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Tarea

Cuentos en el muro

Cristina Pacheco


Juego de espejos

Seguimos haciendo los desayunos de ex alumnos en el antiguo laboratorio de química. Bajo los manteles blancos alquilados, las que aún son consolas de trabajo se convierten en mesas corridas, como las que hay en las fondas. Con pequeñas modificaciones –menos sal, pan sin gluten, sustituto del azúcar, poca grasa–, la carta no ha variado: café agrio y ralo, coctel de frutas con saborcito a refrigerador, chilaquiles sobre tortilla de huevos en polvo.

Antes de que lleguemos al pastel –¿fresa o chocolate? –, Esmeralda Paredes nos sugiere que, a la de tres, interpretemos el himno de la escuela. Acatamos la propuesta con cierta timidez y voces entrecortadas por la emoción. Al terminar se oyen aplausos, chiflidos, bromas, porras.

Como siempre, Elías Manso nos recuerda que debemos guardar un minuto de silencio por los maestros y compañeros muertos. Los ojos se abrillantan y brota en todos la necesidad de abrazarnos, de sentir que nos profesamos el cariño de antes y seguimos orgullosos de haber estudiado en esta secundaria. Esos momentos son los mejores de la reunión. Café agrio, coctel de frutas con saborcito a refrigerador, menos grasa…

Luego, ya junto a la reja, vienen los abrazos de despedida, los recuerdos de nuestro primer desayuno de ex alumnos y, al final, el obligado intercambio de futuros encuentros: Te juro que esta vez sí te llamo. Nos vemos cuando quieras, nada más, uno o dos días antes, échame un fono. En cuanto termine de arreglar mi casa te invito para que la conozcas.

II

Cada año me llega un mensaje recordándome que el último sábado de abril se llevará a cabo el desayuno de la generación 57. De ella egresaron un actor muy brillante, una ingeniera especialista en petróleo, dos corredores de fondo y un bailarín nominado a varios premios. Esos logros, en cierta forma, nos favorecen y aumentan nuestra satisfacción por pertenecer a la 57. La lectura del recado me devuelve a las muchas experiencias anteriores. Todas han sido idénticas. La de este año no será distinta. No vale la pena que me desmañane para asistir a una reunión que conozco de memoria. Decido que no iré aunque deposite mi aportación en la cuenta bancaria de Jorge Mercado. (Nunca nos lo ha dicho, pero sabemos que vive en un asilo con su esposa.) En broma le dimos el título de coordinador de eventos especiales, aunque en realidad lo único que organiza es nuestro desayuno anual.

Pero algo sucede: cuando se acerca la fecha de la reunión, pienso que no debo faltar. Después de tanto tiempo de no haber tenido noticias de mis antiguos compañeros siento deseos de verlos, de saber cómo están y si aún circulan con placa cero. (Esta frase, ocurrencia de Torres, es una forma graciosa de preguntarnos si Fulana o Zutano siguen vivos.)

Este abril mi reacción fue la misma. Como siempre, en los días anteriores al sábado especial me puse mascarillas, acudí al salón de belleza y dediqué un buen rato a elegir el vestido más favorecedor y que pudiera agradarles a mis antiguos condiscípulos. Algunos fueron mis pretendientes. No me gustaría perder los restos de la atracción o el interés que sintieron por mí hace ¿cuántos años? Mejor no hago cuentas.

III

Faltaban minutos para las diez cuando llegué a la secundaria. Como encontré la reja cerrada creí que, debido a mi retraso de cuarenta minutos, ya no se me permitiría el acceso. Un miembro del comité de recepción me aclaró que se trataba de una medida de seguridad y me entregó un clavel embalsamado en celofán. Hasta ese detalle era idéntico al de los años anteriores.

Al atravesar el patio grande miré hacia la Dirección y vi el mismo reloj de números romanos que el prefecto Hernández –ojos saltones y gesto agrio– tomaba por testigo de nuestros retrasos y emitía la sentencia: No sales a recreo. Imaginé que me impondría el mismo castigo si me viera llegando tarde al desayuno. Sin proponérmelo me vino a la cabeza la ocurrencia de Torres: Hernández, ¿todavía circulará con placa cero?

En cuanto llegué al laboratorio de química noté que había menos asistentes. Vestidos con ropas formales, muy rígidos, rodeaban a Roger Márquez. Se había impuesto una vez más la obligación de pronunciar el discurso de bienvenida. Para no interrumpirlo me quedé en la puerta observando a mis antiguos compañeros. Debido a los cambios impuestos por el tiempo me pareció que los veía reflejados en un espejo deformante, de esos que hay en las ferias y nos hacen reír, pero en el fondo nos asustan porque nos vuelven monstruosos.

De pronto sentí una mano sobre mi hombro y me volví: “¡Qué bueno que veniste! Me encanta verte. “La afabilidad y la sonrisa del caballero me recordaban a alguien, pero ¿a quién? Mientras lo oía decir frases amables seguí esforzándome por recuperar su nombre. Cuando creí haberlo logrado, exclamé triunfal: A mí también, Edgardo. Su expresión cambió: Edgardo era mi hermano. Yo soy Renato, mi querida Gladys.

Me pareció un acto de justicia que él también se hubiera equivocado con mi nombre, porque me llamo… ¡No importa! Luego, una tras otra, viví experiencias semejantes que terminaron en risas y la clásica disculpa: Perdóname, si me equivoqué fue por culpa del viejo alemán: Alzheimer.

IV

La reunión fue mucho más breve que en años anteriores, pero me alegro de haber asistido. Gracias a eso pude conversar con mis amigos, compartir recuerdos, hacer planes. Tal vez los mencionemos dentro de un año. Desayuno de la Generación 57: última semana de abril. 9 a.m. Te esperamos. Aunque al principio me resista, no faltaré ni porque sepa que todo será igual, aunque quizá lo mire a través de un espejo deformante: el clavel embalsamado en celofán, el discurso, el silencio por los muertos, el menú. Café ralo y frío, coctel de frutas con saborcito a refrigerador, menos grasa…

Cristina Pacheco

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