Tarea

Crónica en el muro

Ignacio Manuel Altamirano


La muerte de la señora Juárez

En México, el año de 1871 ha entrado, como dice mi amigo Gostkowki, coronado de ciprés.

En efecto, los primeros días de enero, consagrados generalmente a fiestas íntimas y a esperanzas placenteras, fueron turbados por el funesto acontecimiento de la muerte de la señora Juárez.

La esposa del Presidente de la República era una mujer eminente, no por el puesto que ocupaba en la sociedad, sino por sus altísimas virtudes. La sociedad mexicana, sin distinción de partidos, lo reconoce así, y es mucho que una sociedad dividida por profundos resentimientos y por obstinadas preocupaciones, rinda un homenaje espontáneo y uniforme a la verdad.

Y es que la virtud de esa matrona resplandecía demasiado para que pudiera negarse. ¿Quién podría negar la luz del sol?

La noticia de tamaña desgracia, heló la risa en los labios de todos.

Parece que en el momento se extendió sobre México un velo de tristeza, que obligó a cada uno a lamentar en religioso recogimiento una pérdida irreparable.

Los tiempos en que vivimos no permiten los lutos oficiales; Juárez no es partidario de la pompa, y menos para sus asuntos privados; la modesta señora que acababa de morir la desdeñó durante su vida de elevación, con la sinceridad de las mujeres republicanas y de los corazones virtuosos. Así es: que no sólo no se dispuso nada oficialmente, con motivo de la muerte de la esposa del primer magistrado de la nación, sino que se omitieron hasta las invitaciones.

Jamás se había llevado la modestia y la delicadeza democrática hasta ese extremo.

Pero jamás tampoco se había hecho una demostración tan espontánea, tan general y tan tierna del sentimiento público. Al menos yo no recuerdo uno semejante desde que vivo en México, ni lo he oído decir.

Cesaron los banquetes, cerráronse los teatros, las sociedades suspendieron sus sesiones y los talleres sus trabajos. Todo el mundo, nacionales, extranjeros, de todas edades y de todas las clases de la sociedad, se dirigieron en gran número a la casa mortuoria, sita en la colonia de los arquitectos, para acompañar el cadáver al cementerio de San Fernando, donde debía sepultarse.

Las calles de la Mariscala, San Hipólito, Puente de Alvarado y Ribera de San Cosme, se hallaban inundadas de gente la tarde del día tres en que tuvo lugar el entierro.

La comitiva que acompañó al cadáver era inmensa, la mayor parte que hemos visto jamás. Presidíala el ministro de Relaciones, señor Lerdo de Tejada, y en ella se veía a los ministros de los Estados Unidos, de la Alemania del Norte y de Italia, a los demás miembros del gabinete, a los diputados, magistrados de la Corte Suprema de Justicia, a los escritores, a los artistas, a las sociedades científicas, a las escuelas de beneficencia, a las sociedades de artesanos y a innumerables individuos que, sin figurar en política ni tener siquiera relaciones con la familia del Presidente, venían a tomar parte en una manifestación tan sentida como justa.

El cadáver llegó a San Fernando y allí se colocó en un catafalco sencillo y rodeado por diez cirios y braserillos con incienso. Junto al catafalco se colocó la tribuna, a la que subió Guillermo Prieto, y con esa elocuencia arrebatadora con que él sabe conmover los corazones, pronunció una oración fúnebre que hizo derramar lágrimas a todo el auditorio.

Recordó la bondad característica de la finada, sus sinceras virtudes sociales, sus prendas como esposa y madre, su inmensa caridad, su abnegación en las adversidades, su valor en el destierro, su modestia en la alta posición que ocupaba, su inteligencia y su amor a la patria, por el que dividió con su esposo las penalidades y peligros de una vida toda consagrada a su servicio.

Dio Guillermo a su acento tal ternura, a sus palabras tal sentimiento, que los circunstantes no podían más, y cuando el orador bajó sollozando de la tribuna, también ellos sollozaban.

Y era natural: allí estaban, en su mayor parte, los republicanos, viendo que la muerte acababa de arrebatar a una de las matronas más distinguidas y más beneméritas, a una mártir de la causa santa de la patria.

Era un duelo de familia aquél, el duelo de la gran familia liberal.

Después habló Joaquín Villalobos en nombre del “club central del pueblo”, y su discurso fue sentidísimo, sin que se le escapara una sola frase de las que pudieran herir a sus adversarios políticos. Habló como republicano en la desgracia.

Entonces no tenemos más que una alma para los nuestros. La tumba de una mujer virtuosa nos unía por el momento con la cadena del pesar. La muchedumbre se dispersó después silenciosa y triste.

Margarita Maza de Juárez era digna, por todos motivos, de ser sentida generalmente. Buena, afable, con un corazón abierto a todas las emociones generosas; su misión fue sufrir en la adversidad, consolar a los que sufrían, cuando estuvo en una posición próspera.

Era hermosa, con esa hermosura llena de modestia, que es como el distintivo de la mujer pura. La serenidad de su alma se reflejaba en su semblante, y la inteligencia brillaba en sus ojos negros y dulces.

¿Quién no la recuerda, escuchando con su rostro pálido y afectuoso los relatos tristes de la pobre mujer indigente, que siempre recibía de su mano algún auxilio en silencio y sin hacerse percibir?

¿Quién no sabe que jamás recordó que su marido era Presidente, si no era para rogar por el reo político, para proteger al afligido?

Esta señora era el ornamento de su sexo, era la personificación de las virtudes cristianas y de las virtudes patrióticas en la mujer.

A propósito, mi amigo el distinguido poeta y literato Juan A. Mateos, en un artículo que ha publicado en El Monitor, extraña que el clero, tan adulador con los vetustos magnates del partido enemigo, y que hace un ruido escandaloso a la muerte del más inútil de sus canónigos, no haya hecho una demostración de duelo por el fallecimiento de una matrona digna por mil títulos de respeto, tanto más, cuanto que murió en el seno del catolicismo.

Tiene razón Mateos en extrañar la actitud del clero, según las costumbres antiguas; pero los que no creemos que el clero nos pueda servir para nada con el ser supremo, nos hubiéramos afligido con una manifestación que resucitaba repugnantes costumbres viejas, y que no podía ser sincera de parte de quienes deben aborrecer a muerte todo lo que es liberal.

Por lo demás, ¿para qué sirven esas preces en latín detestable, esa canturria desapacible que recuerda los gemidos mercenarios de las plañideras romanas, y ese doble que fastidia por lo impertinente y por lo inútil?

¿Qué tienen que hacer esos hombres negros y antipáticos, cargados con el peso de sus propias culpas junto a la tumba sagrada de las personas virtuosas?

Sería absurdo suponer que necesita un ángel de la bendición de esa gente.

No: Dios me libre de desear a las personas que estimo y venero, que tengan en su muerte semejante acompañamiento.

Que Juan Mateos retire su filípica contra el clero, y que la convierta en acción de gracias porque se abstuvo de mezclarse entre nosotros junto al sepulcro de la santa mujer republicana.

En la modesta losa que cubrirá la tumba de la que fue esposa del Presidente de la República, no habrá más que un nombre inscrito; pero ese nombre será cubierto con la corona de inmortales que colocará allí siempre el cariño filial, y será venerado por aquellos que adoran la virtud verdadera.

3 de enero de 1871

Fuente:

  • Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

Ignacio Manuel Altamirano
Tixtla, Guerrero 1834 - San Remo, Italia, 1893 Escritor mexicano al que se considera padre de la literatura nacional y maestro de la segunda generación romántica. Ignacio Manuel Altamirano Nacido en el seno de una familia indígena, Ignacio Manuel Altamirano cumplió sus catorce años sin hablar todavía castellano, lengua de la cultura oficial, y por lo tanto, sin saber leer ni escribir; inició precisamente por aquel entonces un proceso de alfabetización que sorprende por su rapidez y consiguió, en 1849, una beca para estudiar en el Instituto Literario de Toluca, donde impartía sus enseñanzas Ignacio Ramírez el Nigromante, un intelectual mulato y librepensador (futuro ministro con Porfirio Díaz) cuyo interés por la juventud indígena lo convirtió en mentor y amigo de Altamirano. La influencia de su maestro prendió rápidamente en el joven, que pronto iba a dar pruebas del doble amor (por sus raíces indígenas y por una cultura que bebe en las ardientes fuentes del romanticismo europeo) que había de dirigir y determinar las opciones más relevantes de su vida. Estudiante de derecho en el Colegio de San Juan de Letrán, Altamirano se lanzó a la palestra política: se alineó con los revolucionarios de Ayutla, combatió a los conservadores en la guerra de Reforma (1858-1860), y más tarde, tras ponerse decididamente al lado de los seguidores de Benito Juárez, fue elegido en 1861 diputado al Congreso de la Unión, donde exigió que se castigase al enemigo; enarboló el estandarte de la patria libre y, en 1863, luchó contra el imperio de Maximiliano y la invasión francesa, alcanzando, en 1865, el grado de coronel por su participación en las batallas de Tierra Blanca, Cuernavaca y Querétaro. En 1867, restablecida ya la República, consagró por fin su vida a la enseñanza, la literatura y el servicio público, en el que desempeñó muy distintas funciones como magistrado, presidente de la Suprema Corte de Justicia, oficial mayor en el Ministerio de Fomento y cónsul en Barcelona (1889) y París (1890). Altamirano fundó, junto a su maestro Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, El Correo de México, publicación que le sirvió para exponer y defender su ideario romántico y liberal; dos años más tarde, en 1869, apareció gracias a sus desvelos la revista El Renacimiento, que se convirtió en el núcleo que agrupaba y articulaba los más destacados literatos e intelectuales de la época con el común objetivo de renovar las letras nacionales. Ese deseo de renacimiento literario y el encendido nacionalismo, que tan bien se adaptaba a sus ardores románticos, desembocarían en la publicación de sus Rimas (1871), en cuyas páginas las descripciones del paisaje patrio le sirven de instrumento en su búsqueda de una lírica genuinamente mexicana. Antes, en 1868, había publicado Clemencia, considerada por los estudiosos como la primera novela mexicana moderna, teniendo una destacada intervención en las Veladas Literarias que tanta importancia tuvieron en la historia de la literatura mexicana. En la última fase de su vida inició una serie de viajes que le llevaron a ocupar los consulados mexicanos de las ciudades europeas de Barcelona y París y a realizar un postrer periplo por Italia, país del que no regresaría nunca: falleció el 13 de febrero de 1893 en San Remo. Atendiendo a su voluntad, y tras ser incinerados, sus restos fueron trasladados a México y depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres. La obra de Ignacio Manuel Altamirano Su concepto del hombre y de la patria, su incansable actividad cultural, su defensa de los valores indigenistas y su decidida apuesta por las ideas de progreso justifican que se le haya situado junto a figuras míticas de la historia de México: de él se ha dicho que fue el apóstol de la cultura mexicana, del mismo modo en que Benito Juárez lo fue de la libertad. La obra educativa de Manuel Altamirano fue también notabilísima, y puede afirmarse que, sin su figura, la cultura mexicana se habría visto notablemente empobrecida. Fue profesor en la Escuela Nacional Preparatoria, la Escuela de Comercio, la de Jurisprudencia, la Nacional de Profesores y otros establecimientos docentes; así, tanto por su vida como por su incesante magisterio, Altamirano se ganó el título de "Maestro". Sus novelas Clemencia (1868), Julia (1870) y La Navidad en las montañas (1871) se consideran fundacionales para la narrativa mexicana. En ellas ponía de relieve los males que aquejaban al país: el militarismo, la deficiente enseñanza y las desigualdades sociales. El Zarco, publicada en 1901, es su obra más importante; rica en matices expresivos, giros idiomáticos y descripciones del paisaje, la novela narra las aventuras de un bandido de ojos azules, líder de la banda "Los Plateados". En su poesía (Rimas) se identifica con el paisaje en una sentida interpretación lírica. Su abundante producción en el género costumbrista se reunió bajo el título genérico de Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México, compendio de escritos y artículos agrupados en dos volúmenes, el primero de los cuales había de editarse en 1884, mientras el segundo sólo pudo ver la luz en 1949, cuando había transcurrido casi medio siglo desde la muerte de su autor. En sus trabajos de crítica literaria reiteró la necesidad de superar la dependencia de los modelos europeos y de encontrar un estilo y una temática autóctonos, y manifestó su voluntad de crear una novela nacional, independiente de la europea, en la que figurasen el indio, la historia mexicana y el paisaje patrio.

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