6687_fmi
LA CLASE


Pablo Martín-Aceña


¿Quién mató al lobo feroz? El FMI: 75 años de historia

El 22 de julio de este año se cumplen 75 de la conferencia de Bretton Woods. En 1944, representantes de cuarenta cinco países aliados lograron un Acuerdo unánime del que salieron el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (Banco Mundial).

El Fondo haya sobrevivido a siete décadas de profundas transformaciones de la economía mundial. Criticado, vilipendiado, ninguneado por los grandes países industriales y señalado como responsable de la pobreza por los países menos desarrollados. El pozo de todos los males económicos del mundo. No siempre ha cumplido sus objetivos de partida, ni tampoco ha acertado en el diagnóstico de las crisis financieras. Pero, alguna virtud tendrá que ni las naciones ricas, ni las pobres han pedido su desmantelamiento. Es una organización superviviente porque se ha adaptado a los cambios y ha mostrado un notable grado de flexibilidad. En la actualidad cuenta con un total de 189 países miembros. Es una institución universal, más de lo que fue el Sacro Imperio Romano, o cualquier otro imperio posterior.

La creación del FMI se gestó durante la Guerra Mundial y nació para que no se repitieran los errores del pasado, los cometidos en el Tratado de Versalles de 1919 y durante la Gran Depresión. Para evitar la fragmentación monetaria y financiera del mundo, que para muchos estuvo en el origen del nazismo, del fascismo y de los nacionalismos rampantes. Su fundación se negoció entre los Estados Unidos, con Roosevelt en la Casa Blanca, y los británicos, con Churchill en Downing Street. Los fraguaron dos economistas excepcionales, Harry Dexter White, por el lado de Washington, y John Maynard Keynes, por parte de Londres. Ambos persiguieron un objetivo común: una economía de mercado abierta, sin trabas al comercio internacional, con monedas estables y convertibles. Se impuso el plan del primero, por el peso de los Estados Unidos y porque era más abierto, menos “imperial”. Se preocuparon de que la Unión Soviética participara, y lo hizo, aunque luego Stalin, enemigo de la propiedad privada y el mercado, no ratificó el Convenio Constitutivo.

El Fondo Monetario Internacional es un organismo técnico. Presta dinero, supervisa la economía de sus socios y ofrece asistencia técnica. Los países llaman a la puerta del Fondo en situación crítica, cuando sus economías se asoman al abismo, los desequilibrios son insoportables y la enfermedad se encuentra en estado avanzado. Una institución a la que pueden acudir cuando tienen los mercados cerrados y las entidades financieras privadas les dan la espalda y tampoco encuentran donantes amigos en otras naciones. Los 189 gobiernos adheridos al organismo tienen el portal abierto de un prestamista en última instancia: ¡un prestamista, no se olvide, que concede créditos con condiciones! Porque el FMI no es una organización caritativa, ni una ONG, ni concede becas. Existe porque el mundo es interdependiente desde que Marco Polo abrió la ruta de la seda y las naves de Colón cruzaron el Atlántico.

En las décadas de los 50 y 60 la preocupación del Fondo fue eliminar los controles de cambio y la defensa de las paridades fijas, la estabilidad de las divisas de los países más avanzados, la libra esterlina, el franco, el marco y el dólar. La quiebra en 1971-73 del sistema monetario ideado en Bretton Woods dejó huérfano de objetivos al Fondo. La institución quedó desnortada. Se pensó que había cumplido la función para la cual fue creada. Pero en lugar de desaparecer se reinventó y se adaptó a una economía de tipos de cambio flexibles. De guardián de un mundo de paridades fijas, el organismo asumió el papel de supervisor de las políticas económicas de los países miembros.

Las turbulencias económicas y financieras derivadas de la subida de los precios del petróleo en 1973 y 1979 platearon nuevos retos. La expansión de los mercados de capitales dejó por algunos años en la cuneta al Fondo. Cayó en el ostracismo. La entrada masiva de naciones africanas y asiáticas planteó nuevas demandas. Se alzaron las primeras críticas, en ningún lugar los “hombre de negro” eran bien recibidos, pero nadie propuso la disolución del organismo. Las crisis de la deuda soberana en el decenio de los 80 pusieron al Fondo en el centro de la escena. Para los acreedores (la gran banca mundial) la intervención del FMI en la resolución de las crisis fue de utilidad porque se garantizaron la devolución de lo prestado. Para los deudores también porque consiguieron que no se cortase del todo el flujo de capitales.

En los años 90 se incorporaron al Fondo los países de la Europa con economías de planificación. La institución tuvo que aprender la palabra transición. No estaba preparado y en su intervención cosechó fracasos y recibió aceradas críticas. Vadeó las turbulencias como pudo. También tuvo que reinventarse para hacer frente a las violentas crisis financieras en el Sudeste asiático, en Argentina y en Brasil, cuyo origen estuvo en descontrolados movimientos internacionales de capital y una mala gestión de las autoridades de los países afectados. Y en el siglo XXI, tras un primer decenio de inactividad, deslegitimado y estigmatizado por sus actuaciones, ha renacido cual fénix de sus cenizas. Desde 2007, el Fondo se ha situado por enésima vez en el centro de la acción.

75 años después de su creación el FMI se encuentra en una encrucijada. El multilateralismo está en jaque, se cierne la sombra del proteccionismo y la amenaza de un creciente nacionalismo. Los enemigos del liberalismo y la democracia están en alza. Estados Unidos se desliza hacia el aislacionismo; Europa está en semi-declive; Rusia es una democracia todavía muy imperfecta; China un régimen autoritario; en Latinoamérica hay más optimismo, pero todavía quedan bolsas enormes de subdesarrollo; la pobreza reina en África, pese a los progresos.

¿Sobrevivirá otros 75 años? Mientras haya crisis económicas y desequilibrios financieros en un mundo global se necesitará un prestamista en última instancia internacional. Su supervivencia dependerá de que refuerce su legitimidad: eliminando la desproporcionalidad en sus órganos de gobierno, otorgando mayor poder a los países de economías emergentes, reorientando sus objetivos, poniendo énfasis en el crecimiento sostenible y la distribución de la renta. Olvidando el fundamentalismo de mercado. Zafándose del estigma que supone solicitar su asistencia financiera. Reconociendo equivocaciones. Abandonando su tradicional opacidad.

Christine Lagarde, la primera mujer en dirigir la institución, trazó desde su llegada una agenda ambiciosa que va más allá de la preocupación por la estabilidad financiera. Se marcha al Banco Central Europeo y sólo cabe confiar que su sucesor siga sus pasos y que, como muestra de los nuevos tiempos, su puesto no sea ocupado como hasta ahora por un europeo.

Pablo Martín-Aceña
Catedrático de Economía, Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Alcalá y autor de libro 'Historia del Fondo Monetario Internacional'. Este artículo fue publicado en El país, España.

Agregar comentario