7098_mar_de_arboles
Usos múltiples

Mentes peligrosas

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Armando Meixueiro Hernández


Mar de árboles o vida, muerte y espiritualidad

Hasta ahora siempre me había preocupado únicamente por hacer películas que me resultaran interesantes ante todo a mí mismo, sin pensar demasiado en su potencial comercial. Nunca quise hacer películas que fueran mero entretenimiento, que es precisamente todo cuanto los estudios quieren hacer.

Gus Van Sant

Relativamente cerca del Monte Fuji (uno de los símbolos naturales del Japón) se encuentra realmente el Bosque Aokigahara, que significa literalmente —como el título de la película— Mar de árboles. Es un bosque templado frondoso y mixto de más de 300 km, que primero por la mitología milenaria de demonios japoneses, luego ya en el siglo XX por obras literarias y cinematográficas, y más recientemente por el número real anual de casos se asocia, a este bosque, con un lugar, (al parecer reconocido mundialmente) para suicidarse y la base argumental de la cinta ( The sea of tres, Van Sant, G. EUA: 2015), cuya recepción tanto por la crítica como por la taquilla fue nula. Maltratada y abucheada por el público en el Festival de Cannes. Pero toca lateralmente algunas de las categorías ambientales que trabajamos en esta sección, por la que la nos honra recuperarla.

Gus Van Sant, como director de cine norteamericano, tiene una interesante aunque dispareja obra cinematográfica, en la que podríamos destacar obras como Tierra prometida (2012), Mi nombre es Harvey Milk (2008), Paranoid Park (2007) , El cortometraje Le Marais en Paris, te amo (2006), Los últimos días (2005) y la ganadora de la Palma de Oro del festival de Cannes, Elefante (2003) , para no citar algunas de sus primeras cintas como Indomable (1997) o Vaquero de farmacia (1989) . Tal vez si se quisiera encontrar algunas constantes en este océano fílmico, serían: protagonistas con una intensa vida interna, inconformes con el estado de la realidad y no siempre con alternativas positivas o políticamente correctas y también una seria preocupación por la degradación social que es el telón de fondo de algunas de sus películas.

En este bosque Aokigahara, se desarrolla la mayoría de las acciones del film en cuestión. Encontramos a dos probables suicidas —un profesor universitario norteamericano y un japonés de edad madura— que, paradójicamente, se ayudan a sobrevivir, ante las muchas adversidades de este ecosistema natural en el que es fácil perderse, caerse, accidentarse, sufrir tormentas y frio a la intemperie, así como, carecer agua y alimentos.

Es interesante ver que logran mantenerse juntos con “vida”, justo por su ayuda muta y por conocimientos obtenidos de series de televisión o películas, ya no en saberes tradicionales o en la educación informal que otorgan los campamentos escolares. En varios momentos, se revivirán, el uno al otro más por el miedo de quedarse solos, en esa anti aventura. Incluso se ayudarán a fabricarse un futuro, al cual ya habían renunciado. Esta relación retrata una verdadera interculturalidad posmoderna, en la que el cine los conceptos de vida, amor, muerte y culpa se entrecruzan desde posiciones distintas.

Para funcionar dramáticamente el film exagera, porque cada determinado tiempo encontrarán cadáveres, a los que despojarán de sus ropas o vivirán en sus tiendas de campaña y usarán otros equipamientos como lámparas, brújulas, radios de comunicación y otros instrumentos abandonados por antiguos suicidas. En forma sustentable aprovechan lo que encuentran en el bosque para hacer fogatas, cubrirse, alimentarse, curarse o pedir ayuda, dada su condición de perdidos, ante sus apocalipsis personales y al ser incapaces de encontrar un sendero seguro que los retorne a la civilización.

Desde el principio nos vamos enterando de la vida de Arthur Brennan – profesor universitario norteamericano (Matthew McConaughey) —vivió casado con Joan Brennan (Naomi Watts) exitosa vendedora de bienes raíces, pero con serios problemas de alcoholismo. Ellos se aman, pero no alcanzan a consolidarse. La pareja se desquebraja por errores e infidelidades, no logran demostrarse abiertamente todo lo que se quiere y necesitan, hasta que ella enferma de cáncer y le confiesa que no quiere morir rodeada de gente extraña en un hospital y le hace prometer que él no debe morir así. San Google le enseñará el mar de árboles al que acudirá.

El final es deslumbrante porque ella y su amigo japonés (Ken Watanabe) al desmaterializarse irrumpen en su vida de otra forma acercando los conceptos de vida (la inmensa del hermoso bosque, la recuperada por Arthur o la de las plantas que se reproducen regresando a los que se han ido) y la sustentabilidad al de espiritualidad, en una espiral ya sin fin, no tan frecuente en la cinematografía.

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Agregar comentario