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Orientación educativa

Casos ambientales


Teresa de Miguel (vídeo) Fred Ramos (fotos)

Xcalak: la cocaína que llega del mar Jacobo García

El último hombre de México vive en un lugar ubicado en 18 grados 12 minutos y 9 segundos latitud norte y 87 grados 50 minutos 36 segundos longitud oeste. Ahí pueden encontrarlo, haciendo casi siempre vida en la azotea. La casa de don Luis tiene enfrente el mar Caribe y todo lo demás, hacia donde mire, es manglar. Si camina cinco minutos a la derecha estará en el extranjero, pero si lo hace hacia la izquierda durante una hora, llegará a Xcalak, la primera comunidad de México.

Don Luis es un hombre fibroso, de cabello oscuro y bigote, de 58 años, que vive en una casa abandonada en una de las fronteras más absurdas del mundo. Un trozo de tierra en el sureste de 99 kilómetros dividido en dos partes con una base militar en medio. El Norte, de México, es un área despoblada de 62 kilómetros y el Sur, de Belice, tiene 37 kilómetros y no cabe un turista más.

El último hombre de México no tiene electricidad, agua corriente ni acceso por tierra a su casa. Tampoco tiene refrigerador, televisión ni ventilador, y su viejo celular capta, solo a veces, la señal de Belice. Pero sabe cosas que parecen imposibles para el resto de mortales, como pescar con el cordón de un zapato, desalar agua de mar, sembrar en la playa o extraer con la boca el veneno de la nauyaca, una de las serpientes más temidas.

Luis Méndez nació en Mérida (Yucatán) y fue funcionario estatal hasta que un conocido le propuso convertirse en guardés de la finca. Tres años después de haber llegado al último rincón del país, ha aprendido que todo lo que viene del mar sirve: un trozo de cuerda para arrancar la propela (hélice), la suela de un zapato para hacer una bisagra, la tapa de un refresco para asegurar un clavo.

Acompañado de Canelo, un braco húngaro color café, don Luis sale a pasear cada día cuando nace el sol. Antes lo hacía sobre la arena, pero ahora ambos se mueven con soltura sobre una fétida alfombra de sargazo, el alga que invade el Caribe y provoca un insoportable olor a huevo podrido en la orilla. El día que lo acompaño, sobre el tapiz marrón, cubierto de latas, chanclas, botes de cloro, tapones o envases de patatas fritas, hay también cientos de bolsas de plástico del tamaño de la palma de la mano. Todas iguales y semiabiertas, con restos de polvo blanco y agua de mar.

Don Luis se despierta cada mañana frente al segundo arrecife de coral más grande del mundo, sin embargo camina con los ojos puestos en el suelo. Él dice que solo sale a comprobar que todo está en orden, pero durante el paseo escucho por primera vez un verbo nuevo: “playear”, la incansable búsqueda de ladrillos de cocaína lanzados junto a la orilla por las avionetas. No playear aquí es como no ser católico en el Vaticano.

“playear” (v): buscar ladrillos de cocaína lanzados junto a la orilla por las avionetas

El Robinson del Caribe es un hombre afable que solo se pone los zapatos para recorrer la playa, capaz de reconocer todos los tipos de motor que pasan frente a su casa solo escuchando el zumbido. Y lo demuestra:

— “La avioneta hace groooooongggg”, ejemplifica, de forma continua y prolongada. “Pero la lancha de 15 caballos hace brrrrrrrrrrr, pausa, brrrrrrrrrrr, y otra pausa para quitar el sargazo de la hélice”, aclara. “El de 40 caballos, ñeeeeeeeeee”, dice moviendo de lado a lado el puño cerrado en el aire como si fuera el acelerador. “Y el de 75…”, igual que el anterior pero más grave y con la O. Y así, uno a uno, hasta el de 100 caballos, despliega una variada orquestina gutural.

También puede identificar los chiflidos que llegan desde el mar por la noche. El de “vienen”, “apúrate” o “vámonos” o si los hace el Gavilancito, la Zorra, el Pelón, el Guanaco

El último hombre de México no tiene Netflix, pero solo tiene que sentarse en su balcón para ver las carreras de lanchas, las persecuciones de la policía o el paso de las avionetas clandestinas. “Había tanto mosco que tuvimos que prender unos cocos (y hacer humo) para no meternos en la habitación”, dice recordando la escena de ayer, cuando se sentó con su mujer, Norma, a disfrutar la película de la noche.

El Caribe es el mar comprendido entre 1.061 islas de 32 naciones. Una región y una cultura propia que Gabriel García Márquez describió como el único país que no es de tierra, sino de agua.

Menos lírico, para los mexicanos el Caribe son los 1.176 kilómetros de litoral comprendidos entre la casa de don Luis y el cabo Catoche, en la punta de Yucatán. La costa incluye lugares como Cancún, Playa del Carmen, Cozumel o la Riviera Maya, o lo que es lo mismo, el 35% de los ingresos turísticos del sexto país que más visitantes recibe del mundo. El motor de una industria que supone casi el 16% del Producto Interior Bruto (PIB) de México.

Para Xcalak, a 412 kilómetros de todo eso, el Caribe y los vientos y corrientes que lo comunican entre sí, también son su forma de vida. Ubicado en el extremo sur de Quintana Roo, a dos horas de Chetumal, es un espectacular poblado de palmeras, aguas turquesa, dos faros y una laguna. El urbanismo de Xcalak son tres calles de arena paralelas al mar y otras tres que las cruzan, pero si hubiera que ilustrar el paraíso aparecería siempre esta comunidad de 300 habitantes donde casi todos son familia y se conocen por el apodo.

Sus playas son también el destino final para cualquier cosa de valor que caiga en el Atlántico, principalmente la cocaína arrojada por las avionetas colombianas, lo que aquí se conoce como “bombardeo”. Un método por el cual las avionetas envían a tierra las coordenadas y acto seguido las lanchas acuden al lugar. Pero no siempre da tiempo a recoger toda la carga y los paquetes que se extravían pueden aparecer días después envueltos en cinta canela, flotando en el mar, atorados en la orilla o enredados entre el manglar. Otras veces, los ladrillos son arrojados por las lanchas rápidas que llegan desde las islas cercanas y que, en su intento por borrar evidencias y ganar velocidad huyendo de las patrulleras, lanzan la carga al mar.

Cristóbal Colón no habría llegado jamás a América de no ser por los vientos alisios, esas brisas regulares causadas por la rotación de la Tierra que llevan viento en popa hasta el otro lado del océano y se recrean en el Caribe. Gracias a ellos da igual en que parte de este mar se arroje cualquier cosa, que, tarde o temprano, tiene muchas posibilidades de terminar en Xcalak. Desde que vive aquí, en el tramo de sargazo que cuida don Luis han aparecido una muñeca haitiana, una botella de Dominicana o un trozo de madera de África.

Dirección de los vientos alisios

“En este pueblo, playear es una profesión que se enseña a los jóvenes como quien enseña a pescar”, explica don Luis. “¿Qué otra cosa puedes transmitir a tus hijos si dedicas toda tu vida a faenar o vender cocos y de un día para otro el vecino se construye una casa o aparece con camioneta nueva? Aquí los jóvenes son los primeros que aprenden que el futuro no está en trabajar, sino en buscar, encontrar y comprar pronto una lancha para seguir buscando. Un día puede aparecer marihuana pero, tal vez, uno o dos años después puede que encuentres la cocaína que te saque de la pobreza”.

Hace mes y medio, a finales de febrero, don Luis tuvo que salir unos días a la ciudad. Cuando regresó a Xcalak no necesitó que nadie le dijera que durante su ausencia había caído un cargamento. “Me enteré que un vecino contrató un conjunto (musical), que otro invitó a cerveza a todo el pueblo, que otro apareció con moto nueva”, recuerda.

Uno de los que ayer pasó huyendo de la policía beliceña frente a la casa de don Luis era El Guanaco. Era noche cerrada cuando escuchó su Yamaha cortando la bahía. El Guanaco es un tipo rudo y desconfiado que fuma marihuana sin parar. Como su apodo indica, nació en El Salvador y a sus 33 años tiene más vidas de las que caben en estas líneas. Dice que salió de San Salvador cuando las pandillas estaban a punto de matarlo. Después huyó a Belice, donde trabajó en los campos de los menonitas, los ultraconservadores cristianos que habitan la frontera, hasta que se refugió en Xcalak, el último sitio donde preguntarían por él.

El Guanaco es atlético, tiene la piel morena y varios tatuajes en el pecho y en la espalda. Pero hoy está cansado de sus correrías de anoche huyendo con unas langostas. En Xcalak la captura del animal está en veda, así que se desplaza hasta aguas beliceñas donde hay menos vigilancia. Y pocos tipos son capaces de hacerlo como él. Desciende seis metros a pulmón por la noche pero deja el motor de la lancha encendido por si tiene que irse antes de lo previsto. Cuando sube, lo hace dando giros sobre sí mismo iluminando con la linterna por si llegan los tiburones.

EL GUANACO, EL PESCADOR QUE ENCONTRÓ 25KG DE COCAÍNA

Cuando recuerda la ‘película’ de anoche, se nota que lo que más le divierte es robarle en su cara a los beliceños, “pero ¡ojo!, que esos tiran con bala”, dice con la risa floja de la hierba, en referencia a la policía del país vecino.

Así que hoy mete con pereza el remo en el agua pero sin apartar la vista de cualquier cosa que flote. “Toca paquetear, es la lotería de los pobres”, ríe de nuevo, “nunca sabes donde aparecerá el ladrillo que te cambiará la vida” “Paquetear”, la continua búsqueda de droga en el mar, y segundo verbo autóctono que anoto en la libreta.

“paquetear” (v): buscar droga en el mar

Mientras mueve el remo con aires de gondolero, el Guanaco recuerda aquel día, de hace cinco años, cuando se encontró un hermoso paquete de cocaína: “Estaba ahí, delante”, dice señalando un trozo de mar, tan azul y cristalino como cualquier otro. Íbamos tres y encontramos 25 kilos que nos repartimos. Me tocó un millón de pesos (50.000 dólares), jamás había visto tanto dinero junto. Con eso amueblé la casa, me compré una moto, otra a mi esposa…” recuerda. “Normalmente, la gente enloquece y hasta tira el dinero al aire pero yo, que he sufrido carencias, no. Al final el dinero me duró menos de un año”.

Además del viento, el nuevo aliado de los pepenadores (recolectores) del Caribe es el sargazo, que deja en la orilla un tupido manto vegetal que afea el lugar, daña los corales, deja sin oxígeno a los peces y espanta al turismo. El alga que se extiende por el Caribe y angustia a México, Panamá, República Dominicana y Florida, pero no así a quienes se aprovechan de las corrientes. “El movimiento que hacen los bancos de sargazo en el agua señala por dónde va la corriente y nos ayuda a saber en que parte de la orilla pueden aparecer los paquetes”, dice.

EL SARGAZO AYUDA EN LA BÚSQUEDA DE DROGA

El Guanaco recibió un montón de golpes hace dos semanas. Por sus nudillos, en carne viva, se deduce que se defendió como pudo pero fue una paliza en toda regla. Diez personas, entre ellos el alcalde, le patearon hasta dejarlo molido. Y por los silencios en su narración, da la sensación de que se pasó de listo. Estaba trabajando para uno de los capos locales, o lo que es lo mismo, cobrando por playear y buscar en el mar y, por tanto, utilizando la lancha, gastando gasolina y recibiendo algo de dinero adelantado, pero dejó a su patrón y se puso a trabajar para otro.

—¿Cocaína? ¿crack?, ¿marihuana? La oferta del abarrotero tatuado no deja lugar a duda, cuando pido un six de cerveza.

En un puñado de tiendas del pueblo, además de cerveza, venden cocaína “mojada” (salida del mar) a cinco dólares una bolsita del tamaño de una uña. Por mucho menos es posible comprar una cantidad similar de crack.

En Xcalak la receta local no es el pargo al mojo de ajo, sino la forma de cocinar la cocaína humedecida que llega del mar, un proceso que el muchacho moreno me explica sobre una moto con un galón de gasolina entre los pies. “Se coloca todo al fuego en una olla grande y se cocina a fuego lento. Hay que moverla continuamente hasta que se evapore el agua y sin quemarla. Después se pone sobre una tabla y vas cortando la cocaína con un cuchillo grande. Los grumos se van deshaciéndolos con una cuchara”, detalla. Para obtener el crack se cocina al baño maría con bicarbonato de sodio. Por un kilo salido del mar se pagan unos 200.000 pesos (10.000 dólares).

Según los expertos, los carteles de Sinaloa, del Golfo y Jalisco Nueva Generación (CJNG) controlan Cancún, la Riviera Maya y la franja costera de Quintana Roo. Los Zetas, que años atrás extendieron el terror por todo el país, han perdido poder pero conservan pequeñas células en las zonas turísticas. En el resto de la región han proliferado carteles pequeños, casi familiares, que colaboran en el trasiego.

La mercancía que sale de Xcalak se entrega en Chetumal y de ahí viaja hacia el norte o a Cancún, la tercera ciudad donde más cocaína se consume del país, según la encuesta nacional de adicciones. En la otra dirección, por una buena carretera, desde la capital de Quintana Roo se tarda unas 12 horas a Veracruz y otras tantas a Bronswille. En solo 24 horas ese kilo deja de valer 10.000 dólares en Xcalak y pasa a costar 60.000 en Texas.

Los restos de dos pecios sobresalen del agua frente al muelle. Muchas embarcaciones con quilla fracasaron en su intento por llegar a Xcalak obviando la barrera coralina. Algo que solo puede lograrse por un único punto; con la embarcación alineada con los dos faros, un rumbo 283 verdadero y dejando el muelle a babor.

En las calles de Xcalak también son visibles los restos de tiempos mejores. Los años en que tenía 3.000 habitantes, astillero y hasta una sala de baile. Por aquel entonces, del muelle salían ingentes cantidades de caracol de mar, huevos de tortuga, langosta o tiburón para exportar. Una época en que Xcalak “era más grande que Chetumal”, aclara don Melchor, un anciano de 75 años, con el acta de nacimiento número 2, que lo acredita como el más viejo del lugar. Aquello duró hasta 1955, cuando el huracán Janet barrió todo y mató a una tercera parte de la población. "En esa época había mucha gente descargando en el muelle. Incluso había fábrica de hielo y un cine”, recuerda señalando una calle vacía.

Desde entonces, el pueblo vive de las tres pes, “paseantes, pesca y paquetes”, ironiza El Guanaco. Los paseantes que llegan hasta aquí para practicar el fly fishing o en busca del buceo más exquisito se alojan en seis hoteles destinados al turismo internacional, con precios de 120 dólares la noche, que dan trabajo a unas 40 personas. “Pero la pesca cada vez deja menos y los turistas no llegan, así que hay que esperar a que el mar envíe la suerte”, añade.

“El trabajo principal de este pueblo siempre han sido los cocos, el caracol de mar y la langosta. Pero hay largas épocas de veda y cuando en el año 2000 se convirtió en Reserva Natural se limitaron aún más las posibilidades”, se lamenta el farero, José Miguel Martín, de 55 años, subido a lo más alto del enorme foco de luz.

Desde la punta de la construcción, a unos metros del cuartel de la Marina, se ve con más claridad el ir y venir de motos conducidas por adolescentes, que cargan bidones de gasolina en dirección a los campamentos donde pasan las horas esperando, buscando y cocinando. “¿Cómo le digo a mi hijo que no vaya, si todos sus amigos en eso andan?”, acepta resignado el farero.

Él y su faro, la capitanía de puerto, la Comisión Nacional de Áreas Protegidas (Conanp) y una base de la Marina con 10 soldados, son la única presencia del Estado en el lugar. Paradójicamente, la institución más temida y odiada en el pueblo no son los soldados sino la Conanp. Sus cuatro delegados luchan con más entusiasmo que medios para que se respete la veda, impedir la pesca furtiva o que se dañe la barrera coralina. Como el municipio no tiene policía, cada vez que detectan alguna ilegalidad recurren a los soldados. Y eso, claro, son palabras mayores. En Xcalak da más miedo pescar en tiempo de veda que revender un kilo de cocaína.

Según la Marina mexicana, cada dos días una avioneta de Colombia y Venezuela cruza el espacio aéreo de Quintana Roo. El general Miguel Ángel Huerta, encargado de la vigilancia del litoral caribeño, reconoció a los medios que en los primeros cinco meses de este año se han detectado al menos 100 vuelos operados por los carteles de la droga.
— ¿Y son grandes las fiestas de tu pueblo?
— ¿Conoces Ibiza?, responde prepotente El 75, influenciado por todo lo que sale en MTV y la televisión por cable, el servicio más eficiente del pueblo. Para el chamaco de 24 años, la mejor fiesta del mundo es celebrar con pedas de tres días y disparos al aire la llegada de Semana Santa o que un vecino “paquetió”

A Joaquín lo apodan _El 75 _porque es cabezón y tiene las piernas muy largas como el motor de 75 caballos. El chico intenta ser formal en sus paseos con los turistas; llena de agua y refrescos la pequeña hielera, carga con las gafas y las aletas, les enseña las mantarrayas y los manatíes y les ofrece poner y quitar las veces que haga falta el toldo de la embarcación. Pero cuando estos no llegan se une a su grupo de amigos “y busca en el recale”. *"El recale", tercer neologismo que anoto.

“recale” (s): acumulación de algas en la orilla

Joaquín cuenta que su tío se encontró hace algunos años uno de estos ladrillos pero el golpe de suerte terminó arruinándole la vida. “Porque no sabe leer ni escribir y le engañaron dándole no más 70.000 pesos. Luego no tuvo cabeza y gastó todo en alcohol y en pendejadas que lo dejaron aun peor”.

El 75 maneja con destreza el GPS, el motor y los cabos, pero lo que le avergüenza, lo que de verdad le hace sentir mal, es que no sabe utilizar los cubiertos para comer. Con la inocencia de un niño recuerda que recientemente vivió el momento más humillante de su vida cuando, durante una comida familiar, sus parientes se dieron cuenta que no sabía coger el tenedor ni usar el cuchillo para cortar la carne. Pero tiene otras habilidades: puede reconocer al instante a qué grupo criminal pertenece la mercancía “dependiendo de si trae grabada una calavera, un aka o un escorpión”.

Saliendo del pueblo está el cementerio de Xcalak, un terreno de arena de playa ganado al manglar. Todas las tardes, doña Silvia llega con un machete y una escoba y barre, corta, ordena y adecenta el lugar porque ahí tiene dos hijos enterrados. En el paraíso olvidado, el crack cuesta lo mismo que una Coca-Cola y una bolsa de papas fritas, y las consecuencias duermen en el cementerio. México registra un suicidio cada 20.000, según cifras oficiales, pero en este pueblo de menos de cien tumbas, hay al menos cuatro. Todos jóvenes. “En esta tumba hay un chico de 22 años que se ahorcó; en esa, uno de 23 que también se colgó; en aquella, otro de 25 que se tiró de una antena y en aquella otra…”, señala la mujer, mientras camina entre las lápidas del cementerio más bonito y triste del mundo.

DOÑA SILVIA, EN EL CEMENTERIO MÁS BONITO Y TRISTE DEL MUNDO

Busco al delegado de Xcalak, un cargo similar al alcalde, pero con menos competencias, para una entrevista. Al menos una decena de testimonios recogidos apuntan a Luis Lorenzo López y a su segundo como los capos del lugar en asociación con su compadre, el alcalde de Mahahual, la cabecera municipal. De ellos dicen que son los encargados de comprar, equipar y pagar los campamentos y la mercancía. El delegado tiene que salir del pueblo, explica, pero me remite al subdelegado, que vive al final de la calle.

A la sombra de las buganvilias y los cocoteros, dos familias amigas terminan de comer. Ríen, bromean y se sacan los restos de comida de la boca con el palillo dental. Una de ellas es la de Enrique Esteban Valencia y la otra, la del alcalde de Mahahual, Obed Durón Gómez. Sobre el mantel de cuadros hay restos de langosta y camarones y cuatro policías municipales aguardan de pie con el arma colgada del cuello. No tienen derecho a silla ni a comida familiar, pero interactúan con naturalidad con los hombres más poderosos de la región. Están a gusto.

https://twitter.com/elpais_america/status/1142946689524871168?lang=bg

2º de Noviembre El país Frontera Sur

23 JUN 2019 – 03:31 CEST

JOSE ADRIAN FIGUEROA HERNANDEZ. 09 de Enero de 2020 13:33

Felicidades por esta historia, desde esta perspectiva atractiva en su narrativa, dejas ver lo que sucede desde varios ángulos y sobretodo poner la humanidad a carne viva.

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