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Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético del Sistema Educativo Nacional

Alfredo Villegas Ortega


Alto a los feminicidios. Contra la violencia, ya.

Quizá para cuando usted esté leyendo esto, la marcha de protesta ante los feminicidios y la violencia de género, así como el Día sin mujeres, estén por realizarse o ya se hayan hecho. Se dice que son producto del hartazgo y la rabia ante la indiferencia o incompetencia gubernamental ante la ola de crímenes, acoso y violencia sexual y de todo tipo contra las mujeres. Hay, por otra parte, quien piensa que es un juego armado por la derecha para sabotear la Cuarta Transformación. Espero concluir este escrito con mi opinión al respecto. Por lo pronto, parto de algunas preguntas:

¿Cuándo llegamos a este estatus criminal? ¿Dónde se gestan los asesinos? ¿Los hermosos e inocentes niños de hoy serán los criminales de mañana? ¿Es un problema de género, de cultura, de valores, de oportunidades, de traumas, de repetición de patrones aprendidos a lo largo de la vida? ¿Patología social o disfunción cerebral? ¿Por qué ahora más que antes? Hay una grave responsabilidad del Estado, no puede permitirse que este problema siga escalando. También hay que voltear a la familia, la escuela, los medios. ¿Todos somos así? No todos somos violentos ¿Es cuestión de género o cuestión de una parte enferma y corrompida de la sociedad?

Conozco muchos niños, eduqué a cientos, miles, incluyendo adolescentes, y me niego a etiquetar a todos por igual. La maldad puede ser producto de una disfuncionalidad pero también se incuba. Se dice, por ejemplo, que cerca del 2% de la población es sociópata o presenta algún rasgo que pudiera identificarlo como tal, pero si nos quedamos en ese dato, ¿dónde está ese dos por ciento en otros países, si es una disfuncionalidad orgánica, por qué en México se ha desarrollado más que en Suecia, por ejemplo? ¿Qué se ha hecho para canalizar a esa parte de la población? ¿La tienen identificada? Seguro que no. Parece, así, que ese porcentaje sociópata de la población no es EL factor, uno más, por supuesto que sí. Se dice que es un problema asociado a la falta de un verdadero estado rector del orden y promotor de justicia, paz, salud (mental, incluida). Se afirma que es un problema de orden mundial, pero lo cierto es que somos uno de los países con más alto índice de criminalidad. Se sostiene que el problema tiene que ver con una educación familiar que incuba el machismo y los estereotipos de género reforzados en los diferentes ámbitos de la vida, con presencia importante y multiplicadora en la televisión y el cine. Se dice que es producto de la desigualdad, pero ello sería asociar pobreza con delincuencia y no es cierto, aunque, evidentemente, tenemos que transitar hacia una sociedad más justa, en la que se gestione la empatía, la solidaridad y se estimulen las buenas conductas sociales.

Como hombre y como maestro, me siento terriblemente avergonzado y comprometido porque, quizá sin darme cuenta, he repetido algún o algunos patrones de manera equivocada y he contribuido en algo para estar como estamos. No puede ser de otra manera. Somos muchos los que tenemos una gran responsabilidad. El Estado también, pues debe proveer las garantías, las condiciones y los instrumentos de ley necesarios para detener esta escalada criminal y dantesca. El problema es serio. Yo no soy malo, quizá la mayoría de hombres no lo sean, pero debo y debemos hacer algo más de lo que he y hemos hecho hasta ahora. Es mi problema, es nuestro problema, no solo de las mujeres. Pero también es problema de muchos y muchas más, para no seguir educando en la servidumbre, la sumisión y la resignación por un lado, y en el empoderamiento, la impunidad y la presunta superioridad, por el otro. Si bien es cierto que somos una especie y que ésta es la humana, también lo es, que el género se construye y, en ocasiones, se deforma para hacernos creer que hay uno superior a otro y que éste, el femenino, ha de existir para satisfacer las necesidades, expectativas y aberraciones del género masculino.

Algo está fallando terriblemente en nuestra sociedad, algo debemos hacer. Me aterra pensar en los infantes vulnerables, en las mujeres violadas, muertas, en los pobres y los indios explotados, en las familias ausentes, en las escuelas indiferentes, en las autoridades omisas, cómplices o culpables.

La violencia se incuba, no es patrimonio de un género, una casta o una clase social. Erradiquémosla de raíz. Dejemos el morbo de la fotografía y el video en las redes. La muerte, el dolor y la estupidez humana no pueden ser un acto circense ni un show de terror. Ésa también puede ser una conducta enferma.

Al principio planteé que algunos pensaban que la marcha y el día sin mujeres eran una escalada de la derecha para detener o boicotear la Cuarta Transformación, y que otros y otras pensamos que es producto de un hartazgo ante la indiferencia social, la incompetencia gubernamental y la apatía de miles de compatriotas. Cualquiera con la mínima inteligencia sabe que ante un fenómeno de esta naturaleza, algunas de las fuerzas más oscuras de la reacción, buscarán la plataforma y el acomodo convenenciero de sus tesis retrógradas para montarse en la cresta de la ola. ¿Cuándo han defendido el derecho al aborto, a la legalización de la mariguana, al matrimonio entre personas del mismo sexo? Yo creo en las mujeres que, hartas de la violencia contra sus hijas, hermanas o ellas mismas, han decidido decir. ¡Basta! Creo, también en los hombres de buena fe, que somos la mayoría, que tenemos hermanas, esposas e hijas o que simplemente tenemos humanidad, y nos duele y avergüenza la barbarie; que apoyaremos de una u otra manera las posiciones, movilizaciones, argumentos y manifiestos de las mujeres. Los feminicidios, son hoy, uno de los problemas que han de resolverse con mayor urgencia. No lo podemos permitir más, y hay que exigirle al gobierno que actúe ya y marque distancia con los regímenes anteriores (¿o de qué se trata?), así como también, desenmascarar a la derecha más oscura que hoy se presenta con piel de oveja y vocación redentora. Que se las crea el espíritu santo, nosotros, no.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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