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Deserciones

Manual de Perplejos

Alfredo Gabriel Páramo

Ponencia presentada en el VII encuentro del CONEICC el 29 de octubre de 2019

Discurso de odio: cómo lo vivimos, cómo lo enseñamos

Hablar de discurso de odio puede convertirse en un tema bastante ríspido, porque si bien la definición puede ser muy sencilla, todos los elementos con los que se relaciona pueden revestir una gran complejidad. Muchos lo niegan, algo que no debe asombrarnos en un mundo donde se niegan las vacunas, el género o la evolución, y lo consideran erróneamente como un ataque a la libertad de expresión o un invento de los odiosos izquierdistas.

Organismos como el Instituto de Derechos Humanos de Cataluña, dan importancia al tema y aseguran que “el concepto de discurso de odio nació para proteger el ejercicio de los derechos fundamentales de colectivos históricamente discriminados, que se enfrentan a dificultades estructurales a la hora de ejercer sus derechos en plenitud e igualdad de condiciones.”

No debe quedarnos duda alguna de lo que el instituto catalán afirma, pues sabemos desde la oscura época de los nazis y los otros fascismos europeos que asesinaron millones de personas a las que en el discurso se les negó toda posibilidad de humanidad. Lo mismo pasó con los judíos en el Reich comandado por Hitler y sus secuaces, que en la España franquista con los muertos republicanos enterrados en las cunetas y los pozos de las minas sin nombres ni recuerdo.

Al discurso de odio en inglés se le conoce como hate speech, lo que es bueno saber porque vivimos en un mundo en el que el conocimiento parece necesitar su validación en ese idioma, y es una forma de comunicar que tiene un objetivo preciso: promover, fortalecer, alentar, promover y alimentar dogmas de, valga la redundancia, odio, en las que las connotaciones discriminatorias se enfocan en destruir la integridad, dignidad y confianza de quienes se juzga inferiores, razón por la cual el discurso de odio como tal implica, al igual que la discriminación, una forma del ejercicio del poder vertical que siempre va de arriba hacia abajo. Las intenciones del discurso de odio siempre son perversas y van desde la denostación directa hacia el enemigo, como la incitación a tomar acciones violentas contra este.

“Son asesinos, son traidores, trabajan para los soviéticos, nos quieren esclavizar”, fueron los recursos de Pinochet y su banda para tratar de justificar tortura, destierro y muerte de quienes consideraron sus opositores. Y, como ocurre con gran éxito incluso en el nivel personal, este discurso de odio permea en muchos que se mantienen ajenos y el infamante “si le ocurre algo es porque algo habrá hecho”.

Las víctimas del discurso de odio son múltiples. Mujeres, homosexuales, minorías, opositores políticos, pero siempre poblaciones en desventaja, como lo que sucede en el México de hoy en el que se está reforzando con gran ímpetu el cáncer del racismo de “baja intensidad”, como lo denomina el doctor Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán, porque ahora tiene el apoyo de los grandes empresarios de la comunicación y la mercadotecnia, a rendir homenaje a los rubios. Ya no es ni siquiera de mal gusto halar de “prietos feos” o “nacos”; ahora, es común escuchar comentarios como el que se expresó en cierta universidad particular: “¡Qué horror! tengo el gen naco; nomás me da tantito el sol y me pongo prieto”.

El discurso de odio no es nuevo en la historia, pero tampoco en la vida cotidiana de la educación, como lo ilustra la siguiente anécdota de algo que ocurrió en una escuela prestigiosa. No recuerdo la fecha con exactitud, pero tiene que estar entre 1966 y principios de 1967. Estábamos todos formados en el patio del colegio particular al que asistí toda la primaria y todo el bachillerato, después de honores a la bandera (seguro que era lunes). Había cierto nerviosismo en el ambiente pues se rumoraba que había ocurrido algo muy malo… y así fue. Hubo un linchamiento. Por supuesto, no se mató a nadie, pero si los japoneses tienen razón en cuanto a la importancia del honor, un adolescente sufrió un destino peor que la muerte.

El maestro de gimnasia arrastró de la oreja a un compañero nuestro, lo puso al frente y comenzó a gritar al micrófono: ”Miren a este joto, a esta niñita, más le valdría ponerse una falda y jugar con muñequitas”. Por supuesto, nuestro compañero empezó a llorar. Literalmente, más combustible para el inquisidor. ”Y claro, llora como una nena, pero ¿qué puede esperarse? si eso es lo que parece con esos pantalones”. Todo el pecado eran unos pantalones acampanados con algún diseño ligeramente psicodélico, que unas cuantas semanas después de podrían de moda.
Este caso, por duro que pueda parecernos, resulta hasta cierto punto inocente con lo que se vive ahora. No niego que el linchamiento haya sido aberrante, pero ocurrió de una manera, por así decirlo, especial.

Todos los profesores, de todos los niveles del sistema educativo nacional, estamos inmersos en una sociedad en la que el discurso de odio, es algo normal, no se combate, ni siquiera se acepta que exista. Tal vez, desde un punto de vista puramente intelectual, podemos entender que Donald Trump constantemente maneja un discurso de odio hacia los mexicanos y otros inmigrantes; incluso, es muy probable que nos indignemos, para de inmediato, hablar sobre lo centroamericanos que nos invaden o los chacas que arruinan con sus festividades a san Judas Tadeo la augusta calma de la colonia Tabacalera los 28 de octubre.

Si en cualquier caso esta conducta es inaceptable, considero que en el caso de los profesores de comunicación y periodismo (yo he estado en ambas situaciones durante muchos años) el problema es mucho peor. Supuestamente, somos expertos en comunicación, pero incluso así nuestros contenidos muchas veces ridiculizan posturas que nos desagradan ideológicamente.
Por otra parte, salvo contadas excepciones que muchas veces solo quedan en deseos formales, los contenidos curriculares y las clases de periodismo no preparan a los alumnos siquiera para comprender que el discurso de odio es una aberración del esfuerzo comunicativo y lo dejamos pasar o no damos las herramientas necesarias para que lo combatan en sus centros de trabajo ni en la vida diaria.

Confundiendo odio con libertad de expresión, comunicadores profesionales y no, pero con miles o millones de seguidores en redes sociales, hablan y escriben contra todo y contra todos aquellos que no tienen sus preferencias ideológicas. Las armas que usan son la descalificación, la mentira, la calumnia con tal de acomodar sus dichos a su visión parcializada del mundo.

Así, los pobres lo son porque no trabajan, quienes piensan en justicia social son chairos, los indígenas son un lastre, las mujeres se convierten en feminazis. Los argumentos no se combaten con razones, sino con insultos. El siguiente ejemplo es de hace unos años, pero la situación no hace sino empeorar:

“Ya pasaste de moda gata… hoy en el canal SONY apareció la serie Sarah Silverman Program que trata de una chava como tú, que para todo quiere ser asquerosa y mala tan sólo porque es tonta jajajaja, hasta físicamente te pareces a ella, pero tú en naquita…” le dice un lector a la autora de un blog para insultarla con la idea de que no podemos ser gringos ¡cómo va a ser! sino apenas una triste copia pirata, morenita, feíta, pues.

¿Qué debe hacer el profesor, particularmente el de periodismo y comunicación ante el discurso de odio? En primer lugar, debemos hacer como gremio, pero también como personas, una severa autocrítica para identificar las expresiones misóginas, racistas, homófobas, intolerantes y clasistas que empleamos en clase y en nuestras redes sociales.

Y no nos equivoquemos. Somos fruto de nuestro entorno y nuestra educación. En momentos de furia o frustración, como buen hijo de los años 50, de clase media y, ni modo, güero, los insultos en los que pienso son, evidentemente, racistas. Entiendo que esto no es el discurso de odio, pero es parte del material con el que se alimenta, del abono que nutre su florecimiento.

Una vez dado este paso, lo que queda es, primero, identificar el problema, tanto en el nivel teórico como en el del uso común. ¿Nuestros estudiantes emplean discurso de odio o son víctimas de él? ¿Qué opinan? ¿Pueden identificarlo?

Lo siguiente es explicarlo. El discurso de odio es instrumento del fascismo y de la explotación, de la intolerancia y la injusticia. De ninguna manera debe confundirse con libertad de expresión pues, de hecho, sirve para silenciar al otro.

Del mismo modo, deberán mostrarse las consecuencias del discurso de odio que llegan, y no es exagerado decirlo, a la muerte de sus víctimas. De esa forma, en la mente de los estudiantes deberán hacerse evidente no solo las características sino las consecuencias del discurso de odio.

El discurso de odio es una enfermedad mortal y como tal debe combatirse. Como formadores de periodistas, comunicólogos y comunicadores jamás deberemos bajar la guardia ante la posibilidad de su desarrollo.

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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