Vivir_o_morir
LA CLASE

Tema del mes

Alfredo Villegas Ortega


¿Morir o vivir en un nuevo mundo?

Alfredo Villegas Ortega

(…) y va a ser fuerte la lluvia que va a caer
Oh, ¿qué harás ahora, mi hijo de ojos azules?
Oh, ¿qué harás ahora, mi querido jovencito?
Voy a volver a salir antes de que la lluvia empiece a caer.
Me dirigiré a las profundidades del más oscuro bosque,
Donde hay multitud de gente, y sus manos están vacías.
(…) Donde el hambre es fea, donde las almas están olvidadas,
(…) y va a ser fuerte la lluvia que va a caer

Bob Dylan / A hards rain a gonna fall

El mundo está herido. Muchos han muerto, otros más, por desgracia, morirán o moriremos. Los que sobrevivan o sobrevivamos tendremos que aprender a vivir, por un buen tiempo con el virus, dicen. Nuestras costumbres se modificarán radicalmente. Habremos de pensar nuevas formas de querer, de sentir y de expresar nuestros sentimientos. Será más radical (fácil o difícil, según se vea) para los niños y los jóvenes. Los pequeños nacerán y vivirán un mundo distinto, y tal vez, esas limitantes que implican vivir en ese nuevo mundo, puedan significar o la falta de algo o, simplemente, ese ‘algo’ es el mundo en el que hemos vivido hasta ahora y, por lo tanto, para ellos vivir esa realidad, será, simplemente eso: vivir de acuerdo a esos nuevos códigos. Eso, pensando que, efectivamente la pandemia rebase el umbral del ahora y se quede con nosotros por un buen tiempo. No lo sabemos. Tal vez, solo sea necesario adaptarse para una transición dolorosa, para un parto de una nueva la humanidad. ¿Será posible?

Lo que es un hecho, es que se viene un proceso de adaptación, supervivencia y reconstrucción del mundo en el que quienes sobrevivan o sobrevivamos, debemos saber que, de no reinsertarnos, involucrarnos y tratar de reinventar nuevas formas de convivencia, moriremos en vida. Me explico: muchas personas, sistemas, organizaciones, instituciones solo sobrevivirán cabalmente, si son capaces de transformarse de raíz. No es ciencia ficción, pero si hasta el amor tendrá otras formas de manifestarse, qué será con tantas manifestaciones, actitudes, comportamientos y, en fin, lo que involucra a la humanidad.

Me niego a morir en vida y supongo que muchos más tampoco quisieran seguir formando parte de un mundo en el que no cabemos. Solo cabremos si entendemos que no podemos seguir tomando la misma medicina ahora que estamos en coma. Así en el amor, en la familia, en el trabajo, en la política, en la salud, en la escuela.
Si queremos seguir reproduciendo un mundo que se muere, seremos como fantasmas sin vida que deambulan sin ser vistos ni escuchados. No obstante, aunque las formas de relacionarse y de manifestar nuestros afectos tengan que modificarse de raíz para poder adaptarnos y sobrevivir, hay cosas esenciales que nos hacen humanos, que son la diferencia específica, como señaló Aristóteles: la razón, la moral, la búsqueda de la felicidad. Eso no muere, eso cabe, también, en el nuevo mundo como ha cabido antes al superarse otras crisis mundiales derivadas de la guerra, las epidemias o los cambios geológicos.

La libertad, la felicidad, el amor, la vida política, la organización social, la lucha contra las injusticias, la resistencia civil, la capacidad de aprender, reaprender y de superar las crisis, por terribles que sean son consustanciales a eso que llamamos humanidad, a esa humanidad de la cual formarnos parte. Ahora estamos, como en el box, en la cuenta de protección, pero no ha terminado la batalla.

Vivir para contarlo, sentenció García Márquez. ¿Viviremos para contarlo? ¿Otros contarán cómo sucumbió el mundo? ¿O cómo renació? Porque, aunque se descubriera una vacuna en un tiempo relativamente corto (no parece ser que en menos de un año sea factible, aunque hay otras opiniones o investigaciones que apuntan a menor tiempo), lo real es que somos y seremos una generación (independientemente de la edad de cada quien: los que vivimos ahora en el mundo) marcada por la pandemia. Ya no será igual, dicen y así lo creo. No es visión apocalíptica, pero no será igual. ¿Qué es lo que va a cambiar? Muchas cosas, empezando por algo tan importante como es el contacto físico entre las personas, al menos por un buen tiempo. Hasta un abrazo, una charla, tomar un café o una copa serán (son) motivo de contagio. Al menos por un tiempo. ¿Qué sigue a la superación de esta pandemia?
Porque, como en otros tiempos, la ciencia habrá de encontrar los caminos que nos lleven a buen puerto. ¿Cómo fue que llegamos a esto? ¿Qué tanto este modelo civilizatorio es responsable de todo? ¿Seremos capaces de emerger como una nueva humanidad? Porque, también, hay que decirlo, es factible hacerlo. Y hoy, más que nunca es necesario pensar de otra manera, reaprender. No basta con aprender lecciones de los vencedores, ni seguir la ruta de los grandes capitales. Y no, no es renegar de nadie, pero el hecho es que no podemos seguir igual. Tal vez sea el momento de empezar a recuperar las fortalezas regionales, de rescatar los procesos de acercamiento con la naturaleza y nuestros semejantes de otra manera, mucho más gentil, inteligente y sustentable. Tal vez. No significa el cierre de fronteras ni de proponer vivir en un idilio endogámico, en una burbuja ajena a lo que pasa en el mundo. No, aunque por el momento se hayan cerrado varias fronteras y ello ocasiona problemas de libre tránsito, económicos y de otro tipo. No, justamente se trata de fortalecer a los que hasta ahora hemos perdido la batalla del desarrollo. Solo será factible competir e integrarse a una nueva dinámica mundial si nos fortalecemos al interior, si dejamos de alienar nuestro patrimonio a intereses aviesos a los que tanto les interesa el mundo que hay que ver cómo lo han dejado.

Las fronteras dejarán de serlo, en todos los sentidos, cuando no haya barreras de pensamiento, cuando quepamos en cualquier parte, no tanto por no haber de otra o para satisfacer la demanda de mano de obra en los países industrializados, sino cuando lo hagamos como verdadera elección, cuando suponga, efectivamente una búsqueda de otros horizontes profesionales, culturales o de tipo de vida. Se vale, claro que sí. Hasta ahora, las fronteras se abren o cierran a los desplazados de sus territorios de origen, cuando se requiere oxigenar las economías de los países primer mundistas. Cuando no, son deportados y se les juzga como criminales. Muchos de ellos viven sin certeza jurídica, acosados por los servicios de migración respectivos. Esos mismos ciudadanos fueron vomitados originalmente por sus propios países al no darles oportunidades de escuela, empleo y vivienda, por decirlo rápido. La migración es un fenómeno connatural a la humanidad, pero sería mucho mejor si pudiese darse libremente y no obligados por no caber en sus lugares de origen de los que huyen de la violencia, miseria y todo tipo de atropellos a su dignidad.

Así pues, requerimos, pensando en nuestro país, fortalecer la agricultura, impulsar la industria nacional, abrir las puertas a la inversión extranjera bajo reglas claras y pago de impuestos como es debido, como lo hacen en cualquier país que se precie de tener una disciplina y un orden fiscal. Lograr, no la autosuficiencia alimentaria; parece difícil en un país tan grande como el nuestro, pero sí la solvencia necesaria para garantizar alimentación a la mayoría de la población. Los flujos interdependientes seguirán tanto como la humanidad y el mundo persistan, pero es muy diferente enfrentar los vaivenes económicos y aun los eventos como la pandemia que nos azota, de una manera muy distinta si vivimos en un país en el que prime el equilibrio financiero, el crecimiento económico, la justicia, la equidad y la distribución de la riqueza. Eso, que tanto asusta a las buenas conciencias, no significa quitarle nada a nadie sino generar las oportunidades necesarias para crecer en armonía, sin violencia, sin aberraciones.

Pensar otro mundo, empieza por pensar en mí mismo, en cómo voy a cambiar; implica pensar en mi país, en cómo quiero que sea y qué debo hacer para no ser una credencial del INE más que solo vota y no piensa, opina ni participa en ese país y en ese mundo en el que aspira a vivir. Si tenemos garantizado un mínimo de equidad y justicia podemos aspirar, entonces sí, a un máximo de libertades, como sugiere Adela Cortina. No antes. No hay libertad si antes no podemos comer, elegir una profesión o aspirar a mejorar el estatus vital. Y antes de pensar en las fronteras, la libertad se empieza ejercer y a disfrutar en mi entorno: desde ahí, con buena educación, vivienda digna, trabajo estable y bien remunerado, salud pública eficiente y demás podemos empezar a pensar en ese nuevo mundo del que tanto se habla. Ése, no otro. ¿O qué pensaban que se hablaba del mundo de Huxley? No. El mundo que habrá de resurgir después de la pandemia, es un mundo equilibrado, sensato, inteligente. Con educación en línea, híbrida o sin ella. Con maestros reconocidos, alentados y capacitados por la autoridad. Con médicos en esa misma lógica y con los insumos necesarios para ejercer su tarea de mejor manera. Con escuelas y hospitales eficientes, equipados, suficientes y al alcance de todos, preferentemente gratuitos porque por ello hablamos de una política fiscal sin excepciones que nos permita ese tipo de sin atentar contra nadie: que cada quien pague lo que le corresponda, ya es hora de meter en cintura a los pillos evasores de cuello blanco y, también, de que el gobierno haga lo suyo y si no reclamarle el destino del presupuesto.

Ese mundo que muchos queremos, utópico, deseable (perfecto, no, eso no existe) o como quieran llamarle, nadie nos lo va a regalar, requiere de la participación ciudadana desde sus más elementales esferas de participación comunitaria hasta las organizaciones civiles y políticas más fuertes. Si requerimos cambiar el sistema de partidos, pensemos cómo hacerlo: nada es inmutable, lo estamos viviendo, todo puede pasar, y si bien la pandemia que nos tocó vivir no la elegimos, sí podemos elegir o aspirar a vivir en un mundo mucho más sano y potable que el que hemos heredado del modelo civilizatorio y en el que, eso sí al menos, hemos sido cómplices por aceptar sus aberraciones, tolerar sus abusos, abusar nosotros mismos del débil, de los animales; hemos sido cómplices y víctimas de nuestras prácticas consumistas, y si no parece lógico esto último, hay que ver el número de diabéticos, obesos e hipertensos y preguntarnos cuántos de ellos (de nosotros) no lo padecen o padecemos por hábitos alimenticios impulsados por empresas sin escrúpulos, tolerados y fomentados por gobiernos corruptos e irresponsables, y en el que nos hemos hecho de la vista gorda en la familia y en la escuela. ¿Cuántos muertos menos serían si no hubiera esas epidemias en sí mismas de diabéticos y obesos en México? Preguntas como ésta nos pueden orientar, tal vez mejor que los argumentos previos para saber hacia dónde debemos voltear y qué país queremos. Pensemos, y compartamos con nuestros amigos, maestros, familiares, estudiantes, pares y quien sea, qué podríamos hacer para que el sol vuelva a salir después de la pandemia y su luz y su calor se extiendan de manera más generosa, si me permiten la metáfora. El tiempo apremia. Salud para todos.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

FRANCISCO MIGUEL MIGUEL. 23 de Julio de 2020 16:57

Es momento de reflexión para todos los que quedamos “vivos”.

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