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Tarea

Cuentos en el muro

Rafael Pérez Gay


Un gran fumador

Les cuento. Yo mismo fui un gran fumador. Uno de los grandes. He pensado que cuando fumaba era feliz. Me refiero a que la compañía del humo, el orden de los cigarrillos en el paquete recién abierto, el olor de la primera fumada me hacía sentir bien, incluso melancólico porque, se sabe, a veces la felicidad atraviesa por la neblina de una tristeza extraña. Esos detalles mejoraban mi vida, como si tuviera más ilusiones y más sueños que perseguir.

El escritor Antonio Lobo Antunes ha dicho que escribir es como una droga. Se empieza por puro placer y acabas organizando tu vida como los drogadictos, en torno a tu vicio. Eso hice yo con el cigarrillo durante años. Presento mis credenciales: fumé el primer cigarro a los 14 años. Me lo ofreció el satánico Hernández en la calle donde jugábamos futbol y dibujábamos en el aire nuestros primeros sueños inalcanzables, como por ejemplo jugar en las infantiles del Necaxa.

La primera jalada de humo pasó por mi garganta como una llamarada y tosí como si fuera a escupir el paladar y la campanilla. No volví a abandonar el cigarrillo durante los próximos 36 años. Fumé cigarros Bali, Baronet, Commander, Record, Del Prado y un día abrí la puerta triste de los Marlboro Light. Me quedé a vivir adentro muchos años.

Fui capaz de hurgar en el bote de basura de un estudio a las cuatro de la mañana para sacar una bacha y darle dos fumadas. Fui capaz de salir bajo la lluvia a la una de la mañana a comprar una cajetilla. Fui capaz de fumar en la cama después del amor. Fui capaz de fumarme cuarenta y cinco cigarrillos al día. Es decir, organizaba todo en torno a ese vicio. Nada tenía sentido si no pasaba por la casa la dama oscura de la nicotina.

Siempre que recuerdo una escena familiar hay humo en ella, mucho humo y ceniceros atestados de colillas, y cajetillas vacías, arrugadas como una cordillera en honor de la adicción. La noche en que a mi madre la reventó una embolia, cuando entré a su cuarto de anciana moribunda de 90 años, lo primero que vi fue un cigarro encendido en un cenicero. No miento, ahí estaba la línea delgada de humo ondulante buscando el techo, la última bocanada que aspiró mi mamá.

Creo que yo batí todos los récords. Una noche de locura y fiesta fumé sin pausa, con rabia y furor. La noche pasó sobre nosotros y la luz del día me sorprendió prendiendo el último cigarrillo de la mañana. Hice una cuenta mental y supe que el día anterior con su noche completa yo había fumado 70 cigarros.

Recuerdo que, en una mesa de lectores y admiradores, Jaime Sabines nos contó que cuando dejó de fumar puso sus cigarros Delicados sin filtro en la parte más alta de un armario. Eso lo tranquilizaba y, por paradójico que suene, lo alejaba del tabaco. Hice lo mismo. Dejé mis Marlboro con su encendedor Bic arriba de un librero. Pasaron los años, siete, con cinco meses y seis días. Abandonar el cigarro puede ser mucho más cruento que dejar al amor de tu vida.

Repito que cuando fumaba era feliz. Así pasa con algunas cosas de la vida, te hacen un daño espantoso, pero también te hacen feliz. Cuando mi hijo prende un cigarrillo, el olor de la primera fumada, sólo la primera, me recuerda mis días de fumador empedernido y claro, la juventud perdida.

21 de enero del 2016

Rafael Pérez Gay

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