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LA CLASE

Tema del mes

Gloria De la Garza Solis


¿Es posible la educación a distancia?

Mucho se ha comentado y analizado ya sobre el admirable y accidentado esfuerzo que han llevado a cabo las instituciones educativas, los docentes y los alumnos en todos los niveles de escolarización para completar los programas de estudio en las circunstancias del resguardo obligado en casa por causa de la pandemia de Covid 19, apoyándose en aplicaciones y plataformas que permiten la interacción y el intercambio de contenidos a distancia.

Algunos entusiastas de la tecnología consideran que es la coyuntura adecuada para promover una transformación del sistema educativo a un modelo basado en la instrucción en línea, que estaría, según ellos, más acorde a las exigencias de la sociedad global. Parece que ya quedó demostrado que es posible enseñar y aprender a distancia, esa sana distancia que se requiere para evitar los riegos de un contagio masivo ahora y, sobre todo, ante la amenaza de otras enfermedades infecciosas que pueden surgir en el futuro, como si la humanidad no hubiera tenido que lidiar con agentes patógenos durante toda su evolución biológica.

Si partimos de una visión reduccionista en que la enseñanza-aprendizaje es un proceso de transmisión y recepción de conocimientos entre dos sujetos (maestro y alumno/ docente y discente), podríamos decir que es factible realizarse a distancia con la facilidad de comunicación grupal sincrónica y asíncrona que permite la Internet. Ejemplo de ello son los innumerables videos tutoriales, podcast y webinar disponibles en la red, con frecuencia de acceso libre, donde expertos (y no tanto) exponen información y demuestran procedimientos a seguir sobre variadas materias académicas, oficios y actividades prácticas relacionadas con pasatiempos. Hay mucho material al que pueden recurrir un autodidacta para adquirir conocimientos y destrezas de su interés. Podemos considerar todo eso dentro de la esfera de la educación no formal, pues sabemos que todo aprendizaje implica cambios en la persona que pueden estar provocados por diferentes agentes con los que se tiene contacto en la experiencia cotidiana: padres, coetáneos, docentes, colegas, figuras de autoridad, vecinos, medios de comunicación de masas, etc. Los seres humanos están en posibilidad de aprender siempre y en cualquier lugar, en tanto que la vida es una sucesión de experiencias que pueden resultar significativas y generar cambios más o menos permanentes en la conducta del individuo.

Sin embargo, habría que precisar el concepto de enseñanza dentro de la institución escolar. En ese sentido me gustaría retomar una visión clásica propuesta por la Moreno Bayardo (1977: 14):

“El papel de la escuela es propiciar el aprendizaje de la persona de una forma sistemática, poner al alcance de los alumnos la oportunidad de vivir el mayor número de experiencias significativas que lo lleven a cambios favorables en su conducta y, lo más importante, capacitarlo para que sepa aprovechar al máximo esas experiencias que vive no sólo en la escuela sino también fuera de ella. Por último, que llegue a ser el mismo alumno quien, en último término busque, provoque y seleccione aquellas experiencias que le serán altamente significativas. En otras palabras: que el alumno aprenda a aprender.” (El subrayado es mío)

Esta noción de la enseñanza-aprendizaje en el ambiente escolar de hace 50 años sigue siendo vigente. Los cambios personales que se necesitan para aprender a aprender no se refieren exclusivamente a adquisición de conocimientos, sino al desarrollo de habilidades y valores (saber hacer, saber ser, saber convivir). ¿Cómo se promueven esos cambios de manera efectiva y duradera? ¿Puede hacerse a distancia?

En primer lugar, habría que distinguir entre instrucción y educación.

En los enfoques actuales de la psicología educativa, enseñanza ha quedado equiparada a instrucción, entendida como la planeación, gestión y evaluación de actividades que favorezcan el aprendizaje de contenidos declarativos, procedimentales y actitudinales sobre determinados contenidos académicos para un grupo de estudiantes. Anita Woolfolk (2006) incluye en esta noción varias actividades docentes: la explicación o instrucción directa, el trabajo individual y tareas en casa, el interrogatorio, la exposición de los alumnos y la discusión grupal.

Básicamente, las plataformas educativas como Moodle, Edmodo, Classroom, etc, incluyen recursos tecnológicos y el enlace a aplicaciones que permiten realizar esas actividades docentes a distancia, en tanto se cuente con la infraestructura tecnológica adecuada, es decir conexión a internet de amplia banda y equipo de cómputo que soporte los programas que se requieren para moverse con eficiencia en esas plataformas. Las plataformas permiten organizar y gestionar en un mismo ambiente todas las actividades: mandar, recibir y corregir tareas; presentar información, compartir materiales de lectura y multimedia, coordinar y retroalimentar intercambios de ideas, salvando la distancia impuesta por la obligatoriedad de permanecer en casa. Díaz Barriga y Hernández Rojas (2010), desde un enfoque constructivista, explican detalladamente diversas estrategias docentes que pueden emplearse para promover un aprendizaje significativo, todas ellas susceptibles de traducirse en actividades instruccionales en línea.

La instrucción a distancia es posible, a condición de que los docentes y los alumnos reciban la capacitación adecuada para utilizar las herramientas tecnológicas que se requieren. Sin embargo, me resulta difícil sumarme a los entusiastas de la escolarización a distancia, porque el concepto de educación trasciende al de instrucción y los buenos docentes son más que meros instructores.

La educación es un proceso de formación del ser humano para la vida. Los saberes que adquiere el educando deben apoyarse en prácticas sociales acordes a los intereses de su comunidad. A través de la educación, los conocimientos adquiridos se integran con la asimilación de reglas morales, con el desarrollo de sentimientos, del gusto estético, de cualidades físicas y de carácter que transforman al individuo en un constructor activo en su entorno social. La educación debe permitir la realización personal, pero también el desarrollo de la sociedad en su conjunto. El carácter social de la educación va más allá de la suma de aprendizajes individuales de los educandos, requiere un sentido de comunidad, de colaboración, que difícilmente se consigue en la instrucción a distancia.

Los amantes de la tecnología argumentarán que las redes sociales han facilitado el contacto, la interacción e incluso el trabajo colectivo de grupos numerosos de personas con un propósito compartido, pero en general funcionan con una duración efímera para eventos muy concretos.

En referencia a la institución escolar habría que diferenciar la interacción didáctica de la relación pedagógica.

La interacción didáctica consiste en los intercambios que el docente organiza con los estudiantes para gestionar las actividades que promueven el aprendizaje de contenidos académicos. Esta interacción es posible a distancia con las aplicaciones tecnológicas basadas en Internet: correo electrónico, mensajes de texto en dispositivos móviles, video llamadas y video lecciones, por ejemplo, a través de Whatsapp, Zoom, Meet, etc. Pero esas interacciones tienen duración y efectos limitados en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Comparto la visión de Villalobos Pérez-Cortés (2003: 39) de que la persona es el centro de la educación y que “la actividad del profesor es promocionar la formación humana y, así mismo, incitar para el obrar feliz. El aprendizaje es acción y oportunidad para crecer […] La acción formativa es la clave del perfeccionamiento humano”. Esta meta no se realiza completamente en la interacción didáctica, requiere de establecer una relación pedagógica en la cual, al actuar colaborativamente, el docente y el alumno crecen como personas, contribuyen al mejoramiento recíproco, se van perfeccionando con la ayuda del otro.

La instrucción y la interacción didáctica se basan en guiones precisos que intentan controlar todas las variables que concurren en el proceso de enseñanza-aprendizaje: los roles de los sujetos (docente-discente), los objetivos, los contenidos, las acciones y los logros. Requieren una planeación cuidadosa, seguimiento, supervisión y medición de resultados definidos con precisión. En todo ello se presupone que existe una relación bilateral predecible entre el actuar docente y el aprendizaje de los estudiantes.

La relación pedagógica y la educación, en cambio, se mueven en la imprevisibilidad de la libertad humana, comprendiendo que el proceso de perfeccionamiento es irrestricto y puede durar toda la vida de la persona, no se puede verificar del todo en los límites espacio-temporales del proceso de enseñanza-aprendizaje dentro de un programa académico. En ese sentido, el docente educa con su presencia, con su ejemplo y su testimonio personal en el acto educativo. La educación y la relación pedagógica no pueden darse a distancia, ocurren por el modelamiento que el educador y los educandos llevan a cabo dialécticamente y dialógicamente en el encuentro cotidiano en una comunidad de aprendizaje.

Un ejemplo de lo que implica una relación pedagógica enriquecedora puede apreciarse en el documental El sembrador (2018) sobre un maestro en una escuela multigrado de una comunidad rural Tzotzil en Chiapas. Cuando a los niños se les pregunta qué es lo que más les ha gustado aprender en escuela, se refieren, en primer lugar, a los valores que les ha trasmitido el profesor Bartolomé: respeto, tolerancia, solidaridad, esfuerzo, integración y ayuda al más desfavorecido, amor al trabajo, orgullo por su identidad étnica, equidad de género. Sólo después hablan de las asignaturas: español, matemáticas, música, deportes… En la relación pedagógica, ese maestro va confirmando su compromiso con los pequeños estudiantes y les va inculcando amor por los distintos saberes. Construye con ellos una comunidad de aprendizaje: organiza su enseñanza en función de las prácticas sociales en que los niños están inmersos y las necesidades de su comunidad; les estimula la creatividad y les ayuda a reforzar su autoestima, su sentido de valía personal. Pero eso lo consigue con su presencia responsable y afectuosa no sólo en el aula, sino como un miembro más del poblado. En el mismo documental, se observa cómo los jovencitos que reciben instrucción a distancia mediante la telesecundaria, no alcanzan la misma motivación e interés en el estudio, que los niños que conviven entre ellos y con el maestro Bartolomé en lecciones presenciales en el aula y en el campo.

Ciertamente, no se trata de restar valor a la instrucción y la interacción didáctica en los procesos escolares, sino reconocer que no bastan para completar el acto educativo. Son necesarios, pero no suficientes. Tampoco se puede despreciar la utilidad de la tecnología como apoyo en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Sin duda ofrece grandes ventajas que deben aprovecharse para promover la autonomía del alumno en el estudio, así como para que desarrolle habilidades de búsqueda, procesamiento y sistematización de la masa de información al que tiene acceso. Pero la presencia del docente y otros compañeros es indispensable para que el proceso educativo adquiera sentido y estimule la asimilación y el ejercicio de valores que lleven al desarrollo pleno de una persona que se integre de manera armónica y constructiva en su comunidad, capaz de autorrealizarse y que al mismo tiempo contribuya al progreso de su sociedad.

¿Cómo debería diseñarse el modelo educativo para la nueva normalidad? En mi opinión, podría tratarse de un de un modelo híbrido, en que la instrucción en línea complemente las clases presenciales. Ésta no es una propuesta nueva, desde hace tiempo existen experiencias de la llamada Aula Invertida (Flipped classroom) en que parte de las actividades se organizan para el trabajo en casa, con el apoyo de la Internet. Los profesores preparan exposiciones o presentaciones para que los estudiantes adquieran conocimientos declarativos (conceptos, teorías, principios, reglas) y procedimentales (pasos de labores prácticas); así mismo les proveen de material adicional (videos, textos, imágenes, caricaturas, canciones, juegos interactivos, etc.) y preparan ejercicios de aplicación y práctica de lo aprendido, incluso algunas actividades para realizarse en cooperación con un compañero o en grupos pequeños. De esta manera, los alumnos pueden avanzar a su propio ritmo y organizando el estudio de manera personal. Todo esto puede gestionarse con alguna plataforma educativa, de manera que esté disponible en un solo sitio para todo el grupo, facilitando al profesor el seguimiento de los alumnos tanto de forma individual como grupal. Las plataformas educativas contienen aplicaciones y recursos que permiten incluso que el docente diseñe cuestionarios y ejercicios que se corrijan de manera automática y proporcionen una retroalimentación inmediata al estudiante sobre su comprensión de los contenidos estudiados. El profesor debe invertir mucho tiempo y esfuerzo en la preparación de esas actividades instruccionales, pero se ve compensado por el trabajo que se ahorra de revisión y corrección de esas tareas, las cuales proporcionan a los estudiantes recursos cognitivos para trabajos más complejos que se realizan en la clase presencial con la orientación y supervisión del docente: análisis de casos, debates, desarrollo de proyectos, participación en juegos de roles, sociodramas, simulaciones, elaboración de obras de arte, etc. Así, la interacción didáctica ocurre a distancia y está al servicio de la enseñanza-aprendizaje presencial, donde tiene lugar la relación pedagógica que le da sentido a los contenidos, estimula la curiosidad y el deseo de saber. El modelo híbrido exige del docente una doble labor: diseño instruccional a distancia y mediación del aprendizaje en el salón de clases e incluso en prácticas de campo. En el aula presencial es donde el docente ayuda a los estudiantes a desarrollar la conciencia crítica y la creatividad, funcionando como modelo, guía, orientador, tutor.

La escolarización con un modelo híbrido en el sistema educativo implica grandes desafíos en un país como México en el que buena parte de la población no tiene acceso a Internet. Es posible realizar el proceso instruccional en casa, usando tecnologías más simples como manuales impresos que incluyan ejercicios de instrucción programada con claves de respuesta para que los alumnos corrijan por sí mismos las respuestas, como de hecho existen para las Telesecundarias y los materiales del Instituto Nacional de Educación para Adultos.

Esta reflexión intentó responder a la pregunta planteada en el título y quiero cerrarla con un nuevo cuestionamiento: ¿es factible la escolarización híbrida de excelencia en el sistema de educación pública en México? Me gustaría discutir este tema en mi próxima colaboración en este espacio.

Referencias

  • Díaz Barriga Arceo, F. y Hernández Rojas, G. (2010) Estrategias docentes para un aprendizaje significativo. Una interpretación constructivista. México: McGraw Hill. Tercera edición.
  • Moreno Bayardo, M. (1977) Didáctica. Fundamentación y Práctica 1. México: Editorial Progreso.
  • Villalobos Pérez-Cortés, E. (2007) Educación y estilos de aprendizaje-enseñanza. México: Universidad Panamericana-Publicaciones Cruz O.S.A.
  • Woolfolk, Anita (2006) Psicología Educativa. México: Pearson Addison Wesley. Novena edición.

Gloria De la Garza Solis
Pedagoga, profesora formadora de docentes y maestra de italiano

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