LA CLASE

Tema del mes

Alfredo Villegas Ortega


La anemia normalista y la incapacidad de las autoridades: entre símiles médicos y cinematográficos

-Houston, tenemos un problema
Apolo 13 (Howard, 1995)

-Está vivo, está vivo
Frankestein (Whale. 1931)

.

Con mi agradecimiento profundo a la Escuela Normal Superior de México, a la que quiero siempre viva, en su LXXXIV aniversario

No es fácil pensar en la reconstrucción de cualquier escenario que uno pueda imaginar, después de la pandemia. El mundo, como un enorme cuerpo, tendrá que ser sometido a cirugía intensiva, en todos sus órganos, algunos de ellos tendrán que ser, incluso, amputados.

¿Qué clase de cirugía requiere la educación superior? ¿La educación básica, la media superior? ¿Podrá resistir el normalismo con las vendas y los analgésicos de siempre, aunque, también siempre, le prometan cuidados y atenciones para mejorar su precaria salud? ¿Quiénes están en grado terminal? ¿La educación, toda, o algunos niveles y modalidades, solamente? ¿Qué tanto crecerán los problemas en los distintos niveles después de la pandemia?

Hasta parecen preguntas de una serie de suspenso, con respuesta o desenlace del misterio en el siguiente capítulo, y sí, la película que está por venir no parece un drama tradicional, sino habrá que añadirle actores y acciones inéditas, nunca vistas antes por la generación de seres humanos que habitamos el planeta. Claro, porque el problema es universal, aunque cada país, tiene sus propias estrategias, historias, recursos, políticas y herramientas para solventar el problema de determinada manera.

En nuestro caso, las películas que nos ha tocado ver, en el terreno educativo, aunque casi en cualquier otro, parecen haber salido de la imaginación de un gran guionista del neorrealismo italiano o de la época de oro del cine mexicano. El problema es que esa imaginación no se traduce en una película, o si seguimos la analogía, no se ha producido ninguna obra magistral porque es una imaginación perversa, ignorante, ajena a los verdaderos problemas. Y ni hablar de los directores de las películas, los secretarios de educación. Piensen en Reyes Tamez, Aurelio Nuño o Esteban Moctezuma, por ejemplo. Con esos directores, ¿qué película podemos espera? Por eso, aunque me duela decirlo, se han producido churros espantosos como la mentada reforma educativa de Peña Nieto, con algunos ejemplos horrorosos como la que se impuso en las escuelas normales del 2018: sin pies ni cabeza, sujeta a intereses y dictados internacionales, ajena a la idiosincrasia y necesidades del país. No quisieron escuchar a los verdaderos actores, los maestros y estudiantes de las escuelas normales y, lo peor, el gobierno entrante la asumió, aun cuando está muy lejana a su discurso renovador, transformador.

Por supuesto que entendemos que la que estamos viviendo es una contingencia inédita y que no hay varitas mágicas para solucionar los problemas. Por supuesto, también, que sabemos que se requiere del concurso y responsabilidad tanto del estado como de los ciudadanos para salir adelante, pero quisiéramos escuchar o recibir propuestas más sensatas, que no solo impliquen paliativos. Si hablamos de una cirugía mayor, debiéramos empezar por conocer el cuadro de salud y los antecedentes del enfermo, para elegir la cirugía adecuada, encabezada por los profesionales más solventes, porque es un hecho que sí los hay, pero siguen marginados. Muchos de ellos dentro de las propias instituciones formadoras de docentes y otros más cuya historia, investigación y preocupación por la educación merecen ser escuchadas y llamadas a salvar al enfermo.

¿Son enfermas terminales las escuelas normales? ¿Qué síntomas presentan? ¿Qué medicinas les han administrado? ¿Qué órganos son los que requieren más atención?

Las escuelas normales han significado históricamente la salida a ejércitos de jóvenes de clases populares, que encuentran en ellas la posibilidad de desempeñarse profesionalmente y promoverse en el escalafón social. Los maestros normalistas, han trabajado en los barrios, los pueblos y las comunidades más remotas en condiciones de precariedad y adversidad, siempre en la lógica de promover aprendizajes y coadyuvar a la mejora de vida de sus estudiantes y sus comunidades. El ejemplo de los maestros rurales es emblemático, en ese sentido.

No creo que seamos enfermos terminales, pero sí padecemos de una anemia severa que empieza por el magro alimento que se nos da: presupuestos verdaderamente irrisorios que dificultan una de las tareas sustantivas de toda institución de educación superior: la investigación. Hay una producción muy importante en algunas de las escuelas normales, por la solvencia, dedicación y esfuerzo de su planta docente, pero, desgraciadamente, no se puede decir lo mismo de todas, porque, en esas circunstancias es muy difícil hacerlo. La vida académica, en muchos casos se concreta a la docencia y la difusión en circuitos muy cerrados, también por falta de apoyo, de los que se produce en las escuelas. La investigación, mucha de ella de calidad, se queda encerrada por desgracia, en los muros institucionales o sale relucir en congresos, coloquios y eventos académicos en otras escuelas normales o universidades, pero lo ideal sería que se apoyaran, se difundieran y se hicieran parte de una cultura institucional promovida y apoyada desde las instancias más altas de la SEP. No es así, por desgracia y no hay visos de que haya un cambio en ese sentido.

Las medicinas que se han administrado, como ya se dijo, no han sido las más adecuadas. Se requiere pensar el normalismo como la plataforma básica para la conformación de los nuevos ciudadanos que requerimos. No basta con dejarnos las sobras del presupuesto educativo, ni los planes y programas diseñados al vapor. Se requiere pensar conjuntamente, qué México queremos, qué pueden abonar las normales a ese ideal nacional, cuántos recursos deberán canalizarse para la investigación, la academia, la creación de nuevas plazas, los criterios de selección y promoción de los docentes.

Se habla de salir adelante con modelos híbridos que impliquen el uso de la educación a distancia, en línea, junto con la presencial. Bravo, eso es lo que se requiere ante lo que estamos viviendo, si se nos apura un poco, quizá durante meses debiera ser meramente virtual, en línea. Muy bien, pero, el problema es, justo, que hay muchos peros. Veamos.

Si solo pensamos en las cinco normales oficiales de Ciudad de México, consideramos que dada su historia, situación geográfica, matrícula, cobertura de todo tipo de licenciaturas en educación básica y las especialidades requeridas, maestrías y aun doctorado, como es el caso de la Escuela Normal Superior de México, podríamos anticipar expectativas de eficiencia y calidad (para usar el término que tanto gusta a las nuevas camadas de encargados de la educación, confundiendo este importante servicio social con una vulgar empresa), pues si hay colegios de educación básica, cómo no va ser posible en instituciones de educación superior [*] .

No es así, el servicio de internet contratado para las escuelas normales de la capital del país es lento, insuficiente y se colapsa cuando varios usuarios intentan acceder a él. Si eso es en Ciudad de México, ¿qué podemos esperar del resto del país en donde hay normales y, por extensión, bachilleratos, primarias y secundarias abandonadas a su suerte en lugares muy recónditos en los que, en ocasiones, ni luz eléctrica existe, mucho menos internet o computadora?
Otro pero son los usuarios. Empecemos por los maestros. No existe la capacitación adecuada para trabajar en línea. No basta con dar una plática, conferencia virtual o pedir trabajos por correo electrónico. Las posibilidades de la red son tan importantes y pertinentes como la capacidad que tenga quien las opere. No es cuestión solo de apretar botones o mandos (aunque por ello habría que empezar), sino de encontrarle el sentido y utilidad pedagógica. ¿Cuántos maestros sabemos, bien a bien, utilizar los dispositivos y posibilidades de la informática para enfrentar los procesos de enseñanza y aprendizaje de una manera satisfactoria, al menos? Es ‘algo’ que nunca se resolvió, nunca se estableció un programa serio que realmente educara a la planta docente en el uso de las nuevas tecnologías, como elemento alternativo y muy importante en los procesos educativos. Puros cursitos de Excel, Word y paquetería tan básicos como muchos de los encargados de la educación en México. Ahora sí, con el niño ahogado y sin dinero para tapar la alberca, ¿qué solución tendrán en mente los genios de la SEP?

Si seguimos con nuestros estudiantes, tanto los de normales urbanas como rurales, son jóvenes de sectores populares, por lo que no todos disponen de la conectividad adecuada o la conectividad misma) para establecer una comunicación a distancia o en línea con sus profesores.

Cierro, por lo pronto, con tan solo esos ejemplos, el problema que se viene en la educación, en particular en las escuelas normales. Ya en otros artículos he señalado la insuficiencia e inoperancia del plan y programas del 2018. Los resultados están a la vista y apenas es la punta del iceberg.

La comunidad científica está trabajando en la búsqueda de una vacuna que nos permita vivir de nuevo. El mundo entero espera el resultado, su aplicación y distribución oportuna y para todos. ¿Cuánto deberemos esperar para que a las normales nos suministren los retrovirales, – instrumentales y económicos- adecuados para sobrevivir a la pandemia? Al tiempo, si no morimos antes. No lo creo. Tendremos que encontrar, a pesar de las circunstancias, los mecanismos de organización, participación y propuestas, académicas, para que la autoridad educativa nos escuche. No seamos otra víctima mortal, de la crisis sanitaria. Salud para la educación normal. Larga vida al normalismo. Feliz LXXXIV aniversario a los miembros y egresados de la ENSM.

Notas
*Característica ésta, por cierto, que el médico Mario Chávez, Director General de Educación Superior para Profesionales de la Educación (DGESPE) nos llegó a regatear; Chávez es una vergonzosa herencia del gobierno anterior que permanece y ve cómo su poder y sus amarres ‘pedagógicos’ desde la administración peñista siguen tan frescos en esta Cuarta Transformación.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

Roberto Lopez Bruno. 01 de Agosto de 2020 22:59

Excelente reflexión, una gran analogía a las deficiencias de los sistemas educativos

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