Brecha_digital
LA CLASE

Tema del mes

Adriana Ramírez Camacho


Brecha digital, educación a distancia y exclusión incluyente: tres conceptos importantes para reflexionar sobre el fenómeno educativo en la pandemia

Adriana Ramírez

En estos momentos de contingencia sanitaria se han manifestado diversos puntos de vista, reflexiones, recomendaciones, propuestas emergentes, posiciones, y un sinfín de artículos referidos a la educación y a la tecnología. La mayoría enfatiza la desigualdad que la denominada brecha digital ha hecho más evidente. Todos los escritos son respetables y representan el conocimiento, la experiencia y la postura de quien los escribe, sin embargo, es importante expresar una opinión o reflexión reconociendo algunos conceptos clave que nos permitan entender con mayor claridad el fenómeno educativo que se ha manifestado en la pandemia de este año 2020.

Un primer concepto es el de brecha digital. La brecha digital puede ser definida “en términos de la desigualdad de posibilidades que existe para acceder a la información, al conocimiento y la educación mediante las TIC. La brecha digital no se relaciona solamente con aspectos exclusivamente de carácter tecnológico, es un reflejo de una combinación de factores socioeconómicos y en particular de limitaciones y falta de infraestructura de telecomunicaciones e informática”. (A. Serrano y E. Martínez, 2003, citados en Castaño, 2008:175)

La brecha digital “supone una relación desigual de los diferentes colectivos de población en relación a la Sociedad de la Información (y ahora del Conocimiento), estableciendo dos grupos diferenciados que son los incluidos o excluidos en función del acceso a un ordenador y a Internet, desagregados por edad, sexo, nivel de estudios, etc. “(Castaño, 2008:175).

La denominada segunda brecha digital se refiere al uso desigual que hacen las mujeres y los hombres de las TIC, y refleja la discrepancia social en la que vivimos. A esta brecha se le añade la brecha generacional que existe en el uso de las tecnologías.

Esta segunda brecha digital (basada en el uso de las tecnologías e Internet) es más sutil que la primera (basada exclusivamente en la necesidad de aumentar el número de usuarios de ordenadores y de accesos a Internet) y también mucho más complicada de tratar. El problema no radica en que todos podamos acceder al ordenador y a Internet, sino cómo esa tecnología aparentemente neutra se transforma, al entrar en contacto con la sociedad, de forma totalmente distinta para hombres y para mujeres. (Castaño, 2008:178-179).

Con estas definiciones podemos entender que la brecha digital no es única, y también podemos aclarar que no es lo mismo el acceso y el uso que le damos a la tecnología.

En el caso de México, el acceso es desigual en servicios esenciales como la educación, y el contraste entre las zonas rurales con respecto a las urbanas es evidente. A esta problemática se le suma la imposibilidad del Estado de garantizar el derecho a la población de acceso a las TIC, a los servicios de radiodifusión y telecomunicaciones, incluido el de banda ancha e internet. Pues si bien, el Artículo 6o. de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece en su apartado B, fracción I que “es obligación del Estado garantizar a la población su integración a la sociedad de la información y el conocimiento, mediante una política de inclusión digital universal con metas anuales y sexenales” (CNDH,2015: 11), la realidad es que esto no sucede.

Las estrategias para cubrir el derecho humano de acceso a la información, como las de un gobierno cada vez más digital se queda en eso, en la posibilidad de hacer trámites con las instancias gubernamentales que en alguna medida han sido un gran avance, pero no es suficiente como para dar cobertura y formación a toda la población en este rubro.

Por lo anterior, el reclamo al derecho de “brindar acceso universal mediante una infraestructura de red y aplicaciones de las TIC, que estén bien desarrolladas, adaptadas a las condiciones regionales, nacionales y locales, fácilmente accesibles y asequibles y que, de ser posible, utilicen en mayor medida la banda ancha y otras tecnologías innovadoras…” (CNDH, 2015:9), se queda en políticas públicas declaradas en un papel y sólo impacta en algunos grupos de la población.

Por otro lado, en cuanto al uso que le damos a las tecnologías, el estudio sobre los hábitos de los usuarios de internet en México 2018 revela que, “México alcanza un 71% de penetración entre la población de personas de 6 años en adelante, con 79.1 millones de usuarios conectados; en donde el 51% son mujeres, el 49% son hombres. El 67% de los internautas en México, percibe que se encuentran conectados en internet las 24 horas. En 2019 los usuarios de internet en México pasan diariamente 8 horas con 20 minutos, 8 minutos más que en 2018. El uso de internet es un 82% para acceso a redes sociales, 78% para mensajería instantánea, 77% para uso de correo electrónico, 76% para búsqueda de información y 31% para gestiones de gobierno.” (Asociación Mexicana de Internet, 2019)

El uso que le damos a la tecnología es desigual entre hombres y mujeres y, además, es generacional. El problema, en definitiva, “no lo serán los instrumentos o tecnologías utilizadas -esto es, el ordenador, el teléfono móvil, las redes sociales…, sino el tipo de sociedad en la que vivimos, donde se maneja la citada información y al servicio de la cual se ponen dichos instrumentos”. (Zubero, 2011 en Arenas, 2011; 99).

La brecha digital impactará en “aquellos ciudadanos/as que no sepan desenvolverse en la cultura y tecnología digital (esto es, que no sepan conectarse y navegar por redes, buscar la información útil, o comunicarla a otros) no podrán acceder a la cultura y al mercado de la Sociedad de la Información (y el Conocimiento). Es decir, aquellos ciudadanos que no estén cualificados para el uso de las TIC tendrán una mayor probabilidad de ser marginados. Se producirá así un “analfabetismo tecnológico”, que tendrá como consecuencia una mayor dificultad en el acceso, búsqueda y promoción laboral, y cómo no, una mayor probabilidad de caer en la manipulación informativa.” (Área Moreira, 1998 citado en Arenas, 2011: 108)

Ante esta puesta en evidencia que el confinamiento ha destapado con una simultaneidad de desigualdades que existen en cuanto al acceso y uso de las tecnologías en los distintos niveles y contextos donde generan dinámicas de inclusión, exclusión y cierto acceso a privilegios, también se quedan en el olvido los múltiples factores que impulsaron el desarrollo de otras formas de enseñar y aprender en donde no existe una rigidez del espacio físico y el tiempo, en contraste con la docencia convencional. Esto es, la Educación a Distancia, y es ésta la segunda definición importante de aclarar.
García Areito habla de diversos factores en secuencia que propician el nacimiento y el posterior desarrollo de la educación a distancia: “la aparición de la escritura, la invención de la imprenta, la aparición de la educación por correspondencia, la aceptación mayoritaria de las teorías filosóficas democráticas que eliminan los privilegios, el uso de los medios de comunicación en beneficio de la educación, y la expansión de las teorías de enseñanza programada.” (1999:8)

Las potencialidades y beneficios de la educación a distancia y los modelos generados a partir de ella en su evolución histórica son evidentes, sobre todo, en la inclusión a los servicios educativos de muchas personas que no fueron consideradas por diversos motivos (ya sea por edad, condición económica, proximidad a los centros escolares, entre otras), en las modalidades escolarizadas y considera “desde un enfoque social, su sentido más allá de la superación de las distancias espaciales o temporales, lo que puede lograrse con diversos recursos metodológicos y tecnológicos, y en donde el verdadero reto de los educadores está en que superen las grandes distancias sociales, culturales y económicas que se reflejan en las inequidades de los servicios educativos”. (Zubieta y Rama, 2015:5).

Desafortunadamente, se ha confundido la educación a distancia con otras modalidades en las que ha evolucionado y que usan mediación con TIC´s, como la educación en línea y el e-learning; ahora se confunde con las clases emergentes por videoconferencia y con la mera inserción de plataformas o recursos de TIC´s en las clases. Asimismo, desde muchos años atrás, se ha vendido como una serie de prácticas que se han masificado con poca calidad y seriedad en diversas instituciones y organizaciones empresariales sólo porque utilizan recursos de tecnología, pero no cumplen con la calidad, la complejidad y el detalle de diseño e implementación de la educación a distancia, de la educación en línea o de la formación virtual.

Asimismo, en esta sublimación de la paradoja exclusión/inclusión, de acceso y uso de las tecnologías y que se ve reflejada en los escritos que abundan en diversos medios destacando las irregularidades y las inequidades en el acceso; haciendo énfasis en que la tecnología más que ayudar hace impersonal el aprendizaje; destacando que el acceso debe resolver los problemas de pobreza y desigualdad educativa, entre otras opiniones, olvidamos que estas desigualdades ya existían antes de la pandemia.

Esto es, se ha hecho más evidente en esta situación de contingencia sanitaria, pero ya era una problemática estructural enquistada en los sistemas políticos y económicos de nuestra sociedad. Pues ya estaba representada en situaciones no equitativas de cobertura de internet como del uso desigual que hacen los hombres y las mujeres de la tecnología y la invisibilidad de estas últimas en este campo.1

En este sentido, mirar esta situación del acceso desigual, el control y restricción al conocimiento, el uso del internet para el empoderamiento político y económico, los privilegios para algunos grupos con respecto al acceso a los recursos, como una problemática que sólo atañe a la educación a distancia, representa sólo una cara de la moneda, pues ésta siempre ha buscado reducir esa desigualdad.

Esto es, mientras que la educación a distancia ha buscado ser incluyente dentro de un contexto excluyente, nuestras demandas en los diversos medios de comunicación es hacer notar injustamente su carácter de “exclusión social”.

Por otro lado, surge un cuestionamiento: ¿es el acceso y el uso de las tecnologías lo que facilitará una transición a la igualdad cuando nuestras estructuras sociales son las mismas?

Pablo Gentili (2009:37) en su denominada ‘universalización sin derechos’ explica que la problemática va más allá y no basta con el acceso:

“Tres de los factores que contribuyen a producir la universalización sin derechos y la expansión condicionada de los sistemas educativos latinoamericanos, son:

● La combinación y articulación de condiciones de pobreza y desigualdad vividas por un significativo número de personas en nuestras sociedades.
● El desarrollo fragmentado de los sistemas escolares y las enormes diferencias de oportunidad que ofrecen las escuelas.
● La promoción de una cultura política acerca de los derechos humanos, y particularmente del derecho a la educación, marcada por una concepción privatista y economicista que, lejos de ampliar, restringe las fronteras de este derecho a las oportunidades de acceso y permanencia en el mercado de trabajo.

La exclusión incluyente en el campo educativo se produce no sólo, pero en parte, gracias a la combinación de estos tres factores.”

Por lo anterior, las desigualdades se hacen visibles porque son consecuencia de la exclusión incluyente que ya existía en la educación, y porque en esta crisis del COVID-19 se ha resaltado la “igualdad” para mitigar otros aspectos que detonan desigualdad y que no se atendieron con anterioridad.

No estamos ni incluidos ni excluidos2 completamente, ni toda diversidad humana se convierte en desigualdad social, y en plena pandemia reclamamos ser incluyentes cuando en muchos momentos hemos sido excluyentes. Estamos conscientes que estamos condicionados por un sistema pero cumplimos sus reglas, seguimos sus procesos, somos parte de su estructura reproductora que controla nuestra vida, nuestro tiempo y nuestro espacio, estamos “reforzando la irrevocabilidad e irreversibilidad de sus operaciones de exclusión”. (Mascareño y Carvajal, 2015:136)

Queremos regresar a esa normalidad y exigimos el acceso al internet y a los recursos de tecnología para la niñez y jóvenes en las zonas rurales y en las urbanas y podemos preguntarnos qué hemos hecho realmente para reducir esa brecha de acceso y, segundo, para reducir esa brecha de uso, haciendo invisibles todo este tiempo esas desigualdades.

Habría que cuestionarnos ¿Qué hemos hecho antes de la pandemia para tener un internet accesible para todos? ¿Qué acciones hemos realizado para el acceso libre al conocimiento?, ¿Y para la alfabetización digital?

La inclusión no es sólo un discurso o un sinónimo de ciudadanía plena, y si hablar de inclusión es hablar de derecho a la educación, ¿por qué ahora le atribuimos toda la problemática a la educación mediada por tecnología y a que no estamos preparada para ella?

Desde hace años, están ahí las plataformas o LMS (Learning Management System), las herramientas de videoconferencia, los recursos multimedia y los modelos híbridos que ahora nos han revolucionado y agilizado. Muchos docentes sin saber utilizar la tecnología, la han incorporado a sus prácticas pedagógicas para interactuar con sus estudiantes, muchos otros han utilizado la televisión, la radio, o han caminado senderos para llegar a las casas de sus alumnos. Pensemos si estos recursos de tecnología son los que harán asequible el acceso, ¿Qué debemos hacer ante estas desigualdades que ya estaban en nuestra anterior “normalidad”? ¿buscaremos la integración de la tecnología a nuestras clases?, ¿seguiremos justificando, diferenciando, rechazando, excluyendo y teniendo prejuicios entre nosotros?

Pensemos en preguntas como ¿cuál será la tasa de abandono de nuestros estudiantes en esta pandemia?, ¿qué haremos para que sigan estudiando?, ¿cómo vamos a resolver la problemática de la violencia de género que ha aumentado con el encierro?, ¿qué tipo de apoyo le podemos brindar a los niños, niñas y jóvenes para salir adelante?, ¿qué vamos a hacer frente al cambio climático?, ¿qué pasará con las familias?, ¿cuál es el rol de las escuelas y el docente frente a esto?, ¿cómo están los docentes?, ¿qué pasa actualmente con la seguridad digital y los derechos de libre expresión en los medios y con la utilización de recursos de tecnología?, ¿cómo podemos consolidar el acceso en todas las regiones y contextos del país?, ¿será sólo la computadora o serán otros los recursos que pueden ocuparse?, ¿Cómo favorecemos y respetamos la accesibilidad universal en esta nueva modalidad de interactuar?

Si la pandemia nos vino a sacudir, y esta “nueva normalidad” nos ha hecho hacer visible lo que en la “anterior normalidad” hacíamos pasar por invisible, tomemos conciencia y transformemos en verdad a esta sociedad. No nos quedemos con formas ligeras de atender estos importantes aspectos de la desigualdad.

Demostremos la capacidad que tenemos como humanidad de gestionar en la crisis. Enseñemos con vivencias justas, equitativas y con la verdad, a los niños, niñas y jóvenes. Es momento de innovar y de adaptarnos a una realidad que exige nuevas modalidades de enseñar y de aprender.

Por último, ante el mal de la desinformación, informémonos. Si clarificamos conceptos podemos tener mayor conocimiento y consciencia del fenómeno educativo, abordar sus diversas aristas y recapitular qué estamos haciendo desde las instituciones.

Notas

1. Han existido muchas mujeres científicas a lo largo de la historia, pero su trabajo ha sido poco visible. Así podemos citar, por ejemplo, a Ada Lovelace (1815), hija del poeta inglés Lord Byron, que fue la primera programadora y cuyo trabajo dio lugar a la creación de la primera computadora electrónica, ENIAC. (Cruells, E., Vergés, N.y Sainz, M. 2008, citados en Arenas, M. 2011:113).

2. Considerando que “..Nunca hay un estado único ni completo de inclusión o exclusión, sino situaciones en las que ambas condiciones se expresan a la vez.” (Mascareño y Carvajal, 2015:134)

Referencias

Arenas, M. (2011) Brecha digital y de género: la mujer y las nuevas tecnologías. Recuperado de https://core.ac.uk/download/pdf/58908883.pdf

Asociación Mexicana de Internet (2019) 15o Estudio sobre los hábitos de usuarios de internet en México 2019. Recuperado de https://www.asociaciondeinternet.mx/estudios/habitos-de-internet

Castaño, (2008) La segunda brecha digital. Madrid: Editorial Cátedra.

CNDH Comisión Nacional de los Derechos Humanos (2015) Derecho de acceso y uso de las tecnologías de la información y la comunicación. México: Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.

García A., Lorenzo. (1999) Historia de la Educación a Distancia. Revista Iberoamericana de Educación a Distancia RIED. Vol.2.No.1, p. Recuperado de http://revistas.uned.es/index.php/ried/article/view/2084/1959

Gentili, P. (2009) Marchas y contramarchas. El derecho a la educación y las dinámicas de exclusión incluyente en América Latina (a sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos). Recuperado de https://rieoei.org/historico/documentos/rie49a01.pdf

Martínez, C. (2008) La educación a distancia: sus características y necesidad en la educación actual. Educación Vol. XVII, Nº 33, septiembre 2008, pp. 7-27

Mascareño, A. y Carvajal, F. (2015) Los distintos rostros de la inclusión y la exclusión. En Revista CEPAL, 2016. Recuperado de https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/38800/RVE116Mascareno_es.pdf

Rama, C. (2020) La pandemia generó una educación de emergencia desequilibrada. Entrevista realizada por Irene Benito para “La Gaceta”. Recuperado de https://www.lagaceta.com.ar/nota/847738/actualidad/claudio-rama-la-pandemia-genero-educacion-emergencia-desequilibrada.html

Zubieta, J. y Rama, C. (2015) La educación a distancia en México: una nueva realidad universitaria. CUAED/ Virtual Educa. Recuperado de https://www.ses.unam.mx/curso2016/pdf/18-nov-Zubieta_Educacion_distancia.pdf

Adriana Ramírez Camacho
Docente de la Universidad Pedagógica Nacional UPN095 Azcapotzalco.

BLANCA ESTELA CARMONA RAMÍREZ. 15 de Julio de 2020 13:11

jardinmonarca@yahoo.com.mx

BLANCA ESTELA CARMONA RAMÍREZ. 15 de Julio de 2020 13:19

Importante reflexión.. para todos: niños, docentes, padres de familia, a toda la población.. Existen situaciones extremas que tanto los gobiernos y la parte que a cada uno nos corresponde; colocar nuestro granito de arena…. a mí en lo personal el estrés está presente al no contar con internet…

Agregar comentario