Usos múltiples

El timbre de las ocho

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Armando Meixueiro Hernández


El escozor de las evaluaciones

I

A César Labastida le producen urticaria los exámenes escolares. Y no es un metáfora esa afirmación. Su madre siempre recordaba aquella ocasión en que para inscribirlo en la primaria el pequeño César sufrió el interrogatorio de un director.

—Mire Sra. Labastida, le voy a hacer unas preguntitas a su hijo para saber cómo anda de conocimientos.

El director Sigüenza, entonces, dirigió su mirada hacia unos ojos de cinco años y medio que no dejaban de pestañear.

—¿César? ¿Te llamas César? — le preguntó la autoridad escolar, y el chico nervioso asintió con la cabeza. —Muy bien, César, yo sé que eres un niño muy listo, ¿verdad? —Y César, asustado, volvió a decir que sí, moviendo su cabeza.

—A ver, ¿sabes cuánto es 3+2? —El pequeño César abrió los ojos sin responder. —Mmm… ¿sabes cuánto es 1+1?

César sintió la angustia de su madre y trató de responder con el primer número que le vino a la mente.

—¿8?

—A ver, César, ¿y cuántos dedos ves en esta mano? —El director mostraba su mano derecha levantando el índice y el medio.

El pequeño César amedrentado por la mirada inquisitiva del director y por los ojos compungidos de su madre, comenzó a experimentar un sudor frío por todo el cuerpo, y sin pensarlo más, imploró:

—¿Amor y paz?

Luego del examen, la madre detallaba cómo es que “Cesarito no paraba de rascarse camino a casa” y de cómo tuvo que darle “una buena friega de caladril en el cuerpo” por las ronchas que inexplicablemente le habían brotado.

II

El profesor César Labastida asegura que el examen más complejo y desgastante que ha vivido fue el de ingreso a la preparatoria. Tenía 15 años y había decidido estudiar en una escuela particular católica porque, según él, era la mejor opción educativa. Esta decisión superaba las posibilidades económicas de sus padres, por lo que el joven Labastida tenía que tramitar y solicitar alguna beca que pudiera sufragar los gastos que implicaban los estudios en ese prestigioso bachillerato.

Luego de una serie de trámites para conseguir la información sobre las becas, César Labastida tuvo que presentar el examen de conocimientos, una larga tarde en la institución seleccionada. La prueba constaba de cinco partes con treinta items cada una, dedicadas a las diferentes asignaturas de la secundaria. Y el tiempo estipulado para realizarla era de 4 horas máximo.

El ritual previo a la aplicación del examen ya había hecho estragos en el joven Labastida. Formado en la entrada del salón con su identificación y dos lápices del número 2, comenzaba a sentir un sudor frío desde el cuello hasta los pies.

Los candidatos entraron al aula bajo rigurosa vigilancia de dos aplicadores que señalaban los asientos designados y que dieron las instrucciones con escrupulosa desconfianza. Cuando entregaron los cuadernillos de preguntas y las hojas de respuestas, advirtieron que nadie podía empezar hasta que ellos dieran la indicación, bajo riesgo de ser suspendidos. La temible parafernalia de evaluación estaba en proceso.

Un aplicador mal encarado, dio la señal de inicio como juez de carrera olímpica. Los evaluados comenzaron el tormento de la prueba y el joven César distinguió pequeñas ronchas entre sus dedos.

Transcurría el tiempo: veinte minutos, treinta, cuarenta… Los examinados en absoluto silencio leían las preguntas del cuadernillo y rellenaban óvalos en la hoja de respuestas. César mostraba rastros de sudor y nerviosismo, pero no se arredraba en el empeño de resolver el examen.

Noventa minutos, ciento veinte minutos, el tiempo seguía su curso, los candidatos continuaban pintando de gris las columnas de óvalos en las hojas de respuestas. El joven Labastida sudaba nuevamente y se enfrascaba hasta la saturación con las preguntas matemáticas. De la parte de química decidió responder con la tradicional estrategia “Virgen María, dame puntería”.

Ciento ochenta minutos. El aplicador de cara adusta señaló que les quedaba sólo una hora. Un par de evaluados entregaron las pruebas y salieron del salón, indecisos. César empezó a notar comezón en la espalda y el vientre. Se controló lo más que pudo y siguió con el examen.

—¡Les quedan quince minutos! —Ordenó el aplicador.

Aumentó el escozor y la ansiedad del muchacho Labastida.

—¡Cinco minutos para terminar!

César Labastida, perplejo, recalcó con sus dedos, surcos rojos en la piel.

III

El profesor César Labastida lee el titular de un periódico de circulación nacional, donde señalan que los resultados de la prueba PISA en 2018 no fueron satisfactorios. La nota señala:

“Escaso avance de México en la más reciente evaluación de PISA a alumnos de secundaria”

Y el profesor Labastida descubre en los primeros párrafos la siguiente información:

“A casi dos décadas de la aplicación en México del Programa Internacional para la Evaluación de los Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés), nuestro país no reportó mejoras significativas en el desempeño de los estudiantes que concluyen el nivel básico, de acuerdo con los datos recabados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), responsable de coordinar la aplicación de este examen estandarizado.”

César piensa que las evaluaciones son un fiasco y no determinan nada, además de que en la mayoría de los casos no evalúan lo que suponen evaluar. “Una evaluación sin contexto”, reflexiona Labastida, “son una prueba de tormento y de tensión que sólo provocan malestares psicofisiológicos.”

El profesor continúa la lectura del artículo:

“En la prueba PISA 2015 en México, 33.8 por ciento de los estudiantes mayores de 15 años se ubicó en el índice más bajo de desempeño –en matemáticas, lectura y ciencia–, frente a una media de 13 por ciento de otras naciones.”

—¡No significan nada esas pruebas infames! —Explota César, mientras se rasca con fruición el cuello y las orejas.

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

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