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Orientación educativa

Decisiones

Alfredo Gabriel Páramo


¿Enseñar locamente?

Dedicada a todos mis alumnos y alumnas, particularmente a las de la UPN 095 y de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García que me acompañan hoy.

Aunque incluso ahora, para muchas personas, la ciencia ficción se limita a hablar de naves espaciales y hombrecitos verdes (y sí, de eso también se puede hablar), en realidad este género literario se refiere a nosotros en el momento actual. La ciencia ficción reflexiona desde nuestra interpretación del ahora en lo que somos o en lo que podemos convertirnos, y generalmente es una alerta de los terrores que podemos construir en nuestro mundo.

Hugo Gernsback, nacido en Luxemburgo en 1884, pionero de la ciencia ficción de una importancia tal que los Premios Hugo se llaman así en su honor, sostenía que la ciencia ficción tenía el valor de predecir y educar. De tal manera, la ciencia ficción de calidad, aunque ahora no entraremos en la discusión de lo que significa calidad en este contexto, es siempre crítica y la mayoría de las veces sombría. No está hecha necesariamente para cantar nuestras victorias, sino para lamentar nuestras próximas y graves derrotas.

MI CAMINO INICIÁTICO
En mi familia, aunque no pudiente y particularmente con los hermanos mayores, tuvimos la oportunidad fantástica de padres jóvenes, inteligentes e interesados en que aprendiéramos. Yo creo que siempre he sido ñoño, pero cómo no serlo cuando en mi infancia jugábamos a “Julio César” de Shakespeare, en la mesa del comedor armábamos representaciones de la toma de Jerusalén por los Cruzados, platicábamos sobre las brujas de Macbeth, nos divertíamos en Chapultepec con entremeses cervantinos y en el lugar de trabajo de mi papá había una tarjetita con la frase “Si tengo dinero compro libros; si me sobra, pan”.

Empecé a leer ciencia ficción gracias a mi mamá, una mujer extraordinaria de las que desde su espacio abrieron un espacio para el desarrollo de todas las personas. Curiosa, inteligente, sarcástica, me introdujo al mundo de este género. Ella compraba en el Sanborns, pellizcando un poco del no muy espléndido presupuesto familiar, las antologías de editorial Bruguera. En el número 3 de ellas encontré lo que me parece la mejor alegoría de la educación actual.

ENSEÑAR LOCAMENTE EN EL MÉXICO ACTUAL
Escrita originalmente en 1966, año que para la mayoría de la audiencia está sumida en un lejano pasado situado entre las guerras púnicas, la peste negra europea y la segunda Guerra Mundial, Loyde Biggle nos contó las aventuras de la profesora Mildred Boltz en Y enseñar locamente (And madly teach). Desafortunadamente, las desventuras de la maestra Boltz y las exigencias de la junta educativa no nos parecen ficción a los profesores frente a grupo, con o sin Reforma Educativa, con o sin Nueva Escuela Mexicana:

–La enseñanza en Marte –dijo el profesor Kforris en tono despreciativo–. Usted no ha dado clases en ninguna otra parte y debe tener en cuenta que la educación ha experimentado una evolución, profesora Bolihs, y que esta evolución la ha desplazado a usted por completo. El hombre tamborileó sobre la mesa con todos los dedos de una mano, en demostración de impaciencia; y añadió, después de una breve pausa: –No está usted preparada para enseñar. Por lo menos en este distrito.

El estupor de la maestra crece cuando se percata de que no hay salones de clases, sino estudios de televisión, donde se evalúa a los profesores basados en el rating que logran en clases que son programas de entretenimiento.

–No hay exámenes –dijo–. Ni ejercicios que revisar. Supongo que el sistema de educación en Marte todavía emplea estas cargas inútiles que obligan a estudiar a los alumnos, pero nosotros hemos superado las edades oscuras de la educación. Si tiene usted la idea de abrumar a sus alumnos con exámenes y ejercicios, puede ir olvidándola. Esas cosas son síntomas de una mala enseñanza y no lo permitiríamos aunque fuese posible, si bien no lo es. –Sin exámenes ni ejercicios; y sin ver a mis alumnos, ¿cómo podré conocer los resultados de mi enseñanza?

–Para eso tenemos nuestros métodos. Usted recibirá un Índice Trendex cada dos semanas. ¿Algo más? –Solo una cosa –dijo la profesora Bolihs, sonriendo tímidamente–. ¿Tendría usted algún reparo en decirme por qué lamenta usted mi presencia aquí? –No tengo el menor inconveniente –replicó el profesor Kforris con tono de indiferencia–. Existe un contrato que tenemos que cumplir, pero estamos seguros de que no permanecerá usted todo el curso aquí. Cuando usted se vaya se nos presentará el problema de hallar un sustituto para terminarlo y cuarenta mil estudiantes habrán estado sometidos a varias semanas de mala instrucción. No puede usted culparnos de adoptar una actitud que es beneficiosa para usted: su dimisión, y cuanto antes mejor. Si cambia usted de idea hasta el lunes, le garantizo unas buenas indemnizaciones de retiro. De lo contrario, recuerde esto: los tribunales apoyan nuestro derecho a despedir a un profesor por incompetente, a pesar de sus años de servicio.

Este diálogo, salvo detalles mínimos, se ha escuchado en cientos, miles, de despachos de directores y patios escolares. La educación como experiencia social y transformadora no importa, aunque Biggle se atreva a ser optimista, como lo somos muchos profesores a los que no se nos pagan las quincenas a tiempo por errores administrativos, que nos enfrentamos al desprecio de las autoridades educativas y al ninguneo social, y que a pesar de todo encontramos nuestra recompensa en nuestros alumnos, que pensamos que, ante todo, nos definimos como profesores:

En la sexta planta avanzó por el pasillo para ir a su despacho, de prisa, ya que sus estudiantes estaban celebrando el éxito y no quería perderse la fiesta. Al mirar hacia delante vio cómo se abría lentamente la puerta del despacho. Se asomó un rostro e inmediatamente después una figura larguirucha cerró apresuradamente la puerta desapareciendo en la otra esquina del pasillo. Era Rodolfo –¡Rodolfo! –murmuró en voz baja la profesora Bolihs. ¿Qué hacía en su despacho? No había allí nada a no ser sus libretas de notas y algún material de escritorio, y… ¡su bolso! Había dejado el bolso sobre la mesa del despacho. –¡Rodolfo! –repitió nuevamente. Abrió la puerta y miró a su interior. De pronto la profesora Bolihs lanzó una carcajada… reía y lloraba a la vez, inclinada contra el dintel de la puerta. Luego de haberse calmado un poco exclamó: –¡Vaya…! ¿Cómo se le habrá ocurrido semejante idea? Su bolso se hallaba sobre la mesa, sin tocar. Junto a él, bajo la luz que iluminaba la estancia había una enorme y redonda manzana.

EL MAESTRO POR ENCIMA DE TODO
Isaac Asimov, en su cuento “Cuando se divertían” (The fun they had) de 1951 narra la forma en que nos pequeños en 2157 platican lo que era la escuela antigua y la comparan con la moderna para ellos, automatizada, con robots, en casa. Es importante hacer notar que Asimov no estaba de acuerdo con la especialización de los estudios ni la tecnificación de estos. Creía que ingenieros y escritores por igual deberían saber de ciencia, historia y filosofía, y lo demostró tanto en sus historias como en su carrera profesional.

Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo -Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió: De cualquier modo, tenían maestro.

-Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era una persona.

-¿Una persona? ¿Cómo puede una persona ser maestro?

-Explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.

-Una persona no es lo bastante listo.

-Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.

-No es posible. Una persona no puede saber tanto como un maestro.

-Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
Margie no estaba dispuesta a discutir sobre eso.

-Yo no querría que algún extraño viniera a casa a enseñarme.

Tommy soltó una carcajada.

-Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos iban allí.

-¿Y todos aprendían lo mismo?

-Claro, siempre que tuvieran la misma edad.

-Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.

-Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.

-No he dicho que no me gustara -se apresuró a decir Margie.

OPCIONES DE ÉLITE, OPCIONES DEL MAL
Existe en la ciencia ficción pop, como la de los Hombres X, cierta visión idealizada de escuelas para la élite física e intelectual de los mutantes, quienes en ambientes controlados, bellos y decididamente burgueses son capaces de lograr sus metas, alejados de las masas y de las escuelas públicas. Lo mismo ocurre a Ender, del controvertido Orson Scott Card, que también desde una escuela militar de muy alta exigencia se prepara para combatir a los enemigos de la Tierra y destruirlos totalmente.

Tanto en el caso de Hombres X como de Ender, se presupone que educación de calidad, que sirva para algo, solo se puede dar a unos cuantos, a una élite que está destinada a regir los destinos del mundo y no es simplemente un dato anecdótico ni mucho menos una casualidad que esta constante se dé en la ciencia ficción más ligada al consumo de productos pop.

Sin embargo, otra vertiente aún más preocupante de ciencia ficción que en las que la educación busca el fortalecimiento de una élite se da en el fenómeno creciente de la ciencia ficción aria que se está popularizando, dónde si no, en Estados Unidos.

En Hold Back This Day, Kendall Ward cuenta la odisea de una de las últimos blancos, quien administra una escuela y un malvado gobierno mundial ha hecho que se avergüence de su piel. Poco a poco Jeff Huxton, el protagonista de la novela, “aprende” a respetarse, se une a un grupo terrorista ario y viaja a una colonia en Marte donde solo hay, evidentemente, blancos.

Ellen Williams, quien fuera profesora de escuela pública en Alabama, escribe libros profundamente violentos sobre una distopía donde la pederastia es aprobada, al igual que muchas de las acciones que en imaginario supremacista están hechas para quitarle a los blancos los derechos especiales que los grupos racistas consideran legados por algún dios… blanco.

A pesar de estas obras amargas, no debemos desmoralizarlos. El arte, por tanto la literatura, deben ser experiencias liberadoras, y el pesimismo del que hablan muchos, un elemento para la crítica y el cambio.
En el prólogo a la antología 25 minutos en el futuro, Pepe Rojo y Bef aseguran que los escritores siguen escuchando lo que se dice en las calles, en los laboratorios y en las salas de juntas y buscan atisbos del futuro, vías de escape y callejones sin salida en nuestra realidad cotidiana.

Por su parte, William Gibson, recordado por su papel como desarrollador del ciberpunk, se preguntaba qué podría dar más miedo que un escritor de ciencia ficción genuinamente optimista. La respuesta no es sencilla, nunca lo es para los cuestionamientos profundos, pero algo que definitivamente da más miedo, es un mundo sin lectores, un mundo sin libros, un mundo sin ciencia ficción.

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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