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LA CLASE

Tema del mes

Fedro Guillen


Mi calaverita

Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos.

Carlos Fuentes

Yo era un niño pazguato. Cuando hago la anterior declaración no crea que me estoy tirando al suelo para que me levanten; en lugar de jugar con mis amigos en la cuadra leía obsesivamente, todo me daba pena y pensaba que el radiotécnico era lo que en mis tiempos se llamaba crípticamente “robachicos”, lo cual era una imbecilidad ya que más tarde descubrí que era el hombre más bueno del mundo.

No le cuento esto porque crea que es particularmente interesante, en realidad es un pretexto para hablar de mis cambios de rutina infantil que eran pocos siendo quizás el más destacado el del Día de muertos. Tema en que, con una ingenuidad asombrosa, las mujeres que hacen Diarios en tacones me pidieron mi inferior opinión.

El rito era rarísimo y yo nunca sabía con claridad si el 1 o 2 de noviembre era el Día de muertos, lo que sí sabía es que si uno se quería hacer de unos pesos tenía que salir disfrazado de la forma más temible (mi amigo Paco dejaba sin vendas a su abuelo en su caracterización de La Momia) y cargar una calabaza podrida con una vela adentro. Dicha cucurbitácea estaba vacía y era menester hacerle ojos y una boca —que a mí siempre me quedaba chueca— para luego salir a la calle con mi calabaza hemipléjica para pedir dinero a los transeúntes: “¿No me da para mi calaverita?” era la pregunta que podía tener respuestas diversas como una moneda de a veinte o un “no estén chingando”…fueron años felices.

Mi relación con la muerte es la que creo que se debe establecer, con resignación, pero también con la certeza de que hay que vivir los duelos y rescatar lo rescatable. En el año de 1994 mi padre murió en un accidente, a la semana escribí esto en mi columna y espero su clemencia para reproducirla en este espacio porque, sin duda, explica mis vínculos con los que amamos y se han ido:

Estoy seguro que Fedro Guillén sonrió —con aquel gesto tan suyo— cuando escuchó al cura que lo despedía en la agencia funeraria elevar una plegaria por “Pedro Guillén”. Estoy seguro porque así era él, un hombre que compartía su espíritu juguetón con todos los que lo queríamos. Hace muchos años, un señor que lo observaba fijamente se acercó para preguntarle: ” ¿Es usted el maestro Jorge Guillén?” “Servidor”, repuso instantáneamente. Tiempo después el mismo hombre lo volvió a encontrar y cruzó la acera llamándolo: “Don Jorge, don Jorge”, con enorme desvergüenza mi padre hizo un ademán y dijo: “Desde luego usted me confunde”, sumiendo al pobre infeliz en un conflicto esquizofrénico del que dudo se haya recuperado algún día.

Cuando estaba de vena, Fedro Guillén imitaba a María Félix, (así, con la ceja bien alzada), sostenía una escoba con los dedos para demostrar la fuerza de sus falanges o cantaba con timbre de tenor como Pedro Vargas. Era un hombre que pintaba su coche con brocha del dos y se escandalizaba ante los precios de las cosas. Fedro Guillén era un salteador de caminos que a la menor provocación encandilaba a sus amigos en empresas de alcances mitológicos, como organizar una mesa redonda en honor de Heliodoro Valle o adoquinar un patio con loseta de cerámica.

Recuerdo el calor de su mano cuando me llevaba a visitar el nacimiento que, año con año, Carlos Pellicer preparaba en su casa de las Lomas. ¡Qué prodigio era ver a esos burros y borregos al pie de un pesebre perfecto! De repente y sin aviso, surgía la voz portentosa de don Carlos relatando algún poema que yo desde luego no entendía mientras los foquitos de salva simulaban el atardecer de Belén. Pellicer fue para él un amigo excepcional.

Recuerdo también las francachelas monumentales que corría con sus amigos en la casa morelense del constituyente Francisco Ramírez Villarreal, un viejito que después de dos cubas, se levantaba la camisa para enseñar las huellas de los balazos federales. En esas reuniones se servían los tragos con una generosidad impropia de estos tiempos. Mi padre nunca fue fuerte ante el alcohol, al tomar sufría una transformación dolorosa y depresiva. Cuando se recuperaba, inmediatamente corregía los desbarajustes que había provocado. “No se trata de justificaciones. Yo sólo deberé salir adelante y creo poder hacerlo”, me escribió el 15 de marzo de 1992.

Hace un año señalé en estas páginas que Fedro Guillén había estado siempre del lado correcto de la mesa. Hijo de un gobernador maderista que salió exilado a Guatemala, mi padre desarrolló desde muy joven una vocación humanista que nunca lo abandonó. En 1951 llegó a la embajada de México en Guatemala y en el verano de 1954, cuando los norteamericanos promovieron un golpe de estado en contra del presidente Arbenz, participó con enorme dignidad en la gestión de asilo hacia los guatemaltecos perseguidos por los militares. Mi padre amaba a los animales. Recuerdo las visitas al albergue de Lina Boytler en busca de un perro para la casa. La llegada de la “Rodolfa”, un can que comía libros revolucionarios, seguramente enviada de la CIA. También amaba los deportes y para dar fe de esa afición, se inscribió, con Juan José Arreola como pareja, en un torneo de tenis de mesa, en el que hicieron un papel –digamos– decoroso.

Fedro Guillén admiraba a Tolstoi, a Gandhi, a Rolland, escribió un libro sobre Luther King, al que respetaba muchísimo. Sus objetos de culto eran una obsesión para él. Un día que celebraba mi cumpleaños me propuso un trato: “Vayamos a ver a quien más admires”. Desde luego elegí a Enrique David Borja García, el muchacho de la San Rafael, el goleador del América. Subimos al coche y enfilamos hacia la colonia Doctores donde Borja tenía una tienda de deportes que él mismo administraba. Lo encontramos y me comporté como un badulaque en su presencia. Mi padre me compró un uniforme de futbolista y salimos finalmente de la tienda con un balón autografiado por mi ídolo. “Ahora” dijo “vamos a ver a una persona que yo admiro mucho”. Llegamos a una casa con un jardín enorme y de pronto, por una puerta apareció Lázaro Cárdenas, nos saludó con gran amabilidad. Estupefacto le susurré a mi padre: “Ese señor aparece en mi libro de texto”, todos rieron. Allí nos quedamos un par de horas, nos despedimos y subimos de nuevo al coche, cuando miré a mi padre me di cuenta que en ese momento estaba muy contento, apreté mi camisa de los pumas y yo también me sentí feliz.

Le encantaba contar anécdotas en la tertulia sabatina. Mi favorita, la que provocaba mis carcajadas de niño, era la de un hombre que se acercó a Rubén Darío cuando el poeta viajaba, borracho y de mal humor, en un tren antediluviano. “Usted ha creado una escuela maestra”, dijo el inoportuno; Darío replicó: “Yo no tengo escuela, no sea usted pendejo”.

En 1973 y por un accidente (su amistad con Echeverría) se hizo diputado por Chiapas; logró un camino para su pueblo, el nombre de Lázaro Cárdenas en letras de oro y una respuesta improvisada al cuarto informe presidencial. En realidad, su vocación era el periodismo, que ejerció durante más de cincuenta años con profunda honestidad y limpieza.

Fedro Guillén dio clases 37 años en la universidad, sospecho que era un barcazo queridísimo por sus estudiantes que lo buscaban para platicar con él y recetarle teorías infumables sobre Sartre, que escuchaba con una paciencia que siempre me pareció excesiva. Todos los sábados discutíamos; en el juego ideológico él era un revolucionario de cepa y yo representaba, paradoja de paradojas, a la reacción que pedía ajustes democráticos en Cuba. Ninguno de los dos tenía razón, pero hoy entiendo que esas discusiones eran un ejercicio esencial en nuestra relación.

Fedro Guillén produjo 37 libros, algunos mejores que otros. ¿Era un buen escritor? Permítaseme ofrecer un botón de muestra; es el inicio de su libro Rodeada por el sueño, dedicado a su madre: “La evoco en distintos tiempos y lugares, con instantaneidad de faro apuñando sombras. Vamos a bordo de un ferrocarril sonámbulo atestado de gentes pobres, hace calor y la tarde declina con un cielo aceituna y ese rojizo, estriado antifaz que se pone el sol en los trópicos. Suena al fondo una guitarra y una voz desleída avanza entre ráfagas cálidas. Me unto al vidrio semiopaco para apresar el paisaje y enoja ver a alguien a duermevela cuando el mundo está iluminándose para nosotros. Iluminándose, como todo en esta vida, para luego sucumbir entre las tinieblas. En las estaciones surgen nombres caprichosos, “Rodríguez Clara”, “Rincón Antonio”, “Oriental”, el pueblo se amotina, vende comidas y golosinas pasadas de fecha, va y viene con bultos, dialoga con extraños a gritos, es el clásico “barullo” de que habló el poeta Blanco de la imagen disparada desde algún trenecito jadeante camino a Zacatecas…”.

Tiene razón Eusebio Ruvalcaba (gracias, maestro) cuando dice que a quienes se nos ha muerto el padre parecemos seres descarriados. Tiene razón cuando dice que el tiempo no se lleva ni cura nada porque el madrazo se sigue sintiendo igual. Sólo nos queda un recuerdo que no hay que construir ni alimentar, tiene una vida propia o simplemente no existe… Descanse en paz Fedro Guillén.

Fedro Guillen
Fedro Carlos Guillén (ciudad de México, 1959). Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia, cuenta con más de 30 libros y ha publicado en prácticamente todos los diarios de circulación nacional y en diversas revistas como Nexos y Etcétera. Es autor de Crónicas de la imbecilidad (1998), La sala oscura (2002), Crónica alfabética del nuevo milenio (2003), Digresiones con resortera (2004), El libro de las excepciones (2008). En el mismo año, se incluyeron cuentos suyos en las antologías Atrapados en la escuela y Prohibido fumar. En 2009 publicó la novela Soñé con Rocío Dúrcal en el sello Debolsillo. En 2011 obtuvo el tercer lugar en el Certamen Literario Internacional Sor Juana Inés de la Cruz con su novela La traición de Bertrand; actualmente se encuentra en prensa su libro de ensayo Tres veces te engañé.

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