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Orientación educativa

Sentido Común

Sarahi Rivera Flores


El valor de cambiar

Recuerdo que el año 1945 fue el más difícil para mí, mi madre acababa de sufrir su tercer y último infarto, entonces yo tenía 4 años y vivíamos cerca de Morelos. Sigo sin comprender muy bien lo que pasó en ese tiempo, recuerdo ver a mi madre llorar varias veces al día y de vez en cuando se dormía en mi cuarto. Los últimos días que estuvimos juntos nos quedamos en casa de los abuelos –también fue de las últimas veces que los vi-. Después de ausentarme unos días a la escuela regresé muy animado, sin embargo, todos me veían de una manera casi absurda, nadie se sentó conmigo durante el receso. Al salir felizmente vi a mi padre, nunca antes había ido por mí. No esperamos al abuelo. Sin maletas, salimos en un tren rumbo a… durante el viaje no dejaba de decirme lo mucho que me quería y que él sí estaría conmigo para siempre.

Estoy seguro que no puedo recordar en su totalidad todo lo que viví los años siguientes por la violencia que sufrí de parte de mi padre, siempre pensaba que tal vez por esto lloraba mamá, y me sentía mejor porque ella nunca volverá a pasar por esto.

Le agradezco tanto por ser mi primer maestro y por ese 08 de Marzo 1947, aquel día me levantó de la cama, me arrojó un extraño uniforme y me dijo que me llevaría a la escuela. Él no me había llevado antes porque decía que aún no encontraba una escuela digna, que todas tenían maestros fracasados. Recuerdo lo feliz que me sentí, por fin tendría amigos, jugaría tanto futbol en el receso que regresaría cansado a casa. Cuando íbamos en camino pensaba en que no quería que hubiese muchas niñas en mi salón, ellas acusan y son gritonas. Llegamos, “Internado Estudiantil La Paz” decían las letras de afuera. A pesar de haber perdido casi cinco años de escuela ingrese a tercer año de primaria, seguro era muy inteligente porque mi papá me había enseñado algunas cosas en casa. Me despedí de él con un abrazo y se fue. ¡Bien! Ni una sola niña cuando entré al salón. De inmediato hice amigos, Felipe fue el primero en decirme que estaban pensando en fugarse “¿Fugarse?” –Pensé yo- “parecían niñas, sólo faltan unas horas para que vengan los padres de nuevo por nosotros.” Conforme siguieron hablando entendí el significado de “internado”. Pasaron los días y mi padre no había si quiera llamado, entonces regresó una sensación que ya había sentido antes, no comprendía qué pasaba ni cuándo regresaría a mi casa, la soledad y la tristeza me invadían algunas noches de insomnio. Cada vez entendía mejor porqué mis amigos pensaban en fugarse: ¡La escuela era un horrible! no había receso, no solo comíamos todos juntos en un salón pequeño, sino que también dormíamos y nos bañábamos juntos, siempre había clases y cosas por hacer, teníamos que pedir permiso para todo: hasta para ir al baño y si te tardabas demasiado, seguro te tocaba un castigo. Lo peor pasó en quinto año, cuando me di cuenta que no había ni una sola niña en toda la escuela “¡Un colegio de hombres!” – Dije —“Vaya tonto.” Si bien no me juntaba con las niñas, sí me gustaba verlas de vez en cuando…

Tal vez yo fui el último en darme cuenta y por lo tanto lo haga falta mencionarlo pero me tomó un par de años aceptar que el plan de mi padre desde un principio era no regresar nunca.

Al director González y a los demás profesores les crecía el orgullo al pensar que tenían que control total sobre nosotros. Las llamadas de atención eran tan frecuentes que se volvieron monótonas, el sentir de la adrenalina ya no era como igual que los primeros días… ya ni los golpes dolían. Por el contrario de lo que ellos creían, al ser cada vez más reprimidos, nosotros más nos rebelábamos.

“Miren, aquí viene el último dinosaurio, disculpen, el teniente más valorado.” —Este era el comentario que se escuchaba en los pasillos cuando González se aproximaba. Realmente nadie sabía nada sobre él pero parecía excitarles hacer especulaciones acerca de su pasado y las cosas que hacia dentro de su apartamento cuando las clases terminaban.

Después de tan sólo meses la escuela ya no parecía ser tan agobiante, en la hora de dormir y horas libres nos dejaban solos, era entonces cuando mis amigos y yo nos juntábamos con los más grandes, ellos ya podían salir a trabajar. Traían de la calle cigarrillos, ropa, fotos, revistas de diferentes categorías —mis favoritas se titulaban “sangre caliente.” No sé de dónde sacaban todo lo que traían pero vaya que todo se veía más viejo que González.

En 1960 por fin me gradué, fui el mejor de la clase durante 5 años, aunque jamás alardee sobre eso. Tenía 19 años y podía decidir si seguir en el único lugar que conocía y de donde pase más de 10 años de mi vida o “aprender lo que es ser un hombre” según palabras de mi amigo Felipe. Lo único que era seguro es que una vez saliendo, ya no regresabas.

Un día antes de irme no podía creer que de verdad iba a hacerlo. Reflexioné sobre todo lo que viví y aprendí durante todo estos años, a pesar de algunos acontecimientos innecesarios que muchos vivimos, adquirí una educación muy completa y significativa, los reconocimientos debían servir de algo pero, las preguntas que me acongojaban era saber ¿Qué voy a hacer cuando salga? ¿Realmente se hacer algo? Dudé un poco de salir por esa puerta imponente que media cinco metros más que yo y enfrentarme a nuevas adversidades. Finalmente Felipe y yo salimos con maletas en mano, dispuestos a ser dueños de nuestro futuro.

Me mudé al Estado de México, trabajé unos años como conserje de un hospital, fui guardia de seguridad, fui operador del tranvía e incluso, fungí como ayudante de un albañil. No me sentía mucho el tiempo y la comodidad no estaba de mi lado. Cuando me paraba frente al espejo veía a un hombre más que flaco, con ropa que no reconocía, un mentón perfecto pero con los ojos vacíos, me veía tan absurdo que decidí quitar los espejos de mi casa. Las cosas estaban muy difíciles como para volver a entrar a la escuela, en una de mis visitas a la Cuidad de México, me encontré con Ignacio, uno de los chicos que me vendía cigarrillos en el internado, él es maestro de la Universidad Nacional Autónoma de México y me pudo informar más a fondo sobre la situación de los estudiantes y lo que estaba por venir ”Tlatelolco, Campo de batalla” “Corrió Sangre” “El ejército contra los estudiantes” era de los títulos más sonados y vendidos por excélsior, la prensa, entre otros. Por cierto, nunca creí la memoria que se construiría a través de este movimiento social.

Después de hablar con Ignacio recordé quién era yo realmente, sentí un bienestar inexplicable, decidí seguir su consejo: transmitir todo lo que me enseñaron en el colegio. Me concentré en estudiar durante unos meses para refrescarme un poco, y gracias a las relaciones sociales que mantuve pude entrar a dar clases en la preparatoria. No podía decir con certeza si era esto era realmente lo que esperaba al entrar aquí, seguía las indicaciones al pie de la letra e imitaba a muchos de mis maestros que consideraba como los mejores.

Me consideraba el mejor profesor de la institución, pero fue hasta que decidí –dejando de un lado el convencionalismo- que los alumnos escribieran lo más relevante de mis clases, en ese momento fue cuando me di cuenta que el mismo egoísmo que mis profesores aplicaban conmigo, yo lo estaba aplicando con ellos. Mas aun cuando vi una nota anónima que decía “eres peor que mi padre”, en ese momento me vi en una contradicción tan grande que no supe qué hacer ¡estaba repitiendo el mismo patrón!.

Esa noche y otras más no dormí ni un minuto, leí y repasé muchos temas. Pude llegar a dos conclusiones: por una parte, estaba ejerciendo una violencia a mis alumnos por la forma en que estaba transmitiéndoles los conocimientos, por lo tanto, ese aprendizaje que ellos obtenían no iba a ser significativo para su vida, sino que se iba a quedar en sus apuntes sin poder trascender. Por otra parte, ¿qué estaba pasando con la educación en México? ¿Adónde la estábamos dirigiendo? Han pasado más de seis años desde que me gradué y la educación sigue siendo la misma. Crear herramientas teóricas, tener conocimiento sobre el desarrollo cultural e histórico ayudaría a la trascendencia pero hacemos lo contrario. Aunque parezca irónico, nos cegamos ante lo que la mayoría opina sin emitir nuestros propios juicios ¡porque no tenemos las bases necesarias para hacerlo! Nos convertimos en la sociedad desarmada ante la dominación a la que estamos sometidos.

Ahora, 50 años después de confrontarme conmigo mismo y mi pasado, me doy cuenta de esta y muchas más problemáticas. Necesitamos hacer un cambio lo dije en su momento y lo seguiré diciendo, dejar de desvalorar los conocimientos y a quienes lo imparten es un aparte esencial para generar un cambio que se establezca como el inicio de algo que perdurará y se desarrollará de manera homogénea. Este cambio no puede ser impuesto por una persona, por lo tanto, teniendo una base racional, critica y haciendo uso del modelo de habla, podremos llegar al análisis de lo que significa el objetivo, el objetivo de cambiar el rumbo del desarrollo, construir una sociedad incluyente, democrática y participativa, abrir el país a los jóvenes, devolver al lenguaje su sentido, acabar con la simulación, el autoritarismo y la represión.

Ahora podemos ver reflejado en cada nivel escolar la reforma educativa que pretendía ayudar a los maestros y estudiantes pero, ¿Qué tan cierto fue? Pensemos en Oaxaca, el 19 de junio del 2016 fueron asesinadas al menos 11 personas por policías federales y estatales en el intento de diluir una manifestación contra la reforma educativa. Esto no sólo pasó aquí sino en muchos lugares del país. En qué clase de lógica el “deber ser” estaría pensando en una educación que previniera la rebeldía, disciplinaría a los jóvenes e inculcaría en ellos la sumisión al sistema.

Cambié toda la metodología que tenía con mis alumnos, aprendí con y de ellos, les transmití todo mi sentir entregándome como un romántico al cambio. Esperando que nunca se repita esta historia, y dejando por sabido que los momentos más placenteros que llevamos en la memoria, así como los infortunios más ruines e inesperados son parte de nuestro telar histórico que continuamente construye lo que somos…

Sarahi Rivera Flores
Estudiante de la licenciatura en Pedagogía. Universidad Pedagógica Nacional. UPN 095 Azcapotzalco.

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