El_santo
Re-creo


Alfredo Villegas Ortega


Instantáneas de una infancia ordinaria

Niño, deja ya de joder con la pelota.

Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca

Esos locos bajitos/ Joan Manuel Serrat

1) El Santo fue uno de mis primeros, o el primer ídolo del cine que tuve. Ver sus películas en el cine de mi barrio, el Tlacopan, era como transportarse en un mágico y surrealista mundo de mujeres vampiro, zombis, mentes perversas. El cine era una extensión de la arena. Los chavos y muchos jóvenes coreábamos: “¡Santo, Santo!” El cine fue parte importante del rostro del barrio y sus emociones colectivas. El cine del Santo tenía, para mí, un encanto particular por sus imágenes nocturnas, su técnica única de lucha libre, y sin tenerlo claro del todo, porque era la encarnación del bien que siempre triunfaba. Para un chavo como lo era yo en aquellos tiempos, eso era mucho. Al final de sus películas se despedía moviendo su mano, desde sus diferentes carros convertibles deportivos (Jaguar, Mercedes Benz, MG…) con su capa y su máscara que lo convirtieron en leyenda.

2) De niño me gustaba estar en la calle mucho tiempo. No, no era niño de la calle, al contrario, hasta mimado podría decirse que era. Pero mi cerrada era como una extensión familiar: segura, de aprendizajes, con reglas, afectos, defectos. En la cerrada (la calle), aprendí, desaprendí, experimenté. Jugué a ser yo. Ejemplos: aprendí a pelear, después de perder la mayoría de las veces; sin ser líder, ni mucho menos, tenía el respeto y cariño de mis amigos porque la generosidad de mis padres, sin saberlo yo, se las transmitía a mis cuates. Era un chavo inseguro que, paradójicamente, se encontraba a sí mismo en el grupo: en éste coexistían mis temores y mis fortalezas: eso era jugar la vida misma desde un microcosmos muy peculiar.

3) Nunca me gustó hacer la tarea. De la escuela añoraba los partidos de futbol en el enorme patio. La media hora que duraba el recreo parecían segundos y a la vez días enteros, en los que se disfrutaba el viento, el raspado de los zapatos. Había compañeros muy hábiles, los recuerdo perfectamente. Zavala era el mejor de la primaria. La tarea, en cambio, era un lastre porque significaba estar encerrado mientras mis cuates jugaban en la calle. Ilustrar mapas, hacer multiplicaciones, calcular perímetros, escribir y copiar biografías, no creo que me hayan enseñado tanto como lo que la vida me ofreció sin tantos requisitos, salvo el querer estar ahí, dispuesto a chutar, parar una bola o disputar el territorio con chavos de otras cuadras. Mi torta que me mandaba mi mamá, muchas veces ni la sacaba con tal de jugar completito en el recreo. Mi principal tarea, eso sí, era intentar ser feliz o, al menos, pasarla bien lo más que se pudiera.

4) Cuando tenía como nueve años, junté dinero para comprarme unos cigarros, clandestinamente. Eran unos LM. El pulso se me aceleró, sentía que estaba cometiendo una falta enorme. Solo quería jugar a ser hombre. Qué ridículo, sí, pero entiendan que tenía nueve años. Decidí darle la vuelta a la manzana, mientras fumaba el cigarro. De inmediato sentí un mareo, pero no me arredré, seguí caminando y fumando. Horas más tarde, con los cigarros guardados en el calcetín, y después de jugar tochito y futbol con mis amigos, entré a la casa. Mi papá estaba leyendo el periódico. Era fumador y yo no previne que aquel simple cigarro que me fumé me iba a dejar la ropa impregnada de tabaco. Me dijo, ven para acá….me acerqué me olió como agente antinarcóticos y que se quita el cinturón. La tunda que me dio, me hizo odiar el cigarro, hasta que tenía unos catorce años y me robé los Raleigh de mi hermano Javier. Estaba solo en la recámara, mi familia abajo en reunión sabatina, con tíos, abuela, primos y demás. Lo prendí, me acosté en la cama, lo fumé apresuradamente. En menos que canta un gallo, estaba yo más mareado que un burócrata en la cantina un viernes por la tarde. Fui al baño y arrojé bilis y, aunque parezca exagerado, expelí algo de humo contenido. Toda una experiencia masoquista. Me fui a la cama, me recosté unas horas y me bajé con otra playera para que mi papá no fuera a oler como en mi primera experiencia. Terrible. ¿Aprendizaje significativo? No. Años después, a los 19, volví a fumar.

5) Tendría como diez años. Jugábamos muchas cosas en la calle. Una de esas era con los carritos de baleros. Con el tiempo salieron unos modernos sky car. Mi mamá me compró uno. Era la sensación: hasta frenos traía. El juego consistía en carreras con uno al volante y otro que empujaba por detrás. Obviamente, gran parte del éxito, dependía del caballo de fuerza que tenía uno detrás: entre más rápido y fuerte era éste, más rápido llegaba uno a la meta. Un atractivo del juego era que la ‘pista’ incluía las banquetas, las cuales había que bordar en ‘U’ por la conformación de la cerrada. De ahí, que era importante subir primero a la banqueta por una de las rampas de acceso de los coches a las casas, para tomar la delantera antes de bajar por otra rampa y llegar a la meta final. Eran verdaderos agarrones llenos de adrenalina y felicidad. No obstante, en una ocasión, al término de una carrera, bajé la mano y quien me empujaba no se fijó y siguió empujando. Mi uña quedó atorada y semidesprendida debajo de una de las ruedas, enfurecí, le reclamé y me metí, chillando a mi casa. Ya era tarde, no había médico cercano (además no era algo grave). Cuando mi hermano me vio, se burló de mí por chillón. Le quise demostrar que no lo era, y en un arranque de neurosis infantil, puse un elepé y coloqué mi uña como si fuera la aguja. Me llevaron con un doctor de barrio, muy decente, que tuvo que soportar mis mentadas cuando me arrancó la uña. Obviamente mi papá me reprendió verbalmente con firmeza por esa actitud. Qué estúpido suele ser un niño como yo, que aún no aprende a canalizar su dolor y frustración y se muestra más frágil que la fortaleza que quiere enseñar. Peto de eso también se aprende. Me dio tanta pena, como la que siento ahora, pero, como hoy, con el tiempo utilicé este ejemplo para no volverlo hacer. El oso que hice fue épico. Ni modo. Pero la vida enseña aun del ridículo o quizás más en éste.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

Agregar comentario