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LA CLASE


Alfredo Gabriel Páramo


Rodolfo Walsh: La escritura necesaria

Basado en la ponencia presentada el 25 de marzo de 2019 en el auditorio de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, y dedicado a Virgilio Caballero al conocerse su muerte. Virgilio Caballero fue mi profesor en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García la segunda mitad de los años 70. Siempre fue un hombre recto y preocupado por la sociedad.

Es cierto que el periodismo tiene una deuda muy grande con la sociedad mexicana. Se ensalzaron presidentes que a la fecha tienen una imagen amable, como López Mateos, pero que en realidad fueron despiadados contra agraristas, médicos, obreros; casi todo mundo ignora que en los años 50 del siglo pasado, el Ejército mexicano bombardeó con aviones de guerra de las comunidades triquis en Oaxaca, pues el periodismo fue omiso de dar cuenta de ello.

Sin ir más lejos, en estos días los locutores de Televisión Azteca vomitan mentiras en torno a las movilizaciones obreras en Tamaulipas y acusan a los trabajadores de desestabilizar el país y pedir concesiones absurdas, y no de luchar por salarios y condiciones dignas.

No obstante, la actual oleada de linchamiento a periodistas que disienten o cuestionan al presidente no es, ni de lejos, justa. Los periodistas no estamos para decir cosas bonitas, suaves; ya un presidente anterior, o varios, se quejaron de que solo reciben ataques de la prensa que no se fijan en lo bueno.

Fijarse en lo bueno no es función del periodismo, sino de oficinas de comunicación social, amigos o abuelos consentidores. La misión del periodismo es fijarse en lo malo, en lo que no funciona, en lo que se debe mejorar. Acusar a cualquiera que no esté de acuerdo con el presidente de “prianista” o “chayotero”, decirle que antes no se quejaba, no sirve para mejora la labor periodístíca.

Por eso, en esta conmemoración de la obra de Rodolfo Walsh, latinoamericano nacido en Argentina en 1927, asesinado por la dictadura militar el 25 de mayo de 1977, reconocemos el significado particular que su vida tiene para el mundo de la comunicación.

De muchas maneras estamos en la época del periodismo. Su lenguaje, su estilo, sus métodos y técnicas de investigación, predominan en la actualidad en la labor de escritores de ficción y de no ficción, de novelistas e historiadores. Por otro lado, la influencia de esta peculiar forma de comunicación ha alcanzado trascendental importancia.

El periodismo se consideraba un oficio menor, si el juicio era benevolente, un advenedizo o una verdadera plaga, el periodismo se ha desarrollado, tomado fuerza y, lo más importantes, se ha profesionalizado, ha perdido el miedo y se ha ganado a los lectores, un logro relevante si recordamos que hasta hace muy poco, en las escuelas de periodismo se enseñaba que periodismo y literatura estaban completamente separados, que existía, (existe) una barrera infranqueable, un apartheid intelectual que pretende convertir al periodismo en género de segunda clase y a los periodistas en escritores frustrados, solamente existe en la imaginación —en el sentido más amplio de la palabra— de críticos y puristas, de guardianes de modos y formas superados no solamente por el desarrollo de la cultura y la sociedad, sino por la calidad, recursos y eficacia comunicativa de escritores y periodistas.

¿Cuándo se rompe esta barrera? ¿Cuándo alcanza el periodismo-literatura esa independencia y reconocimientos? En el siglo XX, ya conocido como el siglo de la comunicación, en el que el auge del proceso informativo, de la fiebre por saber más, por tener datos, pone a una mayor parte del público frente a periódicos y revistas.

Pero, ¿de qué manera el periodismo alcanzó respetabilidad? La obtuvo no gracias al trabajo de los periodistas tradicionales; por el contrario, lo obtiene por la labor de periodistas revolucionarios, de gente como Rodolfo Walsh periodista, claro, pero también Rodolfo Walsh militante, escritor, combatiente, que empieza siendo nacionalista, se irá transformando en marxista, pero siempre estará de lado del pueblo. Se le critica en sus últimos -pocos- años por su supuesta cercanía con el peronismo, pero él puntualizará: “mi cercanía no es con el peronismo, mi cercanía es con la gente”.

Walsh es un personaje entrañable, él mismo decía que era lento; le toman años, décadas, los cambios, la escritura, pero siempre va adelante, siempre se va desarrollando. Tampoco es una persona de éxito de esos que nos venden los medios ahora. No tiene mayores estudios fuera de la educación básica; es periodista, pero frecuentemente trabaja como editor, corrector o traductor; hace periodismo, pero también ficción.

Más que nada, Walsh como periodista es un gigante. Hace un periodismo de lucha, un periodismo comprometido y alejado de la objetividad que los medios burgueses nos han enseñado, llena de mentiras que parecen verdades.

El periodismo de Walsh en Operación masacre y ¿Quién mató a Rosendo?, en sus cartas abiertas contra la dictadura que le costarían la vida, es un periodismo que está en contra de la visión facilona y acrítica que priva en muchas redacciones y que supone que el periodismo no toma partido o que es posible un acercamiento pulcro, estandarizado de la información, basado en la mitología del mal llamado dato duro.

Rodolfo Walsh inicia en Latinoamérica el nuevo periodismo con una actitud crítica frente a todo, incluidas las ideas propias, así como observación, involucramiento y un lenguaje comunicador. Reconozco que alguna vez yo mismo desconocí su obra y aseguré, como aseguran en Estados Unidos y hace que volteemos hacia ellos y no hacia nuestra patria común latinoamericana, que Truman Capote, con A sangre fria, inició el nuevo periodismo, cuando Operación masacre que narra con todo detalle el asesinato de jóvenes peronistas, es nueve años anterior.

De esta obra, Nadal Suau afirma: “cuando Operación Masacre se cierra, uno entiende la diferencia entre una escritura necesaria y otras ruidosas”. Esto es importante porque el nuevo periodismo tiene como elemento fundamental un irrenunciable espíritu crítico y de solidaridad social, que lo obligan a modificar esos conceptos caducos de objetividad entendida como imparcialidad ciega en la interpretación del hecho periodístico.

Cuando Walsh escribió Operación Masacre era un joven relativamente inexperto, con algunos cuentos policiacos en su haber y que compartiendo la opinión de Paco Ignacio Taibo, “no son tan buenos”.

Sin embargo, cuando escucha el ya legendario “hay un fusilado que vive”, reacciona y comienza la investigación larga, difícil, para esclarecer un fusilamiento ilegal cometido por los militares durante la “Operación Justicia”, un golpe cívico-militar de derecha.

Los periodistas, lo muestra Walsh, no podemos permanecer impasibles ante la explotación, la injusticia o el hambre y escudarnos en el pretexto de que solo somos relatores objetivos e imparciales de los acontecimientos no es hacer buen periodismo, como el que Walsh sí hace en su otra novela periodística ¿Quién mató a Rosendo? en la que se da cuenta y denuncia la manera en que ciertos líderes traicionan a las bases trabajadoras en sindicatos corruptos allegados a la patronal. En esta obra, Walsh demuestra que el valor del periodismo no reside, ni remotamente, en repetir las cosas por más “verdaderas” que pueden ser, sino en descubrir la verdad y darla a conocer.
Tampoco se remite a ese concepto de “objetividad” que, según enseñaba cierta profesora de investigación periodística, “consiste en que si entrevistas a la izquierda, también debes dar voz a la derecha y que el lector decida”.

Rodolfo Walsh, lo podemos constatar por sus escritos, es un convencido de que el periodismo que no llama la atención sobre los problemas, que el periodismo complaciente, que el periodismo de amigos, no es periodismo. Podrá ser comunicación social, propaganda o cualquier otra cosa, pero no periodismo. Walsh fue capaz de decir: “la violencia policial siempre va cargada de corrupción”, cuando decir eso te podía costar la vida.

En estos momentos que ciertos sectores del periodismo mexicano está en crisis de credibilidad, deberíamos voltear los ojos a los nuestros (como los califica Taibo) y en particular a figuras como Walsh, quien vivió por el periodismo y dio su vida defendiendo sus ideales.

Un día, hace unos años, cuando mi hija Maricarmen estudiaba periodismo en la Carlos Septién, me llamó emocionada: “Papá, ¿conoces a Rodolfo Walsh, el de ‘Operación Masacre’? ¡Eso sí es periodismo!”. Por supuesto, tenía razón.

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

abelroca. 24 de Abril de 2019 14:35

Rrodolfo Walsh, dejó dos grandes lecciones,una someter a una crítica obletiva de la represión, su crítica hizo mas por el cambio,contruyó una nueva, informada conciencia de clase superando al periodismo vendido, El pueblo no se dió por vencido, tras larga lucha derrocaron el espurio regimen militar.Ambas victoiasssiguensiendonecesarias ante elrefgreso al nuevo régimen que defiende la expltaón del pueblo argentino, he visto el año pasado algunas expresiones de priodismo crítico que describen lanueva situación actualde Argentina denunciando el origen de la mayor deuda en Sudamérica,esterrible la situación. Macri desarga sobre las economías populares el pagode la deuda y promete gestionar otra deud aen e el
Monetari Internacinal , al periodismo argentino actual le falta lo que ya la sociedad pelea con angustia pues advierte que esta nueva condición que los derrota empeora.los argentinos están en una miseria real que es moral. la nueva clase dominante, el nuevo terror es el capitalismo salvaje, la lucha por mejorar parece imposible, los periodistas ya no pueden ocultar a los malos gobiernos y a la clases enriquecidas por el financiamiento internacional , están vendidos por mas de cien años de miseria económica y moral,decía mi abuela:¡dios salve a los argentinos!para levantar la moral, elperidismo deberá aceptar el ejemplo de Walsh, ahora dirigido a fomentar una victoriosa conciencia de clase popular.esa posiblidad radica en que las clases populares sean las dueñas de sus medios d sue combativa expresión

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