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LA CLASE


J. Leonor Vejar B.


El cuerpo de construido

Desde la Vindicación de los derechos de la mujer
de Mary Woollstonecarft en 1792,
hasta El mito de la belleza de Naomi Wolf en 1991,
muchas mujeres inteligentes e indignadas
han exigido la transformación de esos ideales.
Sin embargo, lejos de disolverse, los clichés se han vuelto
más poderosos que nunca.

Walter, Natasha

En la actualidad las mujeres han ido construyendo una forma de vida diferente a la existente, desde años atrás. Con una mayor independencia en la toma de decisiones, en la conformación familiar, en su deseo de tener o no hijos; y una mayor autonomía en el conocimiento, cuidado y uso de su cuerpo. Pero sigue siendo una parte muy pequeña la que cuestiona la imposición de un patrón del cuerpo que según la mentalidad de Occidente deben tener las mujeres para ser aceptadas, valoradas, y reconocidas social y culturalmente.

Es en esta dinámica en la que se encuentran muchas mujeres, en la que lo cultural determina a lo biológico. Es decir, se hereda una genética por parte de los padres que se transforma en un cuerpo con proporciones variables a partir de la alimentación, la actividad física y los patrones culturales. De igual manera se manipula por medio de cirugías plásticas y tecnología para convertirlo en objeto a que, de acuerdo con Lacan, no es el cuerpo fisiológico sino el deseo del Otro, y ese primer Otro es la madre y su lenguaje que simboliza a ese cuerpo. Más tarde es la cultura la que impone un canon femenino con características en las que se resalta la delgadez, una estatura alta, color de piel, ojos y cabello claros.

En consecuencia este cuerpo es sometido a maltrato físico, psicológico y de segregación social; lo que hace a las mujeres un grupo social en desventaja, que a su vez se ven bombardeadas por los medios masivos de comunicación que les asignan una serie de estereotipos; lo que se observa en los juguetes para niños y niñas que van perfilando lo que ideológicamente se espera de ellos y ellas; y el determinismo biológico que expone diferencias entre el hombre y la mujer, al etiquetar a las madres como cariñosas porque cuidan de los hijos, y se deja de lado que, también los padres puedan esta asumir actitud afectiva.

Pero la vulnerabilidad de las mujeres se manifiesta cuando están insatisfechas de su propio cuerpo, anhelan ser delgadas, y esto las lleva a prácticas de riesgo por perder peso. Las estadísticas muestran que por cada hombre que padece un problema alimenticio (bulimia y anorexia), son de 9 a 10 mujeres las que tienen este trastorno, en un contexto en el que no existe carencia de alimentos, sino por el contrario se circunscribe en una sociedad opulenta.

Si bien, la anorexia tiene sus antecedentes en las culturas antiguas (ayuno), es a partir de los estudios históricos en la Reforma protestante que se describen las doncellas milagrosas, mujeres jóvenes, humildes y solteras que rechazaban los alimentos para mantenerse puras y sublimes. En el siglo XVII se les denomina muchachas ayunadoras; el médico Granger cita al respecto el caso de Anna (1809) que, al no ingerir alimentos, le era difícil masticar, tenía fuertes dolores gástricos cuando comía, hasta padecer convulsiones.

Por lo tanto, manipular, ya sea de forma real o artificial el cuerpo, ha sido la norma desde finales de la Edad Media, con variaciones que van de tener una cintura de avispa, usar un corsé para verse esbelta, ostentar senos enormes, y enfatizar las caderas como respuestas del modelo a seguir. Es a partir de 1920 que la figura comienza a adelgazarse más, con el diseño de prendas de vestir para realizar ejercicio, práctica que años más tarde emplean las mujeres para bajar peso.

En la actual sociedad de consumo son las mujeres el objetivo principal, lo cual implica que son ellas las que se adaptan a un modelo de cuerpo, a lo que se agrega el narcisismo que consolida el patrón a seguir, no importando el futuro que el cuerpo tenga, es decir envejecimiento prematuro, enfermedades físicas y psicológicas, sino el aquí y ahora de un cuerpo listo para ser aceptado, y tener éxito social. Aunque sólo sea exterior, baste mencionar, la exitosa industria de los cosméticos; no interesa o poco se valora lo interior, es decir, lo espiritual.

¿Qué hacer ante estos hechos?

El cambio social es posible, más aún cuando se trabaja en colectivo, y desde los primeros años de vida del ser humano; porque no se es mujer sino se articula e interactúa al hombre como sujetos sociales. Vale la pena intentar e iniciar esta toma de conciencia con las generaciones más jóvenes, si así lo deseamos, para contribuir a una sociedad que valore la importancia de tener un cuerpo que comprende también una mente/espíritu del que se desprenden procesos emocionales e intelectuales que producen una gran riqueza humana, la cual se ha ido olvidando, no sólo por parte de los integrantes de las generaciones de jóvenes, sino también, las de sus padres y abuelos, y parafraseando a Hegel, el amo es amo hasta que el esclavo lo permite.

Referencias

  • Toro, Josep, (2013) El cuerpo como delito Barcelona: Ariel
  • Walter, Natasha, (2010) Muñecas vivientes Madrid: Turner

J. Leonor Vejar B.

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