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Sala de Maestros


Cecilia Kühne


Tres días después de la peste

En plena primavera, en abril, un día igualito al de hoy, el convento de San Jerónimo amaneció llorando a siete. Seis religiosas y un capellán se habían ido al reino de los cielos aquejados de una fiebre “tan pestilencial” que mataba a los contagiados en tres días.

Corría el año de 1695 y aunque el mundo estaba en pleno siglo XVII, todavía no se sabían las causas de las plagas. Causaban pánico en los cuerpos y pavor en el espíritu. Quizá porque entraban invisibles atravesando todo: desde crucifijos y sotanas, hasta las murallas de clausura. Muy rápido calentaban el cuerpo haciendo hervir las tripas, sangrando las narices, transformando suspiros en el último aliento. No podía ser un castigo de Dios en su propia casa, otro origen y causa debía de tener. O por lo menos un síntoma para saber que llegaba. Las teorías fueron muchas. Una de ellas, llegada de los reinos de ultramar, basaba la peste en el olor de la respiración de los enfermos. Pero ¿quién se atrevería a oler ese aliento para informarse? Algunos pasquines decían que el fenómeno podría reconocerse haciendo espirar a la persona en cuestión sobre un trozo de vidrio sobre el cual, al condensarse el aliento, podían verse, a través de lentes de aumento, “seres vivientes de formas extrañas, monstruosas y terroríficas, tales como dragones, reptiles, serpientes y demonios horribles de contemplar”. (Estaremos claros, lector querido, que de ahí a los microbios y luego a los virus sólo faltaban unos cuantos pasos y que el aliento de los demás todavía nos aterroriza.

Hoy usamos mascarillas y tapabocas para no echar al aire nuestra respiración y no aspirar aliento ajeno).

El caso es que, todavía sin definir el nombre para la epidemia que había entrado al convento hacía tres meses, los rezos para la salud de las enfermas no se detenían y las duras penitencias, a cambio de que el mal se retirara, parecían no surtir efecto alguno. Médicos, farmacéuticos y hombres de Dios muy poco pudieron hacer. Algunos llegaron con sus plumas y preguntas a dar el pésame y lamentarse por la muerte de la hermana Juana Inés que, aunque no era priora, había publicado libros en España y llevado a sus amigos al convento para mostrarles su poema filosófico y leer sonetos y redondillas. Además de haber incurrido en otras graves faltas de desobediencia.

Todavía estaba fresco en la memoria el recuerdo del proceso episcopal conducido en secreto y en su contra, que desde el 2 de abril de 1693 hasta febrero de 1694, le había quitado el buen ánimo. Muchos hasta pensaron que el haber quedado condenada a “entregar sus bienes y biblioteca al arzobispo, a abjurar de sus ‘errores’ y no publicar más” le había provocado el fatal contagio y la pronta muerte.

Y todo había sido por escrito. El obispo le había mandado una carta donde, entre otras cosas, le decía: “Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer (…) Notorio es a todos que el estudio y saber han contenido a Vuestra Merced en el estado de súbdita (…) Si las demás religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, usted cautiva el entendimiento, que es el más arduo” y “pretendo que usted mude el genio renunciando y mudando los libros de su ruina en el libro de Jesucristo. Mucho tiempo ha gastado usted en el estudio de filósofos y poetas; ya sería razón que se perfeccionen los empleos y se mejoren sus lecturas”.

H3. Pero ella, debatiendo, le había contestado:

“En los pasos de mi estudio a la cumbre de la Sagrada Teología parecióme preciso subir por los escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿cómo sin Lógica sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin Retórica entendería sus figuras, tropos y locuciones? ¿Cómo sin Física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? Y en fin, ¿cómo el Libro que comprende todos los libros, y la Ciencia en que se incluyen todas las ciencias, para cuya inteligencia todas sirven; y después de saberlas todas pide usted otra circunstancia más que todo lo dicho, que es una continua oración y pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgación de ánimo e iluminación de mente que es menester para la inteligencia de cosas tan altas, y si esto falta, nada sirve de lo demás?”.

Y así selló su fatal destino. Entregó todos sus libros, deshizo su escritorio y se dedicó a conservar la vida de sus hermanas enfermas hasta que perdió la suya.

Tres días después de su muerte se supo que la madre Juana Inés había rehecho su biblioteca y que en los 14 meses que siguieron a la condena había reunido ya 180 libros y escrito no pocas cosas, tanto religiosas como “profanas” en el estilo de siempre: poniendo bellezas en su entendimiento y no su entendimiento en las bellezas.

Al cabo de un tiempo, el mal acabó. La peste también salió de su clausura.

El economista 19 de abril de 2020, 22:56

Cecilia Kühne

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