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Re-creo


Alfredo Villegas Ortega


La no crónica de King Crimson en el Teatro Metropólitan de la Ciudad de México

No pude escribir la crónica de King Crimson en el Metropolitan. Lugares comunes, emociones y no razones. Como tengo la necesidad de contarlo, baste decir que me sumergí en la oscuridad de su propuesta y que salí del zócalo subterráneo al cielo lleno de estrellas. Disfruté los contrapuntos de las tres baterías (Harrison, Mastelotto y Stacey quien además toca los teclados) que de pronto eran capaces de sincronizarse o de generar algo más, mucho más, que vulgares redobles tan rápidos como estériles. Tres baterías, al frente, no cualquier cosa, una tras otra, batacazo tras batacazo. Ahora en sincronía, ahora desafiando los cánones produciendo sonidos difíciles de concebir en otra música, no sólo e rock. Y es que, ¿King Crimson qué toca? ¿qué es? Dicen que rock progresivo.

Dicen que lo fundó Robert Fripp en 69 sin saberlo, en compañía de otros músicos atípicos y creativos como él. In the court of King Crimson, fue el acetato que grabaron. Cumple 50 años y con él Fripp de maestro del arte contemporáneo. 50 años en la melancolía, el estruendo, el virtuosismo. Tantas cosas. 50 años en la creatividad que es capaz de ordenar el caos o de invitar a uno a sumergirse en ese océano apacible o tormentoso, pleno de armonía. Una armonía, cierto, no fácil de entender, pero que una vez que se logra, lo vuelve a uno rehén de su belleza y complejidad.

Disfruté como nunca a King Crimson. Cuando su debut en 1969 yo tenía 12 años y ni me enteré, porque la radio comercial no da espacio fácilmente a lo que va más allá de lo convencional. Lo descubrí más adelante. Casi en la clandestinidad. Con amigos que tenían esas joyas. Con las crónicas de Oscar Sarquiz, el maestro de maestros en el conocimiento del rock de todos los tiempos. Me fui adentrando, afectando, conmoviendo y conociendo a Crimson, con Fripp por delante y una gama excepcional de músicos que lo han acompañado en estos 50 años.
Me sentí un joven de 22 años, lloré con Epitaph, vibré con Larks tongues in aspic part two y me transporté a otra galaxia con Starless, la pieza eterna.
El bajo y stick bass de Tony Levin es también la muestra de que se puede generar algo mucho más que ritmo tras esas pesadas cuerdas. Levin, era una especie de luz, al centro del escenario. Un director de orquesta alterno, si me permiten la expresión.

Jacko Jakszyk tocando la guitarra con maestría y cantando las canciones que llevan letra, poesía de altura, en algunos casos.

Collins, un viejo integrante que se ha reincorporado al grupo produciendo sonidos de jazz o clásicos, incluso, desde el oboe, la flauta y el saxofón.
Una noche plena de recuerdos y de sensaciones únicas con un auditorio extasiado. No puedo decir más. Estaba con mis hijos quienes heredaron esta locura de mí.

Gracias a la vida, gracias a la música. Gracias King Crimson.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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