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Usos múltiples


Jorge Arturo Borja


Jauría

Dice Randall Jarrell que un buen poeta es alguien que “pasando una vida entera en el exterior expuesto a todas las tormentas, consigue hacerse fulminar cuatro o cinco veces por el rayo”.

En ese sentido, los autores reunidos en esta antología, son una especie de llovizneros —cofradía de los volcanes dedicada a dirigir las nubes de lluvia— que se identifica por los rayos emocionales, económicos, existenciales que los han fulminado, y en esa condición de damnificados de la vida se reúnen en estas páginas.

No se distinguen por la búsqueda de un premio, de una beca o de un prestigio, sino simplemente por la necesidad, como pedía Rilke, de escribir; por la maldita costumbre de escarbar en sí mismos y extraer la oscura podredumbre humana para convertirla en versos afilados y desnudos. Poetas callejeros que además de sostener una rosa en la mano, muerden una daga entre los dientes. Pistoleros de distintos calibres y punterías, que se abisman entre las grietas de su encallecido corazón. Jauría de distintas edades y tradiciones, que nunca ha tenido el talento necesario para prosternarse ante el amo.

Muchos de ellos preferirían ver sus versos escritos en las paredes de algún baño público que entre las letras de oro de la academia. Poetas que con versos sacrílegos, moridores y obscenos son capaces de bajarle la mujer al más machín del barrio. Valdría la pena copiar cualquiera de estos textos en un baño y sobre su título advertir: Poeta el que lo lea. Y al final, en vez del nombre del autor, rematar con un Poeta yo. Tal vez, de esta manera, habría más poetas y menos pendejos.

En fin. Valdría la pena leer y releer estos textos para que sepamos, de una vez por todas, que el ejercicio de la poesía no es un vals, sino un duelo al sol del que nadie sale ileso.

22 de julio de 2019

Jorge Arturo Borja

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