Usos múltiples

El timbre de las ocho

Armando Meixueiro Hernández
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán


La escuela en crisis

I

En el pequeño estudio de su departamento, cada vez más lleno de libros, corbatas tiradas, exámenes viejos y películas, César lee el periódico, sorbiendo unos tragos de té. Ese periódico impreso que está a punto de desaparecer porque “lo digital es lo que ahora prevalece”, según dicen hoy los integrados seguidores de Eco.

De los últimos periódicos que leyó el año pasado, antes de que se fuera de vacaciones a Chiapas, se enteró de una noticia impactante: el suicidio de una estudiante y el posterior movimiento y paro estudiantil en una institución de educación superior privada en México, famosa por su alta exigencia académica.

En el apogeo de la manifestación, los estudiantes inconformes realizaron varias acciones: tiraron en un bote medicinas que usaban para mantenerse activos y competentes; reconocieron que sufrían presiones y humillaciones por parte de docentes y autoridades; y reclamaron un cumplimiento más adecuado a esas circunstancias, solicitando, entre otras cosas, una mejor atención psicológica.

César se sorprendió, pero era tal su cansancio a esas alturas del año que se distrajo en otras cosas.

II

Ya César Labastida había sostenido muchas veces, en sus clases, que la docencia se estaba convirtiendo, cada vez más, en una profesión de alto riesgo. Cuando estuvo en una ciudad de la frontera norte de México, escuchó narraciones de sus colegas que describían el contexto en el que trabajaban y sobrevivían diariamente: simulacros de acciones contra balaceras en el salón de clase, dibujos de niños con sicarios y narcos como protagonistas, formas de llegar a casa por lugares un poco más seguros, cobros de piso en instituciones educativas; incluso se enteró de cómo la maña cooperaba para pintar la escuela o contribuía en especie para el día de las madres. El riesgo para los profesores estaba ya en medio de ese torbellino de violencia.

Pero todavía las masacres en escuelas, como las norteamericanas, se percibían lejanas. Hace no mucho las cosas también cambiaron. Los profesores ya son blanco de disparos.

El profesor Labastida lee consternado la nota del estudiante adolescente en Torreón que acribilló a una profesora, lanzó varias ráfagas a compañeros en el patio y se quitó la vida.

III

En las paredes de la universidad donde trabaja por honorarios el profesor César Labastida se distinguen vistosos carteles que invitan a los estudiantes a evaluar a sus maestros.

Un grupo de alumnos haciendo bullicio se dirige hacia un salón. Dos jóvenes se detienen frente a un cartel que informa sobre la evaluación docente. Uno de ellos, con plumón en mano, realiza un garabato ofensivo alrededor de la tipografía “¡evalúa a tus maestros!”, y le descarga oralmente a su compañero.

—Ahora nos toca vengarnos de esos profes ojetes y mamones.
—Pero si tú ni entras a clases, Pato. —le revira el otro joven.
—¡Me vale madres! Ahora yo los voy a calificar.

IV

La evaluación a los maestros en forma punitiva no ha desaparecido. En muchas Instituciones se sigue manteniendo como un indicador que premia o castiga a los profesores. Especialmente cuando se trata de la evaluación que hacen los alumnos a los docentes en las escuelas. Además de las otras formas que se han implementado para ejercer el poder y la humillación en contra de ellos. “Es el mundo al revés”, piensa César Labastida, “los patos tirándole a las escopetas”

Caminando por el pasillo de la Universidad, donde se anuncia el periodo para la evaluación de maestros, César observa a su amigo, el profesor Raciel, dictando clase —apasionadamente— al grupo de alumnos que el semestre anterior les había impartido curso.

César espera al profesor Raciel para saludarlo y platicar.

—¿Cómo te va, Dani? ¿Cómo sientes el grupo que te tocó?
—Hola César, pues a’i la llevamos, este es un grupo difícil, ¿no?
—Sí colega, tiene estudiantes complicados. Y con eso de la evaluación de docentes debes tener cuidado. Ya sabes, dicen que se basan en las opiniones de ellos para contratarnos de nuevo.
—¡Ja! Eso no me va a pasar a mí, yo preparo muy bien mis clases, soy puntual y nunca falto. Todo lo tengo controlado. Además, he tomado todos los cursos de didáctica que nos piden.
Finalizando el semestre, al confiado profesor Raciel le pasó lo que creyó que no pasaría. Lo despidieron de la institución. Las razones se fundamentaron en un bajo promedio en su evaluación docente y en ambiguos comentarios escritos por estudiantes.

“La escuela está experimentando una severa crisis”, pensó el vulnerable profesor Labastida.

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

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