Usos múltiples

El timbre de las ocho



Docencia y salario digno

Caminando por una playa de la Costa Esmeralda en Veracruz, solitario como es su costumbre, y contando los días que quedan de las escasas vacaciones del verano, César Labastida Esqueda deja volar sus pensamientos, como cuando navega, sin ton ni son, por el cyber espacio. Pero se le ha encajado un pensamiento que lo detiene en la arena húmeda de una pequeña duna costera, luego de que le ofrecieran unos ostiones frescos y tuvo que rechazarlos porque, a pesar del antojo, ya no le alcanza el dinero dispuesto para esos días de descanso. Ese terco pensamiento se resume en dos preguntas insidiosas:

¿Cuánto debe ganar un maestro para tener una vida digna?

¿Por qué el tema salarial siempre es tema tabú, casi imposible de tratar en cualquier parte, aún en una sociedad que se presume transparente?

—¡El capitalismo! —Se responde de inmediato a sí mismo con la segunda pregunta, viendo la lontananza de las olas que se pierden en el horizonte. —El capitalismo es quien tiende a mantener el salario como algo sucio que debe permanecer oculto.

“Es como un secreto que permite su existencia”, continúa en su reflexión el profesor, “todos quieren ganar más y suponemos que los demás tienen para ganar más. Por eso todo se juega en la apariencia, en el aparentar que se tiene, que se posee.”

El salario no es un tema común en las familias (los hijos no saben cuánto ganan los padres y la mayoría de las veces tampoco los parejas) tampoco es un tema común entre los amigos. Y es de muy mal gusto hacer comentarios al respecto en los trabajos y ni hablar de solicitar una mejora salarial. A veces ni la Secretaría de Hacienda o la presidencia sabe cuánto se gana en promedio en el país. Lo que si saben es que es insuficiente.

Las personas individualmente deciden como sobrevivir o en que gastar, guardando celoso silencio sobre lo que les pagan, casi siempre poco, para las expectativas que son muy grandes en una sociedad dominada por el consumo, el mercado y la sobre oferta de servicios y productos. También casi siempre permanecen callados sobre lo que no les alcanza. Como si fuera culpa de ellos. Lo curioso es que los individuos siguen con su batalla resignados al silencio.

La primer pregunta que se formuló, le interesa más al profesor Labastida. Le parece que meditar en el trabajo docente es todo un reto, porque la persona dedicada a la enseñanza, en nuestro país, en otras partes del mundo y de manera histórica, ha sido considerada como un profesionista de segunda y por tanto, su salario no es suficiente, es un salario de segunda. Las razones que esgrime son: por el nivel de los estudios, ya que antes, los maestros sólo llegaban a la educación media superior; otra causa es porque no se tenía la jornada salarial completa; o porque las autoridades y sindicatos han sido corruptos; o porque no se considera al docente determinante en el sistema educativo… La lista puede seguir y ser muy larga, se dice César, sentado en la playa y viendo el sol.

Y las cosas se agravaron, continúa en sus disertaciones el vacacionista, cuando la política pública del estado (no de los maestros) les obligó a concursar, a pelear entre sí, a ser evaluados, para mejorar sus ingresos. De este modo, llegaron las carreras magisteriales, las becas, los estímulos al desempeño, las exclusividades, los estímulos por dar clase, por estar mejor preparado, por ser más productivo. Es decir –asevera César con los ojos cerrados. —se les comenzó a tasar según lo que el Estado y las Instituciones les demandaban. Y los maestros lo aceptaron también en forma individual, porque no les quedó de otra.

El profesor Labastida se levanta de pronto, sacude la arena del short que publicita al club deportivo Pachuca y le exclama al mar, en voz alta, como si estuviera en el parlamento:

—¡El maestro debe ganar un salario digno que no obligue a trabajar todo el día! ¡Y debe tener una vida equilibrada y feliz! ¡No a las becas, ni a los estímulos! ¡Mueran esas políticas que segregan y aíslan!

La playa se ha ido quedando sola, algunas gaviotas emiten sus graznidos; a lo lejos el profe Labastida vislumbra al joven que le había ofrecido el coctel de ostiones frescos; le hace señas para que se acerque, mientras despoja de la cartera el último billete que atesora.

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