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Re-creo

Trazando sensibilidades

Armando Meixueiro Hernández


Evocar, invocar, convocar: Presentación del CD “Ven a mi pobre cabaña. El Musitreto”

Introducción
El siguiente escrito es un plagio, un replanteamiento y una recreación de las conversaciones y el intercambio de ideas e impresiones que tuve particularmente con Vivi, el autor del libro (el Mamotreto) titulado Ven a mi pobre cabaña (Colección Vuelta de tuerca, 2018); y también es resultado, en menor medida, de las charlas y entrevistas sostenidas con muchos de los familiares involucrados en este segundo proyecto, que se ha titulado “Ven a mi pobre cabaña. El Musitreto, y que obviamente aparece como plagio, replanteamiento y recreación del Mamotreto.

Así es que, además de al pana David, agradezco la participación comprometida de Jarvi (Javier Hernández Meijueiro), y su socio Pablo Nuñez. Agradezco a todos los que colaboraron en el proyecto y que se pueden distinguir en el impreso del CD. También agradezco a los productores de este evento, comida-presentación: por supuesto a Carmen, cómplice y convocante de todas estas locuras. A mis chompadres Jaime, Felipe, Rodolfo, por el apoyo invaluable en la organización y elaboración de los videos.

Espero que se entienda el plagio, el replanteamiento y la recreación que implica realizar un proyecto delimitado por una obra original y que por tanto, se nos juzgue con benevolencia. Debo confesar que el Musitreto nació con la pretensión de extraer la esencia musical que poseía la obra literaria. Del mismo modo, este escrito intenta extraer y plagiar muchas de las ideas que Vivi me hizo llegar en el texto que redactó para este evento.

Evocar, invocar, convocar
El canto es tal vez el mejor recurso que se ha inventado el hombre para mantener la memoria viva. Si bien, los gestos pudieron ser la primer forma de comunicación en la prehistoria humana y la oralidad pudo constituirse como la más estable y sistemática manera de intercambiar sentimientos e ideas, las canciones, esa conjunción entre música y versos, son un potente medio evocador de emociones y pensamientos, expresados en forma amalgamada.

Según el Breve diccionario etimológico de Guido Gómez de Silva (1985), evocar significa “llamar, sacar algo desde adentro, recordar.” Un término complementario sería invocar, que etimológicamente significa “llamar, traer algo desde afuera.” Evocar nos hace renacer vivencias del pasado; mientras que invocar nos incita a traer, aquí y ahora, sucesos, cosas o personas del entorno. De este modo, el canto y las canciones poseen la virtud de evocar e invocar. Y cuando esto lo compartimos con otros, no sólo evocan e invocan, también convocan. Convocar significa “llamar, pedir que se reúnan, citar.” Veamos si estas afirmaciones que acabo de hacer son convincentes.

El canto y las canciones han jugado un papel primordial en el desarrollo de nuestras vidas, aunque no lo tengamos claro o no gocemos del regalo de la entonación. Al parecer, la mayoría de los Hernández Labastida y muchos de sus herederos, no fuimos agraciados con esa virtud. Creo recordar que fue mamá Coco quien me platicó que en una ocasión, tío Rodolfo Vera, luego de estar tocando el piano y de insistir, una y otra vez, en que cantara ella, finalizó la melodía diciendo: “Ay Socorro, tienes oídos de artillero.” A partir de esa anécdota, procuro repetir para mí esa conjura en cada oportunidad en que me invitan a cantar, salvo cuando estoy ebrio. De ese modo me atrevo a cantar sin ningún pudor.

Regreso a los argumentos sobre el canto. Si pensamos en las canciones infantiles que nos han marcado, indudablemente que recordaremos: ”A la rorro niño, a la rorro ya, duérmase mi niño, duérmaseme ya…” o “Pimpón es un muñeco muy guapo y de cartón, se lava la carita…”; o “El patio de mi casa es particular, se moja y se seca como los demás…”

En México y a partir de la década de los treinta del siglo pasado, gracias al radio, es imposible olvidar: ”Allá en la fuente/ había un chorrito,/se hacía grandote…”; “¡Toma el llavero abuelita/ y enséñame tu ropero!..”; “Caminito de la escuela/ apurándose a llegar…”; “Che Araña/ baila con maña,/ hay que contar…”

Y bueno, para nuestras generaciones más recientes no quiero dejar de mencionar: “Si las gotas de lluvia fueran de caramelo…”; “¿Estrellita donde estás? quiero verte cintilar…”; “Te quiero yo, y tú a mí, somos una familia feliz…”

Y si dejamos destapar la influencia del cine infantil, con cierta vergüenza y desafinando, podría cantar: “Ay ho, ay ho, a casa a descansar…”; o con la voz de Tintán, “Busca lo más vital, no más,/ lo que es necesidad, no más,/ y olvídate de la preocupación…”; y para generaciones más jóvenes, qué les parece: “Hakuna matata, una forma de ser, Hakuna matata, nada que temer/ sin preocuparse es como hay que vivir…”

En fin, sospecho que a estas alturas del discurso, infinidad de canciones ya resuenan en nuestras mentes (evocadas, invocadas, convocadas). Sólo me gustaría señalar aquellas melodías que también han forjado nuestra adolescencia y juventud. Por ejemplo, las canciones religiosas.

Un amigo del grupo de Renovación Carismática en la Parroquia de La Esperanza, subrayaba que era una ironía escuchar cantar a las viejecillas de la Iglesia eso de “Te ofrecemos Señor nuestra juventud…” o que cuando se perfilaban a la comunión, entonaran: “No podemos caminar…”

En el caso de la familia Hernández Labastida y los descendientes, el canto religioso ha tenido gran impacto. Sólo por ejercicio rememoremos algunas canciones: Pescador de hombres, Aleluya, Tuyo soy, El señor es mi pastor, Entre tus manos, Qué alegría cuando me dijeron, Saber que vendrás, Bendeciré al Señor… Que por cierto, esta última es una canción compuesta por nuestro querido Mike Sequeyro, de la que se obstina constantemente en negar. Del mismo modo en que niega poseer un casette histórico, donde está grabada toda una reunión bohemia de la familia, que data de septiembre de 1975, cuando se celebró el 40a aniversario de tío Miguel, en su casa de Miramar.

Los rumores detallan, porque el documento audiográfico permanece en secreto, que allí asistieron los abuelos, Coty y Mita, los hermanos, primos y cuñados, además de uno que otro colado de Coyoacán, del PAN y de la Acción Católica.

Dicen que en las grabaciones del misterioso casette se escuchan las típicas risotadas Hernández y el barullo atronador de conversaciones, vasos y botellas. Se advierten también muchas de las canciones que en esas reuniones se interpretaban, armonizadas por los tíos Fitín Sequeyro en la guitarra y Rudolf Vera en el piano y la guitarra. En la cinta magnética se reproducen las melodías Muñequita mía, Amémonos, La barca de Guaymas, Un Madrigal, Indita mía y Mujer… Pero hay un momento, aseguran que en el minuto 18 y medio de la audiocinta, en que se oye un guitarrazo pulcro del tío Fitín y comienza a cantar “Adiós muchachos, compañeros de mi vida…”; luego de aplausos y carcajadas, Fitín vuelve con la guitarra destilando las primeras notas del tango Pedacito de cielo. Y entonces se percibe un afinado bandoneón que acompaña los acordes. Los arpegios de ambos instrumentos se van articulando de un modo inusual y maravilloso hasta que desembocan en la voz plenamente acompasada del tío Fitín. Una extraordinaria versión jamás escuchada, manifiestan los que saben.

Muchas conjeturas se desprenden alrededor de la audiocinta y la extraña interpretación del tango Pedacito de cielo. Se preguntan quién estaba tocando el bandoneón y cómo es que sólo se escucha en esa melodía. En ningún otro tramo del cassette Philips SQ-C60 se oye de nuevo ese instrumento musical.

La versión más difundida sobre la asombrosa melodía argentina grabada en el cassette, confirma que fue el diputado José Ángel Conchello, invitado especial del festejo, quien extrajo el bandoneón de su automóvil al escuchar, en primera instancia, la famosa canción de Gardel; y se ha corroborado que fue el mismo político panista quien le endilgó el bandoneón a tío Rudolf, desafiándolo con el siguiente tango. El tío Vera respondió sin escrúpulos al duelo, y acomodándose el instrumento musical, acabó elaborando, junto con Fitín, una de las interpretaciones más conspicuas de Pedacito de cielo.

Nada se sabe de lo que ocurrió después con José Ángel Conchello ni con su bandoneón. Todo permanece en el misterio y en la fragilidad de los recuerdos aderezados por el alcohol, que se escurrían generosamente aquel día.

En cuanto a la legendaria audiocinta, existe un testigo del clan de los tangueros al que pertenecía el tío Fitín, que confesó haber escuchado, en un cassette Sony HF de 60 minutos, esa inusual interpretación, con bandoneón y guitarra, de Pedacito de cielo. Él la propuso, embelesado, para ser transmitida en un programa de radio, pero también admitió que al pasar por los oídos de Jacobo Zabludowsky, líder indiscutible de ese clan, éste aprovechó la coyuntura y se apropió de la cinta magnética, aumentando su colección personal de tangos exclusivos y excepcionales.

Casi todas esas suposiciones resultan inconcebibles. Tal vez de lo único que tengamos certeza, y no deja ser una conjetura más, es de aquellos cantos que se realizaron en aquel festejo de septiembre de 1975. Permítanme, de nuevo, el recurso literario:

Imagino a Mita, en medio de todo el alboroto habitual de los Hernández, sentada, observando con sus ojos resplandecientes y cantando con su voz tenue y entonada. De pronto se oye una petición del festejado:

—¡Compadre, tócate ahora Indita mía!

—¡No Mike, tú cantas berrendo! —exclama Ramón, su hermano, preludiando una carcajada que se vuelven risotadas generales.

—Viejo, mi mamá quiere cantar la de “Ven a mi pobre cabaña”. —Sugiere Socorro al tío Rudolf Vera, que tiene la guitarra entre sus manos.

—Sí, Socorro… —Responde Rodolfo sin dejar caer el cigarrillo.

—Oye Cielo, acaba de llegar Ángel, Ángel Conchello. —Interviene tía Mary, informándole al festejado.

—Sí, Cielo, ahora lo saludo. —Responde tío Miguel.

—¡Viejo, que si tocas La Cabaña, mi mamá la va a cantar!

Y entonces el escándalo de voces, ruidos y risas queda subyugado por las primeras notas de una melodía. Y la voz suave de Mita convoca a la familia Hernández Labastida.

Estado de México, 7 de julio 2019

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

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