Usos múltiples

El timbre de las ocho

Armando Meixueiro Hernández
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán


La piedra filosofal en literatura

César había recibido una invitación para colaborar en el siguiente número de Pálido punto de luz. El tema: “Las clases de español y literatura en la escuela”. No estaba seguro de escribir algo porque él nunca había sido profesor de español o literatura. Lo más cercano a esas disciplinas habían sido asignaturas de lectura y redacción. Pensó en la gran responsabilidad que implica la enseñanza de la lectura y la escritura. Recordó, entonces, aquel libro que cayó en sus manos de forma casual. No recordaba cómo, pero ese libro, en aquel momento, le había dado una perspectiva diferente sobre la lectura. Sí, el título era Como una novela, de un autor francés… Sí, insight, el autor era Daniel Pennac.

Y de inmediato reverberaron ideas y frases que lo habían sorprendido de aquel el libro. Y enfocó uno de los capítulos en que Pennac hablaba de la maravilla que significaba aprender a leer y escribir. César pensó: “estos cuates de Pálido tendrían que reproducir ese capítulo del ensayo porque demuestra la magia y la emoción de cuando un niño descubre el mundo del lenguaje. Y para padres y maestros de primaria debe ser un momento mágico ser testigos de cómo los niños ingresan al paraíso de las palabras.”

Encendió la computadora, abrió su correo electrónico, explicó su idea y envió el mensaje…

A continuación, por solicitud de César, reproducimos el capítulo 15 del ensayo Como una novela de Daniel Pennac, texto que en julio del 2000 la SEP (Secretaría de Educación Pública) seleccionó, imprimió 75000 ejemplares y distribuyó en forma gratuita como un título de la colección Biblioteca para la actualización del maestro.

“15
La escuela llegó muy oportunamente.
Cogió el futuro en su mano.
Leer, escribir, contar…
Al comienzo, él se entregó con auténtico entusiasmo. ¡Qué bonito era que todos aquellos palotes, aquellas curvas, aquellos redondeles y aquellos puentecitos, reunidos, letras! Y aquellas letras juntas, sílabas, y aquellas sílabas, una tras otra, palabras, no salía de su asombro. ¡Y que algunas de aquellas palabras le resultaran tan familiares, era mágico!
Mamá, por ejemplo, mamá, tres puentecitos, un redondel, una curva, otros tres puentecitos, un segundo redondel, otra curva, resultado: mamá. ¿Cómo recuperarse de esta maravilla?
Hay que intentar imaginárselo. Se ha levantado temprano. Ha salido, acompañado precisamente de su mamá, bajo una llovizna de otoño (sí, una llovizna de otoño, y una luz de acuario abandonado, no descuidemos la dramatización atmosférica), se ha dirigido a la escuela totalmente rodeado todavía por el calor de su cama, un regusto de chocolate en la boca, apretando muy fuerte esa mano que le queda por encima de la cabeza, caminando deprisa, deprisa, dos pasos cuando mamá sólo da uno, la cartera bamboleándose sobre su espalda, y la puerta de la escuela, el beso apresurado, el patio de cemento y sus castaños negros, los primeros decibelios… se ha acurrucado debajo del cobertizo o se ha puesto en danza en seguida, según, después todos se han encontrado sentados detrás de las mesas liliputienses, inmovilidad y silencio, todos los movimientos del cuerpo obligados a domesticar el único desplazamiento de la pluma en ese pasillo de techo bajo: ¡el renglón! Lengua fuera, dedos entumecidos y puño soldado…, puentecitos, palotes, curvas, redondeles y puentecitos…, ahora está a cien leguas de mamá, sumido en esa soledad extraña que se llama el esfuerzo, rodeado de todas esas otras soledades con la lengua fuera… y he aquí la reunión de las primeras letras…, renglones de «a»…, renglones de «m»…, renglones de «t»… (nada cómoda la «t», con esa barra transversal, pero una tontería comparada con la doble revolución de la «f», con el lío increíble del que sale la curva de la «k»…), dificultades todas, sin embargo, vencidas paso a paso…, hasta el punto de que, imantadas las unas por las otras, las letras acaban por juntarse ellas mismas en sílabas…, renglones de «ma»…, renglones de «pa»…, y las sílabas a su vez…
En fin, una buena mañana, o una tarde, todavía con el zumbido del barullo de la cantina en los oídos, asiste a la eclosión silenciosa de la palabra sobre la hoja blanca, allí, delante de él: mamá.
Ya la había visto en la pizarra, claro, la había reconocido varias veces, pero allí, debajo de sus ojos, escrita con sus propios dedos…
Con una voz primero insegura, balbucea las dos sílabas separadamente: «Mamá.»
y de repente:
—¡Mamá!
Este grito de alegría celebra la culminación del más gigantesco viaje intelectual imaginable, una especie de primer paso en la luna, ¡el paso de la arbitrariedad gráfica más total a la significación más cargada de emoción! ¡Está escrito ahí, delante de sus ojos, pero es algo que sale de él! No es una combinación de sílabas, no es una palabra, no es un concepto, no es una mamá, es su mamá, una transmutación mágica, infinitamente más expresiva que la más fiel de las fotografías, sólo con redondelitos, sin embargo, con puentecitos…, pero que, de repente —¡y para siempre!— han dejado de ser eso, de no ser nada, para convertirse en esa presencia, esa voz, ese perfume, esa mano, ese regazo, esa infinidad de detalles, ese todo, tan íntimamente absoluto, y tan absolutamente ajeno a lo que está trazado ahí, en los raíles de la página, entre las cuatro paredes de la clase…
La piedra filosofal.
Ni más ni menos.
Acaba de descubrir la piedra filosofal.”

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

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