo el guía de los célibes adolescentes con vestidos interpreta el cuadro en que participa Rojas. “Ese pobre hombre seguramente sigue bajo los efectos del alcohol y la parranda de ayer y los herejes… digo, nuestros hermanos separados, tratan de atraparlo en sus garras”.

“En sus redes”, corrige automática y mentalmente el maestro latente. “O con sus garras, si quieren”, añade. Lo que sí dice en voz alta es “separados, mis huevos”. Claro, esa expresión no tiene ningún sentido, pero Benjamín se aferra a ella para escapar de la locura en que está metido. “Ustedes, hermanos, vayan al carajo, pero no se vayan solos, llévense a las vestidas y al viejo buey que las pastorea”, añade rotundo.

Luego, una vez recuperado el control y la dignidad, camina a la avenida, aborda un taxi y le pide que nomás lo lleve lo más lejos que pueda.

“Faltaba más”, le dice el chofer, mientras se acomoda sus ray-ban y arranca el coche con un buen derrapón de llantas.

Nancy V. Benítez Esquivel
Maestra, poeta y educadora ambiental

Daniel Lara Sánchez
Comunicador y catedrático

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

José Luis Mejía
Poeta peruano y habitante del mundo, escritor. Profesor de Español en la Singapore American School.. Ha publicado novelas como "Cuídate Claudia","Cuando estés conmigo" (Alfaguara:2008) y obras infantiles como "La granja de Don Hilario" (Santillana: 2007) y "Se nos perdió el alfabeto" (2006)

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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