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Usos múltiples

Mentes peligrosas

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Armando Meixueiro Hernández


Polvo o la lluvia- que no es de agua- empapa la comunidad

La fuerza del crimen organizado evidencia las fallas del Estado

Alejandra Inzunza, Jose Luis Pardo y Pablo Ferri Narcoamérica

Aunque se pueda refutar este argumento inicial, por la proliferación de series y cintas, de los últimos tiempos, disponibles en las más modernas plataformas, podemos ser categóricos: no hay un género cinematográfico que se pueda considerar de narcotráfico; si, una inmensa cantidad de películas que han referido este problema social prácticamente desde el inicio del cine, en las diferentes cinematografías. Se puede considerar que hay una gran cantidad de derivados del género conocido como cine negro o policiaco que irrumpió y dominó prácticamente dos décadas el cine norteamericano (de 1930 a 1950) y muchas obras de este género, en prácticamente el mundo entero, de esa época a la actualidad. Sólo para referir algunos notables ejemplos: Distinto Amanecer (Bracho, J. México, 1943), El samurái (Melville, J. Francia: 1967, Barrio Chino (Polansky, R. Estados Unidos: 1974), El tercer asesinato (Kore-eda, H, Japón: 2017) o La Isla Mínima (Rodríguez, España: 2014).

Hay obras derivadas del cine policiaco como las de gánster en las cuales ubicamos tres relatos mayores: El padrino (Coppola, F. Estados Unidos 1972), Caracortada (De Palma, B, Estados Unidos: 1983) y Buenos Muchachos (Scorsese, M. Estados Unidos: 1990). También ubicaríamos, por innumerables razones El Irlandés (Scorsese, M. Estados Unidos: 2019), en este sub-género

A finales de la década de años setenta del siglo XX, en un cine mexicano que volaba realmente muy bajo en calidad comenzaron a producirse films y videos de escaso presupuesto y con menos ideas creativas, con temas fronterizos y relacionados con el comercio ilegal de drogas. Explotaban la violencia, el dinero manchado de sangre y el poder que comenzaban a ser evidente en las manifestaciones del crimen organizado y las cintas eran dirigidas a la audiencias migrante mexicana y en los dos los dos lados de la frontera.

Poco tiempo después, conforme fue creciendo a escala mundial el narcotráfico llegaron cintas de varios países que atendieron a ese fenómeno y/o se volvió un ingrediente presente en las tramas, sin embargo, más allá del festín de sangre, la ostentación de poder, las redes de corrupción que genera y, a veces, la ponderación a nivel de héroes de los narcotraficantes, hay muy poco que valga la pena.

Por lo anterior, cuando llegó Polvo (Yazpik J.M. México: 2019) a la cartelera cinematográfica, teníamos nuestras dudas para verla. Sin embargo, en medio de un congreso de investigación, nos abrimos un espacio —a la hora de la comida— y era de lo poco que se podía ver en ese complejo cinematográfico. No nos arrepentimos.

La cinta documenta lo que seguramente el director y actor de esta película escuchó muchas veces de su abuelo o padre, originarios de ese lugar:

La historia sucede en 1984. En el pueblo San Ignacio —al norte de Baja California Sur— una noche comienzan a caer objetos del cielo. Se trata de paquetes de un kilo, envueltos en cinta plástica y papel, que guardan en su interior polvo blanco. La gente de ese pueblo, observa esa lluvia con asombro. Todavía la cocaína no era lo que fue y es. La información que tiene esos habitantes es nula sobre lo que significaba y significaría, lo que estaba ocurriendo con lo que dejó caer la avioneta antes de tener un percance.

Por eso al pasar ese acontecimiento, el polvo de los paquetes se usará para labores cotidianas: marcar el estadio de béisbol o como cal para las letrinas.

El Chato es comisionado por el mafioso dueño de esa mercancía, para recuperarla. Le informa que la avioneta iría con el cargamento a Miami, pero que había caído en San Ignacio, pueblo del Chato. El Chato había salido de ese lugar a buscar el sueño americano, queriendo ser actor en Hollywood. El destino lo hizo quedarse en Tijuana siendo un peón prescindible de una organización delictiva.

El Chato, ya en San Ignacio, es recibido de formas distintas, pero en general lo quieren y sólo le reprochan que haya dejado a su novia, que ahora está casada con un policía honrado y escéptico del pueblo.

La manera en que genera una estrategia para recuperar la droga es por medio de decir una mentira, que en el fondo no lo es. Se trata de un fármaco. Acompañado del sacerdote convoca a la gente a que le den cada paquete a cambio de cien dólares. Esta promesa cambia el pueblo.

Esa es la gran metáfora, que encierra la película, que podríamos extender a toda la región latinoamericana en las últimas cuatro décadas: la ambición que genera el dinero fácil —en apariencia— en poblados pobres. San Ignacio cambia; la gente se dedica a buscar los paquetes. No se va a trabajar; los niños no van a la escuela, etc. Se abandona el pueblo ingenuo que era, para siempre. El dinero fluye. Luego de la ambición llegan los sueños del consumo sin límite: ropa, aparatos electrónicos, los primeros aparatos walkman. La droga les da lo que los gobiernos fueron incapaces: una prosperidad efímera.

Polvo es una película honesta, que cuenta una historia de un pueblo sencillo que una noche se pervirtió por un hecho azaroso. Es una pieza que ilustra en una comunidad, los efectos que siguen teniendo el narcotráfico en todo el mundo, pero lamentablemente más en México por su cercanía con el gran mercado de consumo de los Estados Unidos de Norteamérica.

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

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