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Deserciones

Lecciones de vida

Alfredo Gabriel Páramo


El Sol, segunda parte

“…si semos hijos,
no entenados de la Patria…”
Soy zapatista del estado de Morelos (Marciano Silva)

A pocos días del centenario de uno de los revolucionarios con más idea de que el cambio debe ser de raíz o no es, un texto que escribí un diciembre de hace dos años.

Como hace tantos años, Tlaltizapán me sigue pareciendo el Sol, es mismo que ahora se concentra en el crucero de Cuatro Caminos. Emiliano Zapata, ubicuo en el pueblo que fue su cuartel general, mira desde su pedestal a los empleados de la gasolinería, a los del Oxxo, a los del Banco Azteca, y seguramente piensa que hizo falta más revolución para liberar a esos jornaleros del servicio al cliente. Le pregunto a Laura, la empleada de rojo, chamarra y cara de absoluta fatiga, si van a trabajar mañana (25 de diciembre) y me responde que “mañana y todos los días, turnos de 24 horas si faltan los compañeros, y ahora más, que la gente viene a comprar y comprar”.

Las empleadas se despiden de Valentina, a quien han visto crecer; salimos a los invernales treinta y tantos grados morelenses (adentro de la tienda han de estar como a 15 grados, para descanso de los asoleados semituristas llegados de la Ciudad de México, Chicago o Saint Louis, muchos nacidos por acá, pero aclimatados por allá) y vamos al banco, que está repleto, sobre todo de gente que va a retirar las remesas navideñas que les mandan “del otro lado”. Los empleados también trabajarán, desde las 10, al día siguiente; mientras, hay que seguir trabajando duro, para que los dueños sigan disfrutando de un nivel de riqueza que ni los millonarios porfiristas soñaron. Los negocios familiares, salvo los de comida, avisan que cerrarán el 25.

Como desde el teclado puedo ver el futuro, sé que hoy y mañana estas carreteras llenas de hoyos porque el presidente municipal (priista) es un ratero, pero la gente ya sabía y a pesar de todo votó por él, estarán repletas de vehículos mal manejados, con placas de Guerrero, CDMX, EdoMéx o Morelos: demasiada cerveza para estas carreteritas, este calor y este sol. Además, decenas de balnearios populares añaden su cuota de peligro al camino, pues la gente que deambula asoleada por la orilla de la carretera –sería burla llamarlo acotamiento– de repente aparece frente al auto, o frente al camión cañero, pues estamos en plena zafra invernal.

El tianguis, ahora es lunes 25, en el centro de Tlaltizapán está tan vivo como siempre. No hay central de abastos y el mercado municipal era y sigue siendo un mugrero pequeñito y oscuro, donde se vende la mejor carne del estado y un pollo por el que los milennials pagarían bastante si en lugar de ponerlo amontonado sobre la base de piedra del mostrador, lo etiquetaran como gluten free, organic, raised in farms y otras cosas absolutamente normales en los pueblos, pero que en inglés, y recomendadas por alguna celebridad del show bizz, les saben mejor y se venden mucho más caro.

Voy de regreso a uno de los Temilpas. El olor a cecina y el sonido de la orquesta de viento que se cuelan de casas y centros comunitarios me recuerdan que estoy acá mismo, en uno de los centros de la ya más que centenaria revolución, pero con caudillos aún vivos, como me lo hace ver Vale cuando digo que mi General, en la estatua de Cuatro Caminos, me parece gordito:

“Mira, mamá, lo que dice mi papá; dile que Emiliano se va a enojar”, me acusa la bisnieta de generales zapatistas.

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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