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LA CLASE

Tema del mes

Soledad Loaeza


Para desconocer a la clase media (marzo 1978)

Yo no quisiera que varones
tan doctos y prudentes,
hablaran fácilmente
con tanta generalidad.

Juan de Solórzano

La investigación social académica en México es aún muy joven; no obstante, en los últimos años han sido numerosos los esfuerzos serios tendientes a corregir las graves deficiencias que muestra el análisis de los problemas sociales y políticos actuales. Es por esto que, cuando una casa editorial con el prestigio de Joaquín Mortiz, publica un libro escrito por un profesor universitario acerca de un tema tan importante como es la clase media mexicana, las personas a quienes tales problemas preocupan nos dispongamos a leerlo con el respeto que la letra impresa nos merece. Es precisamente esta preocupación la que nos lleva a llamar la atención sobre algunos trabajos que, en aras de la facilidad y del bestsellerismo, desvirtúan la investigación social; su ligereza, aunada a sus pretensiones, puede de alguna manera entorpecer o desprestigiar el desarrollo de la labor académica, sobre todo a ojos de los no iniciados. Creo que problemas serios ameritan análisis serios.

Los dos libros que Gabriel Careaga ha publicado sobre la clase media mexicana (Mitos y Fantasías de la Clase Media en México, México, Joaquín Mortiz, 1974 y Biografía de un Joven de la Clase Media, México, Joaquín Mortiz, 1977) se ostentan como estudios sociológicos que combinan “el análisis documental, histórico, político, y psicoanalítico con la investigación macrosocial y biográfica.” (p. 10) En el libro publicado en 1977 Careaga pretende corregir algunas de las generalidades más graves que dominan el texto anterior. Sin embargo, no logra escapar a la misma tentación que desde los Mitos lo venció: la trivialización de la conciencia de clase, a través de una falsa autocrítica. En consecuencia, pienso que vale la pena hacer una recapitulación en torno a estos dos libros porque, además, flaco favor le hacen a la teoría marxista estudios que, como éste, le atribuyen su paternidad.

En la introducción de los Mitos Careaga desecha con ligereza y no poca temeridad la sociología funcionalista que ha llevado a una “ciencia social tan irrelevante y pedestre” (p. 16) como nunca antes se había dado. Tal vez es cierto, aunque yo tendría mis dudas. De lo que sí estoy segura es de que los resultados de su investigación, no justifican su menosprecio por “la relevancia del dato cuantitativo” y “la pretensión científica” (p. 16). Mas todavía, yo diría que cuando Careaga rechaza la hipótesis de que la clase media es el resultado del crecimiento y el desarrollo económico, y de que ha sido un elemento de movilidad social “…porque está ligada a la ingenua idea de que el capitalismo clásico podría, darse en las condiciones históricas de explotación, imperialismo y dependencia en que se encuentra actualmente, por ejemplo, América Latina” (p. 29), está negando los fundamentos de su propia explicación. Para ya no insistir en que desde hace mucho, aun los propios funcionalistas han superado el problema de la transposición histórica simplista. Careaga acusa a los funcionalistas de ahistóricos, siendo que la dimensión histórica es el aspecto más débil de su trabajo, aun cuando entre los objetivos anunciados de los Mitos precisamente el más ambicioso es el que se propone analizar los cambios, sueños, fracasos políticos y sociales y éxitos de la clase media “…desde la Colonia hasta nuestros días” (p. 39). Como el criterio que utiliza Careaga para definir a la clase media es fundamentalmente no económico, con ello se dispensa de la necesidad de describir, si no analizar aun brevemente, el contexto político y económico en el que se desarrollan las actitudes de la clase media en todo ese lapso. Obviamente esto hubiera supuesto un trabajo titánico, y desde luego no es mi intención sugerir al autor que debiera haberlo hecho, pero entonces hubiera sido conveniente que se fijara objetivos más modestos. Como Careaga sólo se refiere al sistema económico y político de manera muy general, afirmaciones como la que constituye la idea central de los Mitos “… ya en el siglo XVI se ha configurado lo que conocemos como clase media” (p. 48) carecen totalmente de sentido, así como que refiriéndose al siglo XVI hable de la “nueva” clase media, de “incipiente” clase media en el siglo XIX, y de la “naciente” clase media en el siglo XX, sin hacer mayor referencia al porqué de esta indiferenciación.

El análisis resulta en consecuencia estático y parcial. Por otra parte, al no introducir como criterio definitorio más que las actitudes conflictivas de un grupo social que se debate entre sueños inalcanzables y ambiciones desmesuradas, el autor se limita en su capacidad para captar las heterogeneidades políticas y económicas propias de este grupo. Por ejemplo, según Careaga en la sociedad mexicana colonial el grupo criollo constituía casi exclusivamente la clase media y se refiere en cambio de manera incidental a los mestizos. Es cierto que un sector importante de los criollos representaba a la intelligentsia, que para afianzar su posición social no tenía más alternativa que la carrera eclesiástica o la Jurisprudencia, pero también es cierto que un número importante de criollos pertenecía a la gran burguesía. “La minería se encontraba casi en su totalidad en manos de criollos. La nobleza americana era dueña de feudos rurales y de nacientes industrias…” (Luis Villoro, La Revolución de Independencia, México, UNAM, 1953). Las generalizaciones llevan a que queden sin explicación, por ejemplo, las diferencias políticas que se manifestaron entre conservadores y liberales después de la Independencia; además de que dan una imagen injustamente simplificada de la organización social de la Colonia.

Por otra parte, en términos marxistas, no es tan clara la idea de una clase media colonial. Eric Wolf (Sons of the Shaking Earth, Chicago, The University of Chicago Press, 1959) sostiene la tesis de que en el XIX en Mesoamérica la clase media y el proletariado eran prácticamente inexistentes, puesto que a través de las instituciones coloniales España había logrado mantener a estos países al margen de la revolución industrial, y esto se reflejaba en una sociedad que conservaba fuertes características estamentales. Más todavía, de la misma manera que los criollos se localizaban tanto en los sectores altos como en los intermedios de la sociedad, los mestizos estaban representados en los sectores bajos y también de manera importante en los medios, y dado que no cabe duda que México ha sido un país que ha registrado una importante movilidad social, no se puede descartar con tanta ligereza al mestizo como antecedente directo de la clase media actual. Las generalizaciones hacen que Careaga vea en Morelos, que era mestizo, y en Mina, que era español y que permaneció en México de abril a noviembre de 1817, criollos, (p. 49) o que afirme que Madero, Carranza, Obregón y Calles pertenecían al mismo grupo social. (p. 62).

En un estudio serio es fundamental la definición y especificación de las categorías que guían el análisis. La ideología y las actitudes son desde luego un instrumento válido para analizar un grupo social. Es cierto que la ideología es una mistificación, y en el libro de Careaga esta mistificación (o mitificación) a través de la cual la clase media está siendo manipulada, aparece como una cadena de trivialidades que finalmente desemboca en una determinada manera de ser. Pero nada hay tan difícil de analizar como una determinada manera de ser, sobre todo porque se corre el grandísimo riesgo de la trivialización. Por otra parte, la definición que nos da de “actitudes” no puede ser menos que arbitraria. “Vamos a entender aquí por actitudes políticas los ideales y los hechos de protesta en contra de un sistema opresivo” (p. 135). ¿Acaso esto significa que cuando el sistema no es tan opresivo desaparecen las actitudes políticas?

Irredenta e irredimible, la clase media mexicana aparece hecha un nudo de conflictos y contradicciones, de neurosis y planteamientos metafísicos vulgares. Es posible que efectivamente este grupo presente algunos de los rasgos que Careaga le atribuye, tales como el recalcitrante individualismo, la inseguridad social, el temor al cambio o el conformismo. Pero no se puede apoyar la tesis de que la clase media es eminentemente autoritaria con afirmaciones contundentes como: “No hay prácticamente hombre de la clase media que no admire a los alemanes en función del estereotipo y del prejuicio. Los alemanes son su modelo de pueblo”… (p. 216) sin más apoyo que la percepción personal. Para Careaga las fantasías políticas de la clase media son todas negativas: conspiraciones, revoluciones, mitos “sobre la lucha por el poder y sobre la explotación y el imperialismo” (p. 216). Pero las fantasías y los mitos de la clase media son tanto su fracaso como su éxito, en el sentido de que este grupo es precisamente un testimonio de la eficacia de la cultura cívica mexicana que contiene tanto la confianza en la bondad intrínseca de las instituciones nacionales, como el inventario de héroes que incluye desde Hidalgo hasta Cárdenas. Al contrario de Careaga yo puedo sostener —tan intuitivamente como él lo hace— que el sistema político mexicano le ha dado a la clase media identidad y razón de ser, y la ha fortalecido en sus contradicciones. En todo caso este grupo tiene mayor capacidad que otros, más amplios y socialmente deprimidos, para hacerse escuchar.

De la descripción que hace Careaga de los patrones de comportamiento de la clase media, a través de lo que él llama estudios de caso y que no resultan más que descripciones breves y repetitivas de estereotipos acartonados, se desprenden las siguientes conclusiones: que la institución familiar está en crisis (hecho que por otra parte no es una exclusiva ni de la clase media ni de México), que la clase media es neurótica (como si la burguesía y el proletariado fueran inmunes a la neurosis) y que la clase media es de derecha y por lo tanto se aburre (la consecuencia lógica de este planteamiento sería aparentemente que ser de izquierda en cambio es divertidísimo). Salpicado de ironías obvias, de lugares comunes y de generalizaciones gratuitas el libro nos lleva a la circularidad del argumento: ser de clase media es ser típico de clase media. Ante todo esto, no puede dejar de pensarse que los ensayos de Carlos Monsiváis tanto en Días de Guardar como en el recientemente publicado Amor Perdido, son análisis sociológicos incomparablemente superiores a los que en este libro se presentan.

Igualmente fallido como estudio sociológico, o como ensayo, o como novela de la onda o como lo que se quiera es la Biografía de un Joven de la Clase Media que pretende ejemplificar, especificándolos, algunos de los postulados del libro anterior, apegándose a las técnicas más respetables del quehacer sociológico. Al participante, Omar Martínez, “…se le fue siguiendo, combinando la grabación con la autobiografía, el dictado, la observación. Se investigó al protagonista durante un lapso de siete años, de 1969 a 1975…” y se cita como antecedente Los Hijos de Sánchez de Oscar Lewis o Los Muchachos de la Esquina de William Foote Whyte.

Lo menos que podemos decir de Omar Martínez es que es increíble. Mucho más logrados, fieles y atractivos los personajes centrales de Gazapo y la Princesa del Palacio de Hierro de Gustavo Sáinz, o De Pefil de José Agustín, que este personaje desarticulado y enclenque que pretenden vendernos como arquetípico de un grupo en pleno proceso de concientización.

En la presentación Careaga nos dice que Omar vivirá a nivel personal la crisis nacional, regional y mundial y que como resultado de una de “…estas familias posesivas y agresivas…” se salva de la drogadicción, el alcoholismo y la delincuencia (p. 27) a través de la crítica social.

Pero Omar responde raquíticamente a las expectativas de su observador porque el movimiento estudiantil no le merece más que siete cuartillas (de las 56 a las 64) en las que describe de manera por demás banal la entrada del ejército a la Preparatoria de Coapa. La experiencia como profesor de CCH que en la introducción es considerada como decisiva en el desarrollo personal del actor, no recibe más que once líneas en la página 155. En ninguno de los dos casos existe reflexión alguna ni respecto al peso que tales experiencias tienen sobre el protagonista, ni tampoco respecto a los procesos sociales o políticos a que alude la presentación; y en todo caso, hacia el final, el relato se acelera de tal modo que es difícil vincular las “peripecias” de Omar a un proceso de concientización. Suponiendo que Careaga se haya propuesto dejar al lector el trabajo de trazar la secuencia a través de la cual Omar de la Narvarte llega a la vida intelectual, los elementos que da para ello resultan poco convincentes. Omar peca de ingenuo cuando “descubre la salvación personal” (p. 27) frente a la enajenación clasemediera en la vida del intelectual dedicado a la investigación social, como si este tipo de vida no pudiera ser también terriblemente enajenante y clasemediero.

No vale la pena entrar en más detalles. La Biografía no lo merece si no es como ejemplo de un apresuramiento atribuíble tal vez al principio de publish or perish que actualmente desgarra a algunas instituciones universitarias.

Sin embargo, quisiera señalar algunos errores que un libro serio no se puede permitir. Por ejemplo, al referirse el autor a los antecedentes universales de Omar, esto es a los jóvenes europeos y norteamericanos que promovieron movimientos de protesta en épocas anteriores (independientemente de que el propio Omar nunca participe de manera directa en ningún movimiento social organizado), Careaga hace referencia a las protestas de 1848 de los estudiantes austríacos en contra del régimen de Metternich. “Y no obstante sus desatinos y errores (de los estudiantes) consiguieron algunas modificaciones político-democráticas en la República Austríaca” (pp. 21-22). Como todo mundo sabe el Imperio Austrohúngaro, el más retardatario y represivo de Europa, supo mantenerse en el poder hasta después de la Primera Guerra Mundial, y la primera república austríaca no se fundó sino hasta el 12 de noviembre de 1918, como consecuencia no de las protestas de la generación estudiantil de 1848 para entonces los sobrevivientes de la misma no podían tener menos de noventa años, sino como consecuencia de la derrota bélica, de la desintegración del Imperio y de un movimiento social muy amplio.

Por otra parte, Omar parece tener problemas de memoria, o tal vez lo que sucede es que la crisis de conciencia que sufre es tal que le provoca trastornos similares a los del escribidor de Vargas Llosa. Por ejemplo, en la página 31 Omar habla de su hermano menor, mismo que en la página 41 desaparece por completo “Hasta el momento no he hablado de mis hermanos. Son dos, un hombre mayor y una mujer menor, que yo”. Pero tal vez se trate de una errata. Quizá también es una errata el que con una frase agustinlaresca: “Volveremos a la luna mientras que la penumbra de la noche invite…” inicie la descripción de una alucinante experiencia “…resultado de haber bebido alcohol y de haber fumado mariguana (p. 72-76) para más adelante afirmar que nunca ha conocido “… ni los alcances ni los efectos de esa droga” (la marihuana)… (p. 143). Pero lo más sorprendente es que, salvo por algunas correcciones de estilo, las páginas 45 y 47 dicen exactamente lo mismo que las comprendidas entre la 147 y la 149. Tal vez sin esas correcciones hubiera podido pensarse que se trataba de un recurso literario, aunque estuviera fuera de lugar en un análisis sociológico. Pero, tal y como se presenta, parece más bien denotar un tremendo descuido en el manejo de las notas de la investigación o de las cintas de la grabación…

Referencias

  • Careaga, G. (1974). Mitos y fantasías de la clase media en México. México. Joaquín Mortiz.
  • Careaga, G. (1974). Biografía de un joven de la clase media en México. México, Joaquín Mortiz, 1977.
Nexos, 3 MAYO, 2010

Soledad Loaeza

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