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Tarea

Cuentos en el muro

Jesús Caballero y Díaz


Va de cuento, la historia escolar de un niño contada por su abuelo

Va de cuento: un niño escuchaba a su abuela contar historias con fines de aterrorizar ingenuos o de hacernos reír: Don Pedrito era un gañan muy atrevido: un día a un lobo atemorizó a la arriería y el capitán con valentía lo ahuyentó, eso contó de su último viaje a sus comparsas, todos en la cantina fingieron sorprenderse, era el patrón, pagaba las otras, hasta que el más discreto contó: no fue con las armas, ni con sus fuerzas, fueron sus pujidos que tronando, la lava ardiente derramó como el Paricutín sobre un coyote, la carcajada fue unánime. En premio “Don Pedrito” y ante todos abrazándolo, soltó: M´ijo Santitos, tú pagas las otras. ¡Salud! dijeron todos. Cuentos de abuela para no dejarnos dormir todas esas noches que pasamos con ella, mi madre, Mi hermana y yo.

La escuela primaria en que aprendí a leer tuvo una vena de formación que es la literaria, más allá de la alfabetización, aprendí a leer lo que otros escriben: lecciones, acción de leer, tarea principal de toda la vida escolar, no hay cosa que exista que se les escape a los escritores; unos viven de escribir para los escolares, sus libros se llaman de texto; como si otros textos no lo fueran; textos de literatura o sea de letras que contienen los saberes obligatorios dela vida colegial, antes hube descubierto en mi propio hogar otros medios literarios: periódicos, revistas que contenían noticias, reportajes en imágenes, caricaturas y textos que intenté muy niño descifrar, después la escuela me enseñó a escribir mis propios textos, mis propias escrituras, de la caligrafía pasé a la redacción y en ella aprendí a pensar para escribir, empezando por descifrar los dictados de los maestros y las copias de las tareas para el día siguiente. tardíamente alguna de mis maestras nos inició en la composición literaria, decía: escriban lo que recuerden de la lección; un tomento para recordar lo oído y transcribirlo, recuerdo momentos de frustración cuando la maestra solicitaba oír la composición sin que pudiera leerla, así que recité de memoria con temor de que me descubriera; esa maestra se llamaba Virginia y era una belleza que me hacía temblar pero de la que recuerdo, le tenía mucha confianza, me dijo: ¡muy bien, escríbelo! en alta voz lo leerás, fue mi primera bella maestra de la escuela primaria, solo me duró medio año. Virginia se casó y la nueva maestra me dijo ¡ya no volverá! ese día lloré, yo no sabía que estaba enamorado, no sabía lo que era el amor, pero lo sentía y…me dolía.

Para los años sucesivos la literatura fue parte fundamental de la actividad escolar , y de las tareas domiciliarias, los libros de lectura escolar: “Rosas de la Infancia” de la escritora María Enriqueta que me hizo descubrir la poesía sobre todo su rítmica y su consonancia, con ella aprendí a recitarla en voz alta, como en ese tiempo se decía, también a comentar el breve ensayo, y con el libro de Edmundo D´Amicis Amcis: “Corazón diario de un niño” me inicié en la lectura de la novela sentimental, rica en imágenes literarias, espejo de mi propia vida proletaria y una sorpresa me esperaba en casa, a mi madre le gustó un comentario sobre ese libro y me solicitó que le lleyerá alguna lección, lloró con ella, era muy sentimental, pues era escucha cotidiana de las comedias radiofónicas, igual lloraba ante la tragedia que suspiraba ante las escenas románticas y se angustiaba con las taurinas faenas peligrosas narradas por Paco Malgesto, una vida familiar que por un tiempo nos unió.

En esos andares recordé que en mi recámara que era la bodega del oficio paterno había un cajón de madera de un metro cúbico, un mueble discreto que tiempo atrás comencé a explorar, retiré los trebejos que lo sepultaban recordando la imagen que me habían sorprendido, en efecto era una colección de cuadernos impresos que formaban libros que luego en la secundaria encuaderné: los cinco tomos de México a Través de los Siglos, Historia de México de Lucas Alamán. La Vida de los Santos del Calendario, Sacerdote y Caudillo de Juan A, Mateos, El Final de Norma de Pedro Antonio de Alarcón… y unas revistas de reportajes sobre la fiesta taurina con estampas del pintor Ruano LLopis de las suertes del toreo, incluso unas femeninas que me hicieron urticaria, toreras semidesnudas capoteando a la verónica. Los fines de semana del quinto año me los pasé ordenando aquel tesoro ante la satisfacción de mi padre que discretamente, un día ante ellos, dijo: eran para tí, son para tí, te presentí, te los guardé, ¡disfrútalos!

La literatura histórica desarrolló mi identidad como mexicano, les he contado como fue. Ahora me descubrí como un explorador del mundo exterior, con ello me hice lector de historias y de ensayos geográficos de viajes europeos sobre su expansión por el mundo en los siglos pasados, de mis propios viajes a las librerias de los tianguis regresaba a casa para aumentar el tesoro de mi padre, ahora con los libros de Julio Verne y de Emilio Salgari de viajes a la luna, a los mares profundos y las costas del sur del Asía Oriental, por cierto descubrí que los eurpeos novelaban su expansión por todo l mundo. Hice un amigo mayor: el ingenieros Álvaro Crespo, padre de una hermosura: Celia Crespo, su familia me invitaba a cenar, al principio , enamorado de Celia, temeroso acepté, El ingeniero me tomó confianza y conversó conmigo, con enorme paciencia me escuchaba ante toda su familia, su magia era la interrogación, la cual me des- ataba, me hice adicto a ellos, los amé. (más a Celia)

Los malvados de mis cuates por el aspecto exterior de la escuela la llamaban “el penal”, su portón era de acero, el gris, color de sus paredes como los de “la Peni”, esa fue mi escuela primaria: Ana María Berlanga, ahí, la pena obligada que debíamos de cumplir era de seis años liberados con un oficio certificado, con foto y firma, para lograrlos quedábamos bajo las órdenes de celadores de distintos sexos con la autoridad de retenerte y castigarte, si no cumplías te añadían otro año te reprobaban, un españolito de mi grupo preguntaba ¿así que te probaban dos veces? y el “apenitas” replicaba: no te aprobaban, no te querían como" pan bazo"; sino como “bizcocho”, Manolito quedó “de a seis”, ni tanto, llegó en el quinto grado, odiaba los libros de historia de América y de México, la parte de la dominación española era lo peor, declaraba muy formal, con arrogancia que era mentiras lo que en esos odiosos papeles mal escrito se contaba: en realidad ustedes eran salvajes, antropófagos, desde allá les trajimos la cultura, el idioma, la religión, en una palabra: La Civilización. Ardidos amenazábamos lincharlo, pero Octavio muy leído lo contrariaba: ustedes los gachupines se asustaron de nuestra civilización, de la que aquí; en ese tiempo hubo más de una cultura, más de cien idiomas ,dos mil dialectos y en cada barrio “una tatacha” hubo una religión bien organizada con templos, dioses, liturgias; penitencias castigos ,en cada casa, en cada barrio, en cada ciudad se veneraron a los dioses locales y en los templos, digo: plazas y pirámides, abiertas a todo el pueblo, escuelas para todos, hasta para los extranjeros como tú: por eso aquí te aceptamos ya eres nuestro cuate, ya puedes tronar cuetes, jugar cuicas, patolli. Sonó la campana y el estrecho cuadrante del patio se llenó de carreras, gritos y reuniones pequeñas de juegos. se suspendió el debate y entramos al combate a golpearnos" de a cuartos", a contagiarnos con la roña, a trepar el avión, el burro castigado, claro Manolillo fue en ese día, todo el recreo el burro castigado.

Vivimos los citadinos la segunda guerra mundial entre los años 39 a45 del siglo pasado prendidos al aparato de radio, decía mi mamá prende el radio para escuchar las noticias de la contienda mundial, papá llegaba muy noche, yo escuchaba su silbido y le abría puerta, con su llegada traía los diarios de la mañana, la tarde y la noche, jueves de Excelsior, y en viernes: Revista de Revistas, me ordenaba que los amontonara sobre el cajón que les describí, antes de eso mi madre me leía los encabezados que le atraían siempre con algún susto, nunca dejó de temer lo que nos tocaría, mi padre conversando nos daba su explicación sobre alguna noticia y nos tranquilizaba; al otro día antes de ir a la escuela, en la calle salíamos a jugar todos los escuincles de mi cuadra, digo de mi media cuadra, la otra, estaba vedada para nosotros, aún éramos menores de diez años, allá eran fantoches de once a catorce, presumían de pachucos y de tarzanes, acá nosotros enfrentábamos nuestros ejércitos de plomo, los proyectiles eran canicas, ganaba el que abatiera a todos los contrarios, a volados nos repartíamos los roles del antagonismo en boga :unos los aliados, otros, los del Eje, en alguna ocasión aprendimos a lanzar “cuetes” a los contrarios, primero con las brujas, unos garbanzos barnizados de pólvora que al rodar en el pavimento echaban chispas, nadie nos reprendía: la calle era para todos los adultos y los niños, juegos y e ires y venires se conjugaban pacíficamente, la cosa se puso dificil cuando aprendimos a echar los tronadores: unos cuetitos morados ruidosos, luego llegaron las palomas y años después los palomones usados para elevar latas de sardinas con su explosión, algunos días la calle olía a verdadera guerra y con ello algunos disgustos con los adultos. Esa fue la primera educación militar,eso si extraescolar.

Los enconos se dieron en nuestro barrio, no faltaron antagonismos, los adultos, también jugaban a la guerra en el dominó y en el cubilete: unos le iban a los aliados de los yanquis, otros a los del Eje, había un fiiogermanismo y un antijaponesismo, la germanidad de la cerveza hacía más adeptos en las tertulias, los adultos estaban al tanto de diplomacias, estrategias, enfrentamientos, armas no convencionales, reclutamientos por medio de especiales propagandas, a las cuales les atribuían una especie de esclavitud emocional que desafiaba a la muerte propia, que no a la del enemigo; más tarde supimos del balance del fin de la guerra en Norte América, Europa, en África, en Asia: millones de soldados y de civiles muertos antes de los veinte años, todo esto oía a veces en las charlas de los adultos , eso si, nunca oí hablar mal de los germanos ante los maestros alemanes de la fábrica de loza El Ánfora, mi padre buen amigo de ellos fueron su jefes en su primer trabajo en la ciudad de México, ellos nunca se escondieron, siempre dieron la cara como los gitanos, los judíos, los chinos, los japoneses, los españoles republicanos avecindados en la colonia Morelos, nadie los miró agraviados, con malos ojos.

Mi segunda educación militar se dio en la escuela primaria, ser aliado de los americanos nos hizo compartir su enemistad contra sus enemigos, se fomentó el americanismo militar.

Toda América: México, Centro América, Caribe y Sur posaba al lado de Norte América, incluso el club futbolero de los riquillos adoptó el nombre de América. En las escuelas primarias se hacían formaciones al entrar, después del recreo y al salir formados como soldaditos, fuimos educados musicalmente con los cantos de guerra: los pueblos de América unidos luchando por la libertad por nadie podrán ser vencidos… Juventud que levantas el vuelo, otras: En pie la juventud, valiente el corazón… Soy puro mexicano…Que me entierren en la sierra al pie de los magueyales, por ello en quinto año me apunté con mis vecinos y compas a escenificar en las fiestas de septiembre: El Canto a Los Niños Héroes de hapultepec. El coronel Munilla, padre de Perico nos facilitó uniformes de sardos militares y nos paramos con ellos frente a toda la escuela, nos aplaudieron, nos abrazaron, sentí un ruboroso orgullo. luego llegó el sexto año. La familia de Pedro Munilla se mudó a la ciudad de Oaxaca.

Salí de mi barrio, atravesé la Ciudad de oriente a poniente, primero cruzando el Centro ¡que maravilla! descubrir el mundo fuera del nido de la Colonia Morelos, del jardín de la Penitenciaría, de los negocios de mi papá, algo conocí, lo mas cercano a mi casa: La papelería “la Popular” las librerías dela calle Argentina, luego la Biblioteca de la Secretaría de Educación Pública llevado por mi madre y acompañado de mi primo hermano Luis Carrera Caballero preocupados todos por el hacer de esa institución, al fin la encontramos medio contrariados, no alcancé a hacer mi tarea ,tuvimos que regresar a la escuela primaria a las 13 horas y a r a correr y alcanzar el autobús Penitenciaría-Niño perdido que pasaba frente a la escuela. Esa tarea inconclusa fue mi primer contacto con la cultura libresca en escala, ver las paredes llenas de libros me asombró, sentarnos a la mesa con el libro prestado, buscar la información leyendo el índice que me fué indicado por la señorita bibliotecaria que vio nuestro apuro, me enseñó a emplearla, solo pude leer, nada de escribir. De pronto mi madre alertó: es hora de entrar a la escuela, entregué el libro, agradeció mi madre, salimos corriendo bueno, esto ya fue parte del sexto año de mi primaria.

Sexto año de primaria fue uno de los pasos más importante en mi educación escolar, al frente tuve al mejor maestro de toda esa escolaridad, por él tuve que comprar mi primera colección de libros de Ciencias Naturales, Geografía Universal, Historia Universal, Aritmética y Geometría, Información Gramatical y un Manual de Ortografía. El profesor Adolfo Memije fue mi primer maestro masculino tras seis con maestras. No daba clases, no dictaba apuntes, debíamos leer, responder preguntas y problemas que contenían los textos, El pizarrón, era su gran auxiliar , por su parte escribía instrucciones para estudiar, para redactar, para dejar la tarea y para revisar lo aprendido, nos invitaba a emplearlo, sobre todo en Aritmética y Geometría; mientras trabajábamos nuestras tareas, él leía sus libros, revistas y periódicos, en algunos trabajos nos permitía funcionar en equipo, no se enfadaba cuando en el grupo algunos nos parábamos para solicitar y compartir “nuestra sabiduría!”, sabía a quién interrogar, lo escuchaba, lo pasaba al pizarrón, ambos analizaban el problema, comprobaban los posibles resultados, finalmente lo dejaba tomar la decisión final, ese galán, al regresar su banca, se pavoneaba orgulloso, todos queríamos pasar al pizarrón. Con el profesor salimos de la escuela al Jardín de la Penitenciaría a jugar futbol. En otra ocasión él nos competió a los cinco camaradas más unidos a poner un número musical para una fiesta escolar, ensayábamos fuera de la escuela en casa de un su paisano guerrerense que ahí tenía piano; salimos bien librados: “Los músicos de majaladrín”. Otro día llegó con tres enormes tomos: “El libro de oro de los niños”, del que me maravilló la mitología griega: dioses, semi dioses, héroes y mortales se divertían pisándose la sombra, propuso un concurso para prestarnos los tres tomos, ya supondrán ustedes cual tomo escogí, el precio convenido fue una presentación al grupo de lo que más me hubiera gustado: Los doce trabajos de Hércules fueron mi elección, la dramaticé, le hice al loco, el grupo, me chifló, me remedó, se burló de mí y Adolfo Memije mi maestro dijo: ¡perfecto!… esto fue el teatro griego en acción ¿? no por tí Jesús; sino por la participación de tus compañeros, el teatro griego se hizo para el público, así era su participación… ¡Diez a todos! Llegó el fin de cursos, La Secretaría de Educación Pública mandaba los cuadernos de examen, fueron cuatro días "de poner a prueba nuestra sabiduría "el fin de aquella prueba llegó ,salieron casi todos nuestros compas, menos “los cinco músicos de Majalandrín”, nos miró de frente y nos encargó la revisión de todos los exámenes, confiando en nuestra honradez, trabajamos como locos, elegimos cada uno, una asignatura, de pronto aparecieron los de peores calificaciones y les echamos una manita. Adolfo Memije nos entregó a todos nuestros, certificados de conclusión de educación primaria delante de la mayoría de nuestros padres, acompañó al "Apenitas " a su domicilio, los cinco músicos fuimos a casa de Octavio Jaramillo, tuvimos una merienda de chocolate y y pastelillos. nos despedimos y nunca nos volvimos a ver.

Aquello fue el fin de mi infancia, ahora les relato para hacerles ver la circunstancia social de mi existencia, la Colonia Morelos fue en el virreinato la Hacienda de Lecumberri, un vasco que fue obligado por aquel gobierno a destinarlo a los talleres de los oficios manuales que requerían en su vida americana los españoles que nos gobernaron, sus calles aún llevan los nombres de los oficios que ahí se establecieron, ya en La República , sin yo saber cuándo, la llamaron la colonia de la Bolsa: un sistema mercantil callejero proveedor de las mercancías para el consumo cotidiano, familiar e industrial, luego se conectó con el barrio de Tepito. Acompañando a mi madre descubrí su enormidad; ya sin ella, con mis vecinos infantiles lo recorrimos para comprar patines usados, manoplas, pelotas y bates de de beisbol. Yo personalmente iba ganando autonomía, descubrí los puestos de libros y revistas usados y empecé a hacer mi biblioteca, primero con las revistas infantiles argentinas, los libros de cuentos españoles y ya en la adolescencia: un gran hallazgo: los libros lectura y ciencias de la época porfiriana, me fascinaban sus ilustraciones y sus lecciones, mi madre también los revisaba y me contó que nunca tuvo en sus manos en su primaria ninguno de ellos, mi padre coqueto le advertía que no era, no fue porfiriana , si lo hubiera sido, sería su mamá.

Nací en los últimos años del Cardenismo presidencial, hice la primaria durante el gobierno del general Ávila Camacho, así que pasé de la Expropiación Petrolera la segunda Guerra Mundial, viví la educación socialista y la educación democrática del año 1946; aunque los padres no olvidaban los logros cardenistas, los recordaban: nuestro petróleo, la valoración del trabajo de los obreros, el empeño en sostener la defensa de sus derechos laborales constitucionales, entre ellos el derecho de huelga para la exigencia de la mejoría de sus condiciones laborales, sin olvidar que el pequeño comercio fue alentado para atender a las necesidades de las familias proletarias y burguesas como las de mi barrio,así como el apoyo al sistema de transporte particular que unió a las colonias y barrios de la ciudad con los cuales podíamos recorrer porsu diversos circuitos por medio de “las líneas de autobuses”, las de los tranvías del gobierno y los taxis libres tabién paticulares, por cierto debo reconocer que entoces éramos el Distrito Federal , sede de los poderes de laUnión.Vivimos el inicio del desarrollo aburguesado de la clase media, sin pertenecer a ella, quienes la gozaron se reconocían ajenos al proletariado,se desarraigaban, se vendían a un nuevo gobieno, a nuevos patrones contrarios a los ideales y planteamientos revolucionarios, se vivió también la represión policíaca y administrativa de la huelgas de trabajadores en defensa de sus derechos, incluso con la violencia policíaca callejera, la cárcel de su líderes y establecimiento de un estado burgués destinado a favorecer el desarrollo industrial y comercial convenido en la alianza de México con los Estados Unidos contra los países de El Eje Europa-Japón .En esa alianza, a las empresas americanas que se establecieron en la ciudad se le les concedió una relajación de los derechos laborales de los obreros y empleados. una nueva clase media orgullosa aquí creció. Las cuentas nacionales se subordinaron a las cuentas de las empresas extranjeras y no al revés. A sí que este cuento por hoy, aquí concluye.

Pueblo de la Candelaria, Coyoacán

Ciudad de México a 26 de agosto del 2019.

Jesús Caballero y Díaz
Maestro y formador de docentes

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