Megaproyectos
Deserciones

Manual de Perplejos

Alfredo Gabriel Páramo


De megaproyectos y salones de clase

“El nuevo individualismo, el debilitamiento de los vínculos humanos y el languidecimiento de la solidaridad están grabados en una de las caras de una moneda cuyo reverso lleva el sello de la globalización”.
Zigmunt Bauman

Uno de los resultados de las políticas globalizadoras del neoliberalismo es, paradójicamente, la idea de que los problemas sociales son locales, que requieren soluciones locales, estrategias locales y difusión local. Cuando se trata de establecer megaproyectos o, incluso aventuras comerciales, se invoca el supuesto bien mayor del progreso, del abatimiento de la pobreza y del desarrollo, sin precisar qué se entiende por progreso, pobreza y desarrollo.

En la lógica del capital se piensa que en las localidades, habitadas por “el pueblo” —que se ha vuelto la manera políticamente correcta de denominar lo que antes eran “los nativos”— necesitan que alguien les explique lo que necesitan para ser felices. Como hace algunos años apuntaba el uruguayo Eduardo Galeano, al fin que ellos solo hacen artesanía, tienen costumbres folklóricas y creencias ancestrales que no son ciencia.

De acuerdo con esta idea, alguien más debe decirles qué infraestructura les conviene, qué deben sembrar, comer o vestir; qué deben hacer. En términos educativos, la propuesta y puesta en práctica de maneras de enseñar que favorecen el individualismo y la competencia no son menores culpables. Se ha enseñado a generaciones de mexicanos que lo importante es triunfar, brillar, pero en lo individual, no en colectivo. De esa manera, el capitalismo logra la publicidad de sí mismo cuando la gente narra la historia de éxito de tal o cual persona que “sola se levantó desde la miseria” como ejemplo de que el sistema funciona, olvidando que para la mayoría, la situación permanece igual.

Cada vez con mayor énfasis, las escuelas, tanto públicas como privadas, van afianzando la idea de los emprendedores, sujetos casi míticos que convierten el tradicional puesto de quesadillas de la familia, en un emporio con miles de trabajadores —explotados— que cuando menos puede equipararse con un McDonalds. Así, el alumno que brilla, que participa en muchas actividades, pero logra que se fijen en él, que saca excelentes calificaciones, es el que funciona. Las universidades enseñan conceptos perversos como el “tienes que aprender a venderte”, “hay que ver lo que necesita el mercado” y se centran en aprender cosas, no en aprender a pensar de manera transformadora.

La función de las escuelas, insisto, debe ser social, liberadora, no la de formar ejecutivos que crean que su éxito es ganar salarios con los cuales puedan presumir y vivir una vida endeudados comprando cosas que tal vez no necesitan sin incidir positivamente en las comunidades ni en la vida social.
Las escuelas enseñan a consumir y consumimos no solo productos; consumimos vidas, experiencias, sensaciones, deseos. Las presiones de la sociedad nos hacen vivir ese “acoso de las fantasías” de Slavoj Zizek, donde “la fantasía crea un escenario en el que se opaca el horror real de la situación”. Se dice que la “tecnología” (englobando erróneamente en esta exclusivamente lo digital) está convirtiendo a los seres humanos en islas, contra lo que el poeta metafísico isabelino John Donne acerca de que ningún hombre es una isla.

Es cierto que la sociedad actual es mucho más narcisista, hedonista y consumista que la de apenas un par de generaciones atrás; lo podemos observar en la forma en que se desarrollan las relaciones, que desde un primer momento se conciben con “fecha de caducidad”. Muchas veces se culpa a la “tecnología de esta situación”, pero muchos opinan que en realidad, los desarrollos tecnológicos actuales ocurren porque así lo demandan la misma sociedad y la dinámica de consumo.

El problema de la educación, en relación con la crisis ambiental, reside en las intenciones que se tienen al aplicar los modelos educativos. Siguiendo al filósofo Zygmunt Bauman, provocan conflictos pues: “(…) adquirir conciencia de los mecanismos que hacen la vida dolorosa o, incluso, imposible de vivir no significa que estos vayan a quedar automáticamente neutralizados. Sacar a la luz las contradicciones no significa que con esto se resuelvan”.

El sentido de la vida no lo dan las cosas, por supuesto que no lo da la tecnología, sino las elecciones que tomamos. De acuerdo con el psiconalista vienés, sobreviviente del Holocausto, Viktor Frankl, las decisiones, incluso en momentos de vida y muerte, son éticas y deben estar regidas por el bien. Es fácil suponer que la culpa de la falta de calidad de nuestra vida proviene de hechos exteriores; resulta cómo suponer que somos víctimas de poderes superiores a nosotros y que nada podemos hacer para solucionar los problemas. Sin embargo, la verdad es que es necesaria una respuesta ética.

Así como el consumo está destruyendo, literalmente, nuestro planeta, las decisiones que tomamos sobre nuestros actos también lo afectan. Sin embargo, no hay que caer en la trampa que promueve el mismo sistema económico en el que nos desarrollamos y que pretende que las soluciones se pueden dar desde el individuo. Las soluciones sociales siempre han de ser colectivas.

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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