Despues_de_la_pandemia
LA CLASE

Tema del mes

Alfredo Villegas Ortega


Después de la pandemia: ¿Habrá “(otra) Nueva Escuela Mexicana”?

Yo no soy apto para seguir ciegamente el ejemplo de otros hombres

Charles Darwin

Más que una nueva normalidad, habría que posicionarnos como sociedad ante el nuevo mundo que se avecina. Lo real es que el mundo por venir no parece ser el que habrían esperado los heraldos del progreso y los voceros de la civilización. Una humanidad deshumanizada que es capaz de matar, torturar, violar, discriminar, segregar. Un mundo en el que, si bien la ciencia es la conquista racional más avanzada de la humanidad, no ha sido suficiente para equilibrar, mejorar y posibilitar el acceso a sus beneficios por las mayorías. No es su tarea, es cierto, pero es difícil pensar cómo se ha visto relegado o marginado el pensamiento moderno de una humanidad civilizada, por el pensamiento mágico, por la visión e intereses aviesos de los grandes capitales mundiales o por la inoperancia de los líderes y estadistas. Una humanidad que no entiende el viaje espacial de los gringos mientras Trump tiene un pésimo manejo de la pandemia y miles de sus ciudadanos mueren a causa de ésta. ¿Dónde está la racionalidad? Mercadotecnia y alarde tecnológico que, en otros momentos pudiera quizás celebrarse, no ahora. No, cuando nos estamos debatiendo entre la vida y la muerte y en donde nos preguntamos, ¿qué hemos hecho o dejado de hacer para llegar a esto? No es posible pensar, por supuesto, que las responsabilidades deben ser distribuidas de la misma manera. No se puede juzgar de irresponsable a quien no ha tenido las oportunidades, a quien ha nacido sometido por los procesos civilizadores, al amparo de la divinidad, el progreso, la libertad y demás entelequias. Pero sí podemos preguntarnos los que tenemos educación, alimentación y cultura, ¿cómo hemos permitido que la barbarie permanezca? ¿Qué hemos hecho por defender nuestra dignidad? ¿Qué hacemos por los ecologistas asesinados, los líderes sociales encarcelados, los campesinos desplazados de sus tierras? ¿Cuándo salimos a la calle para defender la ciudadanía y exigir democracia? No lo suficiente. No lo necesario para derribar una serie de inercias que, en el fondo nos tienen así. No solo en México, en el mundo.

No hemos logrado que la ciencia realmente se humanice y desplace su atención, investigación y protocolos hacia un mundo más sustentable. No culpo particularmente a los científicos, pero lo que sigo pensando es que la gran conquista de la humanidad queda relegada ante los intereses corporativos de los grandes capitales y empresas trasnacionales y nacionales cuyo único interés es, válgase la obviedad, acumular no importa a quienes se lleven en su carrera. Naturaleza, hombres, mujeres, niños, todo lo que se mueva y todo lo que respire se lo engullen.

La loca carrera por el éxito, las propiedades, los títulos y las certificaciones, de pronto, nos hacen olvidarnos de los más preciado que es la vida, y que ésta incluye, desde luego, el abrazo de nuestros seres queridos, su sonrisa, el contacto visual y verbal con los compañeros de trabajo, la alegría de los niños corriendo en el parque…la libertad, pero no como la entelequia utilizada por los gringos para invadir cuanto lugar pudieron, sino la que ahora está condicionada ante la prioridad de la vida. No tendríamos porqué limitar una a la otra. No tenemos otra por el momento. Este momento al que hemos llegado, en apariencia por un acto individual, pero que desnudó todo un sistema de salud y de políticas públicas lamentable en casi todos los países del orbe, incluyendo los más avanzados. Nos tomó por sorpresa. Ese núcleo dominante, esa élite pensante, esos grupos que creen saberlo todo y que se sienten dueños de todo, no supieron reaccionar, y con ellos, nosotros, de corbata.

El sistema de salud está rebasado, fue exhibido con todas sus carencias. Lo que se ha hecho en el mundo es tomar medidas paliativas, que no resuelven el problema de fondo, sino solamente capotean el temporal. Se está buscando, en algunos centros de investigación, institutos y universidades del mundo, la vacuna contra el COVID 19. Eso es loable y esperemos que se cristalice lo más pronto posible, antes de que centenares de miles sigan muriendo. Pero cabe preguntarse ciertas cosas. ¿Dónde saldrá la vacuna para curar un mundo que tiene tiempo de estar en agonía? Ésta pandemia ha sido una especie de puntillazo, pero para nada gozábamos de cabal salud, en un sentido amplio: ni democracia real, ni libertad que valga, ni equidad de la más elemental y por ende ni justicia ni igualdad.

Lo cierto es que los grandes beneficios que creíamos tener, no lo eran tanto. Otra pregunta pertinente en este momento es, ¿qué futuro nos espera en este mundo globalizado? ¿Cuántos habremos de engrosar la fila de los prescindibles? Sea por edad, por incompetencia o resistencia ante la virtualidad que, cada vez más, nos colocará en mundos y soluciones automatizadas. Esa globalización no es de hoy, cierto, los primeros pasos se dieron en el mercantilismo como bien señala James Petras en su vasta obra; pero, esta globalización, la del conocimiento sin fronteras, la del libre tránsito (¿lo fue alguna vez?), la que rompía con nacionalismos anacrónicos… Es, cierto, la globalización nos permite (¿a cuántos?) conocer lo que ocurre en cualquier parte del mundo al instante, nos coloca, por decirlo de algún modo, ante el conocimiento universal, en una aula virtual gigantesca, con unos simples tecleos…Pues esa misma globalización nos ha vuelto vulnerables ante un virus que traspasa fronteras y expande el contagio. El destino nos alcanzó en pleno viaje.

Esa globalización tiene uno de sus sustentos en la tecnología. Aviones para desplazarse, teléfonos móviles para comunicarse a cualquier lugar, redes de comunicaciones ágiles, atractivas, tanto, que de pronto nos seducen con sus encantos y sucumbimos ante ellas de manera absurda. Nos convertimos en entes que solo piensan y actúan ante una máquina y una información que, frecuentemente, nos desbordan. Asumimos, aceptamos y, a veces, pensamos.

Ese mundo virtual, para muchos, es el que habrá de instaurarse en pleno. No hay de otra, se nos dice. Ese mundo por el que muchos venían luchando, que venía ganando terreno de manera vertiginosa y del que, inclusive, a veces algunos, como quien esto escribe, defendíamos como una solución alterna para expandir los beneficios de la educación, tanto por la cobertura como por su posibilidad de enriquecer los procesos educativos de manera auxiliar, ahora, dicen varios, tendrá que ser.

Y me vuelvo a preguntar ¿Tenemos los recursos necesarios en México? ¿La brecha del conocimiento, y la distribución de los beneficios sociales que implica, se cerrará o se ampliará? ¿Quiénes tienen acceso a esos medios? ¿Cuántas instituciones educativas habremos de permanecer o morir de inanición ante la falta de insumos, capacitación y adecuación de los entornos virtuales para educar en esa nueva lógica? ¿Es cuestión de recursos? ¿Principalmente económicos o de capital humano? ¿Cómo se dará ese proceso? ¿O simplemente es una pausa en lo que se estabiliza la pandemia, surge una vacuna o adquirimos la inmunidad, después de un número lamentable de fallecidos? ¿Cómo se sentirá Esteban Moctezuma con su, de por sí anacrónica Nueva Escuela Mexicana? ¿En verdad sabe algo este tipo y es el que requiere México para enderezar el timón educativo de ese barco a la deriva que, mucho antes de la pandemia había sido tripulado irresponsablemente por los últimos Secretarios de Educación Pública? ¿Cuál será, realmente, más allá de la etiqueta del secretario, esa nueva escuela mexicana, esa escuela que se requiere en el mundo?

Al menos en el corto tiempo, no es posible pensar la escuela como la conocemos. No, porque el mundo tampoco es igual. No es apocalíptico el asunto, pero esto es algo que nos ha sacudido, sí, globalmente. Habría que pensar, como nación, la manera de insertarse en ese nuevo reacomodo geopolítico que habrá de surgir. Si es que hay chance. Sin ser endogámicos habrá que pensar en formas productivas sustentables, regionales que resuelvan o palien el asunto alimentario y económico mientras se ve qué va a pasar con la apertura de nuevo o el cierre de algunas fronteras, porque es una posibilidad latente ante la que deberíamos estar preparados. Muchos empleos se perderán. La economía mundial vivirá un colapso como nunca. Nuestras escuelas están en medio de esa otra pandemia. No queremos morir de anemia ni aislados ni olvidados.

Ni los máximos impulsores de la educación virtual imaginaron que de pronto, sería una de las posibilidades o, esperemos que no, la solución a todos nuestros males. En la escuela, como con ninguna otra interacción y aprendizaje virtual, se promueve integración, identidad, afectividad, conciencia social, sentido de pertenencia. Es en las aulas de las escuelas del mundo, donde, muchas veces se han sembrado las semillas de la inconformidad, la crítica a los modelos sociales, políticos y económicos y desde donde, eventualmente, han surgido y surgirán los seres humanos que procesen los cambios que requerimos como humanidad.

Las redes de organización estudiantil, la defensa y reivindicación de sus derechos, así como la capacidad de las instituciones para transformarse son y vienen de las escuelas. Quedar desplazados a operar máquinas a distancia no parece ser el futuro o presente más halagüeño.

Por lo pronto, cabe esperar que los estadistas se comporten a la altura, los ciudadanos actuemos responsablemente y que los científicos puedan hacer su trabajo de la mejor manera, por el bien de todos.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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