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LA CLASE

Educación Ambiental

Guadalupe Alonso Coratella


Julia Carabias: “El desarrollo es ambiental o no lo es”

El neerlandés Paul Crutzen, Premio Nobel de Química, ha propuesto el término “Antropoceno” como una nueva era geológica dominada por la humanidad de muchas maneras. La influencia del comportamiento humano sobre la Tierra en los últimos cien años es tan significativa que ha alertado a organizaciones y gobiernos para tomar medidas a nivel global. Es el caso de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, adoptada por la ONU, que incluye 17 objetivos; entre éstos, poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia, y hacer frente al cambio climático.

Sobre esto, la bióloga por la UNAM y miembro de El Colegio Nacional, Julia Carabias, explica que el problema del cambio climático se ha manejado desde tiempo atrás. “Han surgido advertencias, se fijan plazos, y la gente piensa que será el fin del mundo. Pero al cumplirse el plazo, como el mundo no se acaba, todo vuelve a comenzar”.

—¿Estamos ante una situación alarmante?

La evidencia científica es clarísima sobre cómo estamos interfiriendo los fenómenos naturales, el funcionamiento del planeta. No solo se trata de los recursos, del modo en que extraemos biodiversidad más allá de lo que se puede renovar, o de cómo utilizamos el agua mas allá de lo que el ciclo hidrológico puede mantenerla, o del aumento en el uso de agroquímicos al agotarse los nutrientes. No es ese impacto, sino la suma de todos ellos. Hay un cambio en la manera en que el planeta se comporta naturalmente, un tema que hace unas décadas no habría podido concebirse. El deterioro ambiental está ocurriendo, empeora, y las tendencias no se revierten. Hay un caso exitoso: el de la capa de ozono. Empezó a abrirse por el tipo de contaminantes que se generaban, los clorofluorocarbonados —aerosoles, aires acondicionados, refrigeradores—, pero gracias a una serie de incentivos económicos y acuerdos internacionales dejaron de producirse y finalmente se detuvo. Cuando hay voluntad política y acuerdos internacionales, acompañados de acciones concretas de la sociedad, del sector privado y del gobierno, las cosas pueden revertirse, pero no es el caso en lo que concierne al incremento de la temperatura de la superficie de la Tierra, el cambio climático y la pérdida de la diversidad. Las tendencias se agudizan. La situación es grave.

—¿Qué acciones se han tomado?

Las más importantes resultaron de la llamada Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro, en 1992. Ahí surge la convención del cambio climático, la desertificación y lucha contra la desertificación, la biodiversidad, el acuerdo de los bosques, pero existen dinámicas, metas, plazos, y cada país debe implementarlos, convertirlos en políticas nacionales. Todos los países han avanzado, sin duda, pero no a la velocidad que exige el problema.

—La conservación de recursos naturales es una obligación del Estado. ¿Los gobiernos han cumplido su parte?

En México, en la década de 1990, se fortaleció la agenda ambiental dentro del Plan Nacional de Desarrollo. Desde la academia y la sociedad civil, el empuje hacia la construcción de una agenda ambiental fue bárbaro. Se creó la primera institución ambiental, Semarnat, que recogió esa agenda nacional. Eso le dio una enorme riqueza porque se dio en un contexto global apoyado por las voluntades internacionales. Poco a poco, el tema se incrementó en términos de instituciones, recursos económicos, leyes, programas e interacción con la sociedad. En 2015 inició una debacle. Al final de la administración pasada, hubo un recorte de casi el 30% al sector ambiental. En este inicio de administración hubo otro, casi del 30%. Es decir, en cuatro años ha habido una reducción del 60% del presupuesto para atender la problemática ambiental. Esto no permite cumplir los compromisos; por ejemplo, evitar la deforestación. Nuestra meta en México tiene que ser deforestación cero, lograr que esos recursos naturales sirvan para que la gente pueda vivir en mejores condiciones. Cualquier acción implica un conjunto de políticas y de proyectos orientados a que la gente pueda conciliar su desarrollo y su bienestar con la conservación de los recursos naturales, pero los incentivos económicos se dirigen hacia proyectos de recuperación, restauración, y resulta que es el mismo dinero: se deforesta para reforestar, y eso no tiene sentido. ¿Por qué se hace así? Porque el programa apoya la economía de las familias, se enfoca en el combate a la pobreza, lo cual está bien, pero que no se le quiten recursos al medio ambiente. No puede financiarse una política de superación de la pobreza con recursos ambientales.

—Hay varios proyectos que generan dudas; el Tren Maya, por ejemplo.

Primero, no hay un proyecto. Hay, fundamentalmente, un funcionario público que habla del proyecto, pero no se ha presentado. La sociedad no lo conoce, así que no puede avalarse; por eso lo estamos demandando. Segundo, es distinto pensar en unos tramos de ese proyecto que pueden ser atractivos para el turismo, más eficientes para el traslado de gente, tramos que ya existen, donde están las vías. Lo que me parece inviable desde el punto de vista económico, social y ambiental, es que se pretenda atravesar el sur de nuestro país pasando por los pocos ecosistemas que le quedan en perfecto estado de conservación. Y el problema no es la vía del tren, sino lo que se genera en torno a la vía del tren, las ciudades que se constituirán cerca de Calakmul y Bacalar. Se habla de trasladar a 50 mil personas. ¿Cuál es el sentido? Si se trata de mejorar las condiciones de vida de la población, hay otros proyectos que pueden lograrlo, incluso con la parte turística, pero de bajo impacto: un ecoturismo bien hecho.

Sin duda hay que llevar proyectos de desarrollo para la gente que vive en esas regiones, pero sustentables. El trazo y el paso de una línea de tren en esa región no es un proyecto de desarrollo sustentable. Si hablamos de una nueva visión en una nueva época, tenemos que garantizar que el patrimonio de nuestro país —que no es nada más de esta administración—, lo poco que resta en el sureste, no se destruya. Tenemos ejemplos trazados. Tabasco empezó así, metiendo carreteras, trasladando mucha gente que venía de otros lados. Ahora está destruido, en pobreza extrema, y es uno de los sitios de mayor riesgo de crimen organizado. Lo mismo Veracruz. Está destruido desde el punto de vista ambiental, social y económico, y el crimen organizado opera como en pocos sitios. Por qué queremos densificar, llevar gente que no corresponde a los sitios, que no tiene la tradición, y llenar los estados con actividades productivas que no son para el desarrollo de la región, sino, en todo caso, para generar recursos económicos que le sirvan a las arcas nacionales. Creo que los mensajes se confunden todo el tiempo. Hay un interés en el desarrollo del sur, lo comparto plenamente, hay lugares donde pueden desarrollarse zonas turísticas, por supuesto. Es una zona bellísima, con arqueología, gastronomía y una población maravillosa, pero con esos proyectos intensivos vamos a destruirla, como ya ocurrió en Cancún, en muchas partes de la Riviera Maya, como ya está clarísimo en Playa del Carmen y los estados vecinos. No repitamos las historias que en los años setenta demostraron estar equivocadas. Hay que optar por un desarrollo diferente.

—Otro proyecto del que se cuestiona su viabilidad es el de la refinería de Dos Bocas.

La refinería pretende producir gasolina para disminuir la importación. El problema es que la inversión va otra vez a costa del desarrollo de tecnologías alternativas. La energía eólica, la energía solar, no se pueden frenar; son una alternativa de energía limpia muy importante. Hay que priorizar lo que implica la visión de sustentabilidad de largo plazo, y la sustentabilidad es ambiental, social y económica o no lo es. Me parece que el rumbo que está llevando hacia alejarse de la sustentabilidad ambiental en el marco del desarrollo nos está regresando a épocas del pasado.

—Una de las grandes problemáticas globales es el efecto invernadero y entre sus principales causas están la agricultura y quema de combustible fósil. ¿Los incendios recientes en Chiapas son resultado de la falta de previsión de las autoridades?

No podemos achacarle todos los problemas a un gobierno. Ha sido un año muy seco, con temperaturas muy altas. Cada vez hay más presión en la Tierra, la precipitación está retrasada. Además, no hubo lluvia invernal: la vegetación está en situación de sequía. La gente sigue haciendo cambios al subsuelo y utilizando el fuego en sus actividades de roza, tumba y quema, es decir, quemar para preparar los cultivos. En esas condiciones, las labores agropecuarias se salen fácilmente de control. No se debe permitir el uso del fuego en la agricultura. Ha costado decenas de años tratar de incorporar esa política en la planeación. Ahí es donde hay que insistir, porque en una combinación climática como la que estamos viviendo, que se agudizará por el cambio climático, resulta incompatible.

—“La política ambiental en México es muy joven, tan joven como la democracia, y hay que reconocer que, sin democracia, no se hubiera podido consolidar la política ambiental”. Así lo planteaste en una conferencia. ¿Qué hace falta para que la ciudadanía y el gobierno integren un frente común a favor del medio ambiente?

La política ambiental costó décadas. No ha sido un asunto solo de gobierno, sino un asunto que la sociedad demandó, por el que luchó y participó, que conquistó y defendió, la herencia de una construcción colectiva. Es necesaria la corresponsabilidad entre gobierno y ciudadanía, una sociedad organizada que refleje el pluralismo; incluyente, no redentora. Superar la pobreza, lograr la equidad, la justicia, el bienestar social, no son posibles si no revertimos el deterioro del medio ambiente; no son posibles si seguimos posponiendo las grandes decisiones en materia de desarrollo sustentable, y esto requiere la consolidación de las estructuras democráticas que tanto trabajo nos ha costado construir.

—¿Hay conciencia ambiental en la sociedad y una política democrática en este rubro?

Me preocupa que no se reconozca que los temas ambientales han podido avanzar en México y el mundo gracias a un movimiento activo de la sociedad en torno y en pro del medio ambiente. El gobierno no lo habría podido hacer solo: la sociedad ha sido las piernas y los brazos y los ojos de los funcionarios en el terreno. Ese espacio no lo ocupan las instituciones, lo ocupamos las organizaciones no gubernamentales y los académicos que generamos la ciencia necesaria para promover alternativas. Las ONG están aplicando esas alternativas, y los recursos económicos vienen del gobierno, del sector privado, de las fundaciones. Ahora todo está paralizado, se está perdiendo esa fuerza de colaboración porque hay un cuestionamiento. Está paralizado el financiamiento, están paralizadas las organizaciones de la sociedad, los académicos estamos muy desconcertados, y eso no nos ayuda a construir una ruta.

Me preocupa también que todo se nos vaya en esos temas, como si los problemas ambientales fueran el Tren Maya, la refinería, el aeropuerto. El tema ambiental está ahí donde vive la gente. Espero que haya una línea clara, un interés por seguir colaborando entre quienes llevan a cabo las acciones alineadas a las políticas que se han construido por décadas desde un colectivo nacional. No es la política de alguien, es de un colectivo nacional que ha empujado las rutas. Hay consejos consultivos, organizaciones transparentes, y hay muchas que han hecho mal manejo de los recursos. A esas hay que auditarlas, tomar medidas legales, pero no se debe paralizar esa fuerza, ese motor que en México está moviendo al desarrollo con una sustentabilidad ambiental.

Ciudad de México / 24.05.2019 21:16:40 Milenio

Guadalupe Alonso Coratella

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