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Deserciones

Cuentos en el muro

Alfredo Gabriel Páramo


Clase modelo

Negro, pero lleno de pequeñas luces que se mueven, ruedas dentadas verdepudrición, amebas rosamuerte, gusanos azulhisteria. Los murmullos del exterior apenas logran penetrar como un ronroneo felino ominoso esa negrura espesa que ocupa el lugar donde antes estaba tu mente, y apenas puedes pensar que lo mejor del mundo sería vomitar todas tus entrañas, que tal vez así te sentirías mejor. No puedes abrir los ojos porque la otra luz, la blancapureza, la amarillavida derretirían no solo los glóbulos oculares sino todo el sistema nervioso que trata de arreglárselas sin el apoyo de la mente que ahora es un caldo podrido lleno de dolor.

La parte reptil de tu cerebro, esa que siempre está alerta aunque no sea muy lista sabe que afuera de lo negro hay voces que se dirigen a ti, primates que te miran curiosos y burlones mientras te vas sumiendo en la inconciencia semiconsciente de un cerebro atacado por su propio sistema circulatorio que funciona mal y activa algún pequeño error de la corteza cerebral ocurrido durante el desarrollo intrauterino para provocarte el peor de los malestares.

Porque —¡carajo!— estás sufriendo un ataque de migraña épico, como los que padecías en tu ya tan lejana y aparentemente inventada adolescencia, precisamente ahora que empiezas a impartir la clase modelo en esta universidad tlaxcalteca que “te está dando una nueva oportunidad, y aunque sabemos tu trayectoria y tu experiencia, pues te vamos a pedir una clase muestra, ¿sabes? es como requisito, nada más, y eso porque estamos comprometidos con la calidad y pues hay que llevar algunos procesos y aunque, ¿sabes?, es como si dijéramos que ya estás dentro, pero sí, qué pena, tienes que dar la clase…”, te dijo el RH gordito con doctorado en Austin y no más de 30 años.

Y acá estás, cagándola como si te dieran puntos SNI por eso, ante un grupo de RHs y directivos que se divierten viendo la forma en que te arrastras ante definiciones confusas, cómo no entiendes las preguntas que te hacen. Seguramente están pensando que vienes borracho, ¿no todos los maestros son bien pedos? y que por eso sudas como los proverbiales puercos, porque los verdaderos no lo hacen, y traes puesto un saquito pedorro seguramente comprado en un puesto de la calle, y que la reliquia vintage de corbata Jerry Garcia que usas no es más que una muestra estridente del mal gusto para vestir de todos los profes de sociales y humanidades.

Empiezas a ver el exterior. Los RHs muy monos, con sus trajecitos corrientones, pero nuevos, y sus corbatas lisas te miran interesados, piensas que como los cuidadores de la perrera municipal cuando ven cachorros que van a gasear. Terminas la penosa clase muestra sintiéndote la persona más ridícula del universo, no por la migraña sino por estar tratando de quedar bien con esos desclasados que te agradecen que hayan ido mientras te prometen que, seguro, ellos te avisan, nomás pasan su reporte al director.

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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