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Orientación educativa

Lo ético, lo estético y lo patético del Sistema Educativo Nacional

Alfredo Villegas Ortega


¿Educar para la paz y la vida, desde la muerte?

La escuela es el espacio en el que los saberes se recrean, los aprendizajes se propician, se construyen. Aprender desde la vida y para la vida. Educar desde y para los derechos humanos. Trabajar para la paz desde ese espacio privilegiado en el que los estudiantes y los maestros deben sincronizar esfuerzos. La institución, los directivos, supervisores, el secretario de educación y la sociedad en general, deben estar en esa misma sintonía. La escuela no puede ser rehén de gobierno alguno ni de poderosos grupos económicos. Al menos, hay que hacer el esfuerzo y dar la batalla para que la educación que se gestiona en ella corresponda con las necesidades de la población y se convierta en motor del cambio. Una educación que no transforma es una mera reproducción del orden social existente, siguiendo a Althusser.

¿Está en la escuela esa responsabilidad? ¿Es desde ella donde habrán de gestarse los cambios, las transformaciones? ¿Son los maestros los artífices de ese eventual cambio? ¿Lo son, por tanto, responsables del estancamiento educativo y la inmovilidad social? Por supuesto que no. El problema es muy amplio y complejo.

En gran medida, los cambios deben de venir de la escuela; en esa lógica, los maestros debemos revisar nuestra tarea, actualizarnos, leer la realidad con apertura y en concordancia con los tiempos que se están viviendo. Sí. Pero es ridículo pensar, de manera simple, que con ello todo mejorará. Se deben tomar en cuenta las condiciones laborales, los planes y programas de estudio —hechos a gusto e interés de organizaciones empresariales de probada insolvencia moral—, la actitud entreguista del SNTE y, lamentablemente, en otras ocasiones la posición coyuntural de la CNTE, los salarios precarios, la visión eficientista de la escuela vista como una microempresa que promueve la inserción al mercado laboral, sin más aspiración que integrarse, cumplir y posibilitar que la maquinaria funcione. Su famosa educación por competencias, funcional, acrítica y alienante.

Por otra parte, es triste ver que la escuela se convierta, en ocasiones, en el lugar en el que se recrea una realidad podrida que viene de fuera de sus muros. Es decir, que lejos de ser el recinto en el que se promueven los valores sociales, se convierta en lugar en el que la violencia sea el hilo conductor de las relaciones interpersonales: la ley del más fuerte, el lugar de la impunidad, el espacio anárquico – violento o autoritario, vertical e implacable.

Bullyng, acoso, violencia, discriminación, sometimiento a las reglas del poder real o al que han tomado por asalto —en algunas instituciones- grupos de estudiantes. La escuela, así, es un microcosmos, un espejo de la realidad exterior y esa condición —que puede debatirse qué tan determinante puede ser o qué tan posible es que se erradique desde el interior de sus muros— pervierte los fines y principios filosóficos rectores de la escuela. Las escuela ha de humanizarnos y si no lo está logrando, hay seguir revisando desde fuera y desde dentro todo aquello que debamos cambiar.

Lo ocurrido en el Colegio Cervantes de Coahuila, nos debe poner a pensar muchas cosas: ¿Cómo llegamos a eso? ¿Es una excepción o la punta del iceberg? ¿Puede hacer algo la escuela en esas situaciones? ¿Es algo inherente a su función o la rebasa por mucho y es el síntoma de una sociedad enferma y violenta? ¿Tenemos remedio? ¿Todo cambiará con un régimen democrático? ¿Es factible hacerlo dadas las condiciones de terrible desigualdad que imperan en nuestra nación? Esas y mil preguntas más pueden surgir. Pueden ser ociosas o tautológicas, incluso, pero pensar en la “operación mochila” como la solución a una problemática tan amplia es, además de ridícula, ciega e irresponsable. Significa retroceder a los tiempos de Calderón y de Peña Nieto donde los derechos humanos fueron vulnerados sistemáticamente. ¿Se violan los derechos de un estudiante por revisar sus mochilas? Claro que sí, nadie tiene derecho a invadir esos espacios. De otra manera, más adelante podrán entrar a nuestras casas, sin orden judicial de por medio y sin motivo que lo amerite. ¿Sirve de algo revisar las mochilas? No, por supuesto. El asunto no va por ahí. La gran pregunta es qué hemos hecho como sociedad para llegar a estos extremos. Cuándo perdimos la brújula o más aún: qué hemos dejado de hacer para tolerar que se nos haya despojado de nuestra más mínima consideración ciudadana.

Hace poco platicaba con Rafael Tonatiuh Ramírez, codirector de esta revista y concluíamos con tristeza que la educación se ha ido degradando en sus contenidos: cada vez es menos lo que hay que enseñar. Es muy lamentable el analfabetismo funcional que se está reproduciendo en las instituciones con programas y planes huecos o afines a un interés superior que no tiene que ver con la transformación anhelada de nuestra sociedad. Más lamentable aun es que pensemos en una educación ajena a la realidad y peor aún es que la escuela sea el espacio que reproduce la miseria humana y no pueda desarrollar sus fines más nobles y que debieran darle sentido.

Si, por otra parte, pensamos como el funcionario estatal —del que no recuerdo el nombre ni el cargo- que todo obedeció a un videojuego es, otra vez, simplificar la realidad de manera irresponsable.

La escuela puede ser el motor del cambio, siempre y cuando esté apoyada por decisiones institucionales coherentes y por una arquitectura social estable, apegada a la ley, incluyente y justa.

Se puede hablar de la influencia de los videojuegos, como antes se dijo de la televisión y sus contenidos saturados de violencia, pero antes que eso está la familia disfuncional, la precariedad en el empleo, el sistema judicial podrido y vendido al mejor postor, la falta de expectativas para los jóvenes en una sociedad cada vez más competitiva y menos solidaria.

En Estados Unidos comprar armas es un trámite sencillo. Los gringos matan apegados a su segunda enmienda, a los temores que les infunden los medios, los WASP, la ultraderecha en general que promueven el odio por el negro, el asiático, el latino: “ellos son los malos e impuros, hay que acabar con ellos, purgar nuestra sociedad de ese lastre”, parece ser su consigna. Michael Moore lo consigna magistralmente en Masacre en Columbine (2002) un documental imperdible y, como nunca, vigente en México para tratar de entender lo que nos ocurre, lo que pasó en el Colegio Cervantes y que debiera ser una lamentable excepción y no el síntoma de algo más grave. Acá también estamos llenos de armas. El arma que llevó el niño al colegio, salió de su casa. Pistolas, rifles, metralletas y toda clase de artefactos mortales se consiguen en el mercado negro con relativa facilidad, y la mayoría procede de los Estados Unidos, curiosamente.

Los gringos aún no resuelven sus traumas y culpas colectivas de las guerras y hay un gran deterioro social y declive moral que deriva, eventualmente, en masacres, francotiradores, muerte y terror colectivos.

En México, ¿qué está pasando? ¿Es un caso aislado? ¿Qué está haciendo la autoridad para evitar que se repita? Complicado explicarlo, pero que la escuela deje de ser un lugar seguro y promotor de cambios e integración social, es algo que no puede pasar de largo. Debemos exigirle a la autoridad que revise profundamente su quehacer y que promueva los cambios institucionales, legales y administrativos que correspondan para que el tejido social se reestructure y la paz se restablezca. Los cambios deben venir desde fuera. La escuela no es un islote autónomo. Para tener paz en las escuelas, es menester contar con la paz social. No basta la operación mochila, por lo demás, atentatoria contra los derechos humanos más elementales.

La escuela no puede cambiar las cosas si antes no se cuenta con las bases mínimas para el ejercicio de sus funciones: los recintos educativos no pueden ser espacios para la violencia y aun de la muerte. Recuperar la tranquilidad en nuestras escuelas debe ser una de nuestras más sentidas demandas antes de que sea demasiado tarde.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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