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Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético en la escuela

Alfredo Villegas Ortega


Otra vez los maestros

Penosamente, después de seis años de lucha contra la reforma educativa de Peña Nieto, los maestros enfrentamos de nuevo la incertidumbre y la falta de contundencia de la autoridad recientemente electa. Cansados del golpeo de los gobiernos de Calderón y Peña Nieto y empáticos con un candidato a quien le arrebataron el triunfo en 2006 y 2012, los maestros fuimos parte importante de esa mayoría ciudadana que se volcó en las urnas para apoyar a Andrés Manuel López Obrador (AMLO). El discurso y la oferta del entonces candidato a presidente fue muy claro: “Vamos a abrogar la reforma educativa hasta la última coma”.

Seguimos esperando. Desde el nombramiento de Esteban Moctezuma como secretario de Educación, las cosas apuntaban hacia otro lado. No es mera especulación. La campaña significó alianzas importantes tanto con organizaciones populares con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación ( CNTE ) como con personeros del gran capital. En el 2006 y 2012 fue decisivo para la derrota de AMLO, la falta de alianzas con el capital. A su posicionamiento de izquierda, proclive a grupos como la CNTE, debió alinearse políticamente y blindarse económicamente con la derecha. Y eso ha tenido un costo social, económico y, para ellos, político.
Bajo esa premisa, dialogó con la CNTE y a su vez con los empresarios: con ambos midió fuerzas, cedió y amarró alianzas. Hasta ahora, en los hechos, el pago de facturas se ha decantado hacia el capital (Romo, Moctezuma, et al.), pero también es cierto que quienes lo llevaron al poder fueron los sectores populares, y los maestros jugaron un papel importante en ese sentido.

Pareciera que los maestros estamos empeñados en llevar las contras o en jugar a las vencidas. No es así. Hasta hoy, después de varios gobiernos neoliberales, uno de los sectores más expuestos a sus efectos hemos sido nosotros. Resistimos como gremio y fuimos vanguardia en la lucha contra el neoliberalismo, denunciando, exigiendo y saliendo a las calles a exigir nuestros derechos.

Desde 2006 muchos fuimos los que acompañamos con esperanza la propuesta de un candidato, tan carismático, que prácticamente él diluyó un partido (PRD) y construyó otro (MORENA). En él veíamos la posibilidad de fortalecer la educación pública, las escuelas normales, reivindicar la figura del maestro. Seguimos esperando. Nuestro reclamo, no es como el del gran capital. Nuestro reclamo es porque aparezca la justicia social prometida, porque se nos restituyan derechos legítimamente conquistados, por salir del estado laboral de excepción. No somos advenedizos ni sectarios cerrados al cambio y a la propuesta, Entendemos que todo cambio implica un tiempo para rendir frutos, pero no podemos entender que las decisiones importantes, las designaciones de funcionarios contrarios al interés social, las líneas generales de las políticas públicas (en este caso concreto, de la educación) se encarrilen con el interés de grupos que tanto afectaron al magisterio, al dejar si no intacta, sí esencialmente igual la reforma de Enrique Peña Nieto (EPN).

Mientras, por un lado, López Obrador afirma que se apoyará a las escuelas normales, por el otro, seguimos con los mismos directores generales, en Ciudad de México, por ejemplo, cuando fueron los alfiles del gobierno peñista, los que auspiciaron la creación de mallas curriculares para las escuelas normales, al cuarto para la hora, con todos los efectos negativos que supone; improvisación, incoherencia, repetición, insuficiencia, desplazamiento de tramos importantes en la formación docente y un largo etcétera. Los mismos que aplaudían y validaban las decisiones cupulares de Nuño y Peña y que recelaban e inhibían cualquier visión contraria o crítica a EPN, hoy son los nuevos demócratas que hablan de la cuarta transformación. ¿De qué diablos le sirve a la república el baño democrático si se le pone la misma ropa interior sucia? (llene usted este espacio). Y de la misma manera si hablamos de la contratación para los normalistas.

Mientras no asuman que el magisterio es una profesión de estado, y que éste tiene la obligación de formar, abrir espacios para la investigación, capacitar, contratar, pagar y brindar las condiciones adecuadas para su ejercicio profesional, lo demás será mera demagogia. Si tenemos deficiencias, que se corrijan, con el concurso de especialistas, abiertamente, con credenciales académicas (muchos normalistas las tenemos), pero siempre será nuestro derecho el ser contratados en las escuelas de educación básica, porque para eso fuimos educados, porque para ello contamos con una cédula que valida la autoridad. Si Peña Nieto se encargó de degradarnos profesionalmente al cuestionar la cédula que ellos mismos expedían, lo justo es pedir al gobierno del cambio que se rectifique esa disposición y se nos restituyan nuestros derechos. Un cambio como ese significaría un guiño de buena voluntad, de apertura y de abrir los cauces a un diálogo vinculante magisterio – gobierno.

Hay mucho por hacer, otro tanto por defender y otro más por insistir. El maestro debe ser el promotor y profesional más reconocido y tomado en cuenta en el hecho educativo. El maestro no debe vivir un régimen de terror laboral. El maestro debe tener certezas, apoyos y reconocimiento. No queremos que sigan las evaluaciones, aun cuando la parte punitiva haya sido descartada, porque no representan nada, porque no conducen a nada importante, porque sólo obedecen a criterios y estándares internacionales, ajenos al contexto específico, no de México, sino de las diferentes regiones, estratos y situaciones específicas de cada escuela, de cada maestro.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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