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Cuadro de honor


Pablo Fernández Juárez


Adiós al Caifán mayor. Para Oscar Chávez

“Adiós al Caifán Mayor”. Así comienza el artículo escrito por Xavier Quirarte el 1º de mayo de éste fatídico 2020 en el periódico Milenio.

Y cito: “…Oscar Chávez no tiene parangón en la historia de la música mexicana. Se apagó la voz de un artista único, cuya vida fue regida por la integridad”.

A pesar de que la mayoría de las ocasiones —y de manera tradicional— la canción popular mexicana nos remite al mariachi, las canciones de cantina, y en los últimos tiempos a la banda y a ritmos confusos asociados a la cumbia; la música popular mexicana es una mezcla asombrosa (y en muchos casos hasta surrealista) de ritmos, géneros y expresiones musicales que, “…se conformaron a través de los siglos en el territorio nacional, fueron adoptados por pueblos indígenas, negros, españoles y mestizos, formando una fusión que fue la que les dio origen. Esto se deja de lado y la nueva música de México es mestiza”, escribe Patricia Barradas.

Y es aquí donde ingresa a la historia musical y social, este original cantautor. Oscar fue, sobre todo, defensor y divulgador de la música popular y autóctona. Rescató melodías y letras que estaban literalmente perdidas y despreciadas por los aspirantes a la llamada música culta, y quedan por un tiempo sepultada por el rock y otros géneros que llegaban del exterior de manera inevitable.

Asimismo, cuando inician las décadas 60 y 70´s, esta música se asocia con una izquierda incipiente, de nostálgicos de la Revolución Mexicana y de “rebeldes sin causa”.

Sin menospreciar el valor musical y artístico de estos géneros, tan atractivos para los jóvenes, la música popular mexicana se convirtió en bandera e identidad de nuestro personaje.

Oscar Chávez se formó en la Escuela de Teatro del INBA, incursionó en el cine (cómo no recordar la memorable cinta *Los Caífanes* ), y en la música encontró su lugar y su destino. Se montó —cómo León Felipe— en la grupa de un Rocinante muy mexicano; brioso, alegre y terco.

Recuerdo ahora, verlo con frecuencia y de manera casi ritual, en un programa Sabatino del Canal 13 Sábados con Saldaña. Todas las tardes, encerrado en la casa familiar de La Lagunilla, acompañado de su inseparable grupo Los Morales, cantaba hasta el cansancio, favorecido por su voz ronca y profunda, motivo de críticas constantes por los puristas, pero que no se atrevían a cantar esas bellas melodías como Alborada, La Casita en versión moderna, y hasta la mítica Macondo de un autor peruano cuyo nombre no recuerdo.

Únicamente Amparo Ochoa, Tehua y el despistado Gabino Palomares, se atrevían a secundarlo y se alternaban los fines de semana en las llamadas Peñas y disqueras independientes como la editora Discos Pueblo.

Lo volví a ver en estos sitios raros, a los que me hice asiduo y frecuente. Y ahí, en aquellos pequeños foros como el Mesón de la Guitarra, en la calle de Félix Cuevas, en El Cóndor Pasa de San Ángel y la Hostería del Trovador de Coyoacán, al lado de grupos de la naciente música latinoamericana, lo escuchábamos un grupo de amigos y chicas que, de manera fallida, pretendíamos conquistar con música revolucionaria.

Oscar era un personaje que impactaba con su presencia y su voz. Su figura iba más allá de la canción en turno. Por ti, Macondo, La Niña de Guatemala, Mariana, Flores Negras, La Delgadina eran las más solicitadas. Fue un verdadero representante de la Nueva Canción Mexicana y con Guadalupe Trigo, fallecido trágicamente y de manera prematura, formaban la vanguardia de una batalla musical que se convertía en una verdadera fiesta para todos.

Cuando desaparecía de los foros, se le podía escuchar en los discos LP en sus más de 100 grabaciones, de los que todavía conservo algunos, ya sea en acetato o en cassettes de la época.

Grabó y rescató canciones campiranas, corridos y las famosas canciones de protesta del Movimiento Estudiantil del 68. Criticó de manera valiente al régimen y a sus gorilas y cabe destacar su papel protagónico y su participación en manifestaciones populares y estudiantiles en la Cuidad Universitaria, en Zacatenco, en escuelas y parques públicos.

Yo recuerdo con particular preferencia el corrido de Román Castillo, una historia extraña de un guerrillero crepuscular de finales del siglo XIX.

Ese era Oscar Chávez, un hombre íntegro y congruente, porque “cantante es el que puede y cantor es el que debe”. Separado de la radio y las televisoras comerciales que sólo programaban cantantes a la carta y de poca monta.

Sólo Radio UNAM y Radio Educación se permitían el lujo y la libertad de difundir su música y la de otros camaradas.

Un domingo asistí a las calles Guillermo Prieto y Ángel Urraza, en los patios de Radio Educación de la SEP, a un concierto breve pero emotivo con alguna razón especial. Ahí estaban Oscar, Tehua y Amparo Ochoa cantando La Maldición de Malinche, entre otras que nos sabíamos de memoria. Conducían el recordado Emilio Ebergenyi y el actor y cantante *Pepe González Márquez*, a quien tuve la fortuna de conocer en la casa de mis queridos maestros del *Coro Académico de la UNAM, Lupita Campos y Gabriel Saldívar*.

Entonces, la noticia de su fallecimiento, en estos días oscuros, me hicieron recordar a un gran cantante que nos deja su huella, su voz y su personalidad grabada en la memoria y en los acetatos de una época que no se puede olvidar.

Se fue de nosotros, pero nos deja su legado musical y comprometido hasta el límite de la vida…

Pablo Fernández Juárez
Es Psicólogo y Maestro en Psico-Pedagogía. Es profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad Anáhuac.

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