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Orientación educativa

Decisiones

Salma Anaí Valencia Tapia


Anhelos educativos antes y durante la pandemia

Cuando estábamos pequeños, nuestras prioridades eran jugar, tener aventuras. A cada instante nos vivíamos libres, podíamos sentir el mundo a nuestros pies. Pocas veces pensábamos en un futuro, queríamos vivir el presente y cuando pensábamos en él, ingenuamente creímos que sería fácil, que no tendríamos problema alguno en llegar a cualquier meta que nos marcáramos.

Una y mil veces escuchamos decir a las personas que consideramos importantes en nuestras vidas: “Estudia para que tengas una mejor vida, para que puedas conocer otros lugares, tener un mejor trabajo que los demás y un mejor nivel económico” pero, sobre todo, “para que seas alguien en la vida” ¿Qué tan cierto puede llegar a ser esto?

Cuando crecemos la vida no es como nos la imaginábamos; entonces nos damos cuenta de que no es tan sencillo como alguna vez lo conjeturamos, cada día nos decepcionamos más, porque la vida no es como siempre nos la pintaron.

Para empezar, cuando somos adolescentes debemos tomar una decisión muy importante que repercutirá en un futuro; hablamos de la educación superior. Para ello, tenemos que pasar por exámenes de selección que miden los conocimientos que adquiriste a lo largo de tu formación básica; muchos se preparan meses antes para este examen, algunos otros confían en sus conocimientos, pero todos tienen la esperanza de entrar a una “de las mejores escuelas”. Pero ¿por qué es tan importante entrar a alguna de estas instituciones? ¿Qué significa no poder pasar este examen de selección o tener un puntaje bajo?

No es justo que siendo tan jóvenes tengamos que tomar una decisión tan difícil como es escoger lo que queremos hacer durante toda nuestra vida, buscar algo que nos apasione y que tengamos todas las capacidades para llevarlo a cabo, no, no es suficiente tener que hacer todo este trabajo cognitivo.

Si bien llegamos a un punto donde tenemos claro qué es lo que queremos estudiar, esto trae consigo otro gran problema ¿Dónde estudiar?, hay que investigar y, en la mayoría de los casos, se buscan escuelas públicas donde se encuentre la carrera que deseas. Si llegamos a encontrar esta institución, es necesario presentar examen de selección, para saber si tenemos los “conocimientos necesarios y básicos” para poder tener un lugar en la escuela.

No obstante, los exámenes están para valorar conocimientos generales, lo que hace que los estudiantes solo memoricen, dejando a un lado la formación de seres humanos críticos, capaces de pensar por sí mismos, y evitar el riesgo de que se conviertan en robots que sólo hacen lo que se les indica.

Para algunos segmentos de la población, no ser aceptado en una institución pública significa un repudio por parte de la sociedad y por el sistema educativo. El rechazo que llegan a tener los jóvenes impacta en lo que creen y en lo que aspiran para la educación superior. Para afrontar esta situación deben intentarlo una y otra vez, considerar otras opciones como universidades de paga o elegir otra carrera que tal vez no es lo que se quiere, pero que, en muchos casos, carece de otras opciones más allá de estudiar algo que no le gusta o simplemente, dejar los estudios.

Con esto, los jóvenes se frustran, pues muchos de los planes que tenían para un futuro se ven truncados. También se ponen en duda sus habilidades y capacidades, ya que el no pasar un examen para una institución superior significa mucho, por todas las ideas que tenemos de las instituciones y que nuestros familiares nos impartieron desde pequeños.

Muchas personas piensan que cuando un aspirante no es seleccionado, es sólo su culpa, que no estudió lo suficiente, que “no sirve para el estudio” o, como lo he mencionado antes, que no llegará a hacer alguien en la vida.

Pero claramente no es así, no es la culpa sólo del joven, sino también de un sistema educativo deficiente, que rechaza a la mayoría de aspirantes.

Como sociedad, debemos apoyar a los jóvenes, alentarlos y no reprimirlos. También es un error decirles que no llegarán a ser alguien, porque ellos ya son alguien desde que nacen, forman parte importante y fundamental en nuestra sociedad y como tal se les debe de tratar, no podemos juzgarlos por un puntaje bajo.

Deberíamos de rechazar cualquier pensamiento que tenga que ver con rendirse, pues necesitamos jóvenes apasionados por lo que estudian y no oprimidos porque no han realizado su sueño o anhelo de estudiar.

La experiencia que yo tuve al querer entrar a una universidad, fue algo que jamás olvidare. Opté por estudiar muchos meses antes; trataba de acomodar mis tiempos para abarcar más temas y estar mejor preparada. Al presentar el primer examen para el nivel superior, me encontraba muy animada y a la vez, nerviosa. Traté de poner mis ideas claras y contestar las preguntas lo mejor posible. Recibir los resultados de esa primera prueba fue una gran decepción. Aunque fueron pocos los puntos que me faltaron para poder quedarme en la opción que quería, había fallado esa prueba.

Al principio sentí decepción y una tristeza grande, pues había puesto mucho empeño para prepararme y obtener un lugar. Cuando vi mis resultados, pensé que mis papás estarían muy decepcionados de mí, pero al contárselos me dijeron que buscaríamos más opciones, que no tenía que rendirme. Y así fue. Me quité de la mente ese pensamiento de mediocridad, pues yo sabía que era capaz de entrar a una institución pública.

Cuando presenté el siguiente examen, traté de relajarme aún más y hacerlo lo mejor posible, pues confiaba en que aunque fallara otra vez, mi familia me apoyaría y alentaría para cumplir con mis sueños y las metas que me había propuesto.

Al recibir los resultados de mi segundo examen para el nivel superior, me alegró que fuera aceptada, y no sólo yo estaba alegre, sino toda mi familia, ya que para ellos también significaba un logro muy importante.

En mi experiencia, mi familia tuvo un gran papel para poder alentarme a no rendirme. Pienso en todos esos chicos que no llegan a tener este apoyo de su familia o seres queridos, ¿Qué pasa con ellos? ¿Se rinden? ¿Siguen luchando por sus sueños? Quisiera que fuera así, que nunca se rindieran, porque lograr tus metas es una de las mejores experiencias que podemos disfrutar y que todos deberíamos tener la posibilidad de cumplir.

Al lograr entrar en una universidad, pensé en las grandes expectativas de cómo sería mi vida o cómo cambiaria mi forma de ver las cosas, pero todo lo fui superando al pasar los días en esta institución que se ha vuelto parte de mí, la forma en la que veo que los docentes están comprometidos y apasionados, no sólo porque nosotros tengamos nuevos saberes, sino que nos alientan a confiar en lo que conocemos, a poder cuestionarnos todo, a estar innovando constantemente.

En estos últimos meses llegó a nosotros una pandemia que vino a cambiar la forma que tenemos de ver la vida. Ha afectado muchos sectores, entre ellos la educación. En un abrir y cerrar de ojos todo cambió, ya no fue posible asistir a clases presenciales, y los docentes tuvieron que buscar nuevas formas de impartir sus clases.

Con el avance de la tecnología, los maestros se las han ingeniado para ocuparla como herramienta y ser capaces de seguir con el ciclo escolar, pero, aunque muchos de ellos han hecho todo que está en sus manos, no todos los estudiantes disponen de estas herramientas (internet, una computadora propia, o algún aparato tecnológico), lo cual hace aún más difícil impartir estos conocimientos.

En la comunidad donde vivo, una comunidad rural e indígena, aún no contamos con muchos servicios; la calidad de una señal telefónica o de internet es muy deficiente, por lo que es muy difícil conectarse a estas clases virtuales. Yo he tenido una gran dificultad para estar en comunicación con algunos maestros, o para ver las actividades que dejan. He recurrido a algunos compañeros para poder entregar mis trabajos, pero, aun así, siento que me hace falta mi comunidad educativa.

Y mi pregunta es ¿Cuántas familias en México están pasando por esta situación? Y ¿cuántas realmente están preocupadas por la educación de sus hijos? En estos momentos, ¿será esa su prioridad? o ¿será darles de comer? ya que, como lo hemos visto, hay muchas familias en las que las personas que llevaban el sustento a su casa se quedaron sin trabajo debido a la pandemia. Sí, una gran cantidad de mexicanos viven al día y no tienen un sustento fijo.

Mis padres son comerciantes en escuelas, por lo que al cerrar éstas se quedaron sin trabajo. Antes había una preocupación en casa, que no era precisamente cómo estudiaremos a distancia, sino qué haremos para tener sustentos en esta cuarentena. Mis padres estudiaron carreras técnicas y hemos podido sobrellevar de esta manera los gastos en casa. Pero ¿Cuántos mexicanos no han podido salir adelante?, ¿Cuántos de ellos se quedan sin comer por no tener un ingreso?, ¿Cuántos tienen hijos cuya mayor preocupación es el qué comer, en lugar del qué aprenderé el día de hoy?

Es una dura realidad, pero al final es la realidad que está viviendo nuestro país. Ahora la pregunta es ¿Qué vendrá después de esto?, muchos se preguntan “¿Cuándo regresamos a la normalidad?” A mi parecer, no podremos regresar a una normalidad con lo que hemos estado viviendo y, en verdad, espero y no sea así. Espero que esto nos ponga a pensar lo afortunados que somos al tener un techo, una comida caliente, a nuestra familia, poder recibir educación. Espero que esto nos pueda hacer más solidarios, y dejemos de ser tan individualistas. Debemos ya no sólo pensar en nuestro bien, sino en el de los demás.

Cuando pensemos en hacer el bien a los demás y no en perjudicarlos, empezaremos a crecer como sociedad.

Salma Anaí Valencia Tapia

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