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Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético del Sistema Educativo Nacional

Alfredo Villegas Ortega


Maestros: entre ideales, realidades, promesas, compromisos y expectativas.

Un maestro del siglo XXI, debe cubrir un perfil muy amplio, pues las exigencias son cada vez mayores. No basta con poseer el dominio de la disciplina que se imparta, sino que, además, se requiere estar a tono con la velocidad con la que ocurren los cambios. Las nuevas generaciones, se caracterizan por tener a su disposición una cantidad de información que supera las expectativas de cualquier biblioteca y los conocimientos de cualquier profesor. El énfasis, entonces, no ha de ubicarse en la erudición magisterial —si bien es cierto que debe poseer conocimientos vastos, pues no deja de ser un líder natural del proceso enseñanza —aprendizaje—, más bien a esa obligación de siempre, el maestro de estos tiempos, debe ser alguien que sepa utilizar las TIC, las TAG y las TEP tanto para el acopio de información y para utilizarlas como técnicas para enseñar y aprender.

El uso de instrumentos y medios novedosos, es algo que los nuevos tiempos demandan. Pero debe ser ponderado el asunto: muchos maestros pueden ser expertos (o lo son) en el manejo de tecnologías y sus cursos se caracterizan por la innovación y eventualmente, por la atención y el interés de sus alumnos, pero no es suficiente, porque eso lo hace el medio. Es como si consideramos el tiempo que un niño o joven se sumerge en las redes sociales; es decir, obviamente hay un interés por un medio que entrega información expedita, atractiva, aunque no siempre confiable y muchas veces, falsa. El medio no debería sustituir al maestro, aunque algunos se conviertan en profesionales que solo seleccionan el contenido, lo utilizan en sus clases y solo establecen algunas preguntas sin llegar más allá.

Luego entonces, un maestro de los nuevos tiempos, debe adecuarse a los medios, pero pensando y dirigiendo sus acciones a la formación de ciudadanos con una vocación crítica, reflexiva y propositiva, que entiendan que la categoría ciudadana no empieza ni termina en el sufragio cada tres o cada seis años. Para poder formalizar un mejor ciudadano es preciso, pues, practicar, recrear, cuestionar y valorar la democracia.

Las aulas de las escuelas modernas, deben ser forjadoras de un espíritu democrático, y aquel maestro que no lo entienda, que no cubra ese perfil, será tristemente rebasado por las circunstancias, y de poco servirá su labor, pues los tiempos actuales, demandan un maestro comprometido.

El docente actual, debe ser un profesional responsable con la misión de formar ciudadanos conscientes, esos que se requieren para transformar nuestra realidad nacional.

Así, pues, un maestro requiere tener los conocimientos amplios de su materia, saber utilizar las nuevas tecnologías, poseer la empatía necesaria para establecer los puentes del diálogo con sus estudiantes. Asimismo, su compromiso con la educación debe apuntar a la consolidación de una democracia, y ello empieza en las aulas, en cualquier espacio escolar.

El papel y la responsabilidad del estado es imprescindible: mucho del atraso educativo obedece a las terribles decisiones en materia educativa. No hay una filosofía de la educación que exprese y apunte realmente hacia el tipo de hombre que queremos en el mundo actual, no solo funcionalmente sino participante para transitar hacia mejores escenarios. Esa ausencia de una verdadera filosofía educativa, debe, sobre todo, sembrar las virtudes necesarias para encontrar al hombre y a la mujer por venir.

Al no existir una filosofía educativa, hemos tenido que lidiar con políticas educativas sin rumbo, sexenales, funcionales y al servicio de otros intereses, no el que realmente haya podido reflejarse en mejores programas que produjeran el cambio que un verdadero diseño educativo debiera propiciar. Seguimos igual y no queda muy claro cómo habrá de encontrarse la luz en el nuevo gobierno, a saber, por las decisiones y designaciones tomadas en el terreno educativo, particularmente.

Así pues, se requiere de una política educativa que cubra las expectativas que demanda el mundo contemporáneo: aquella que pase de los terrenos de la certificación a una verdadera formación de los estudiantes, que les brinde los conocimientos y las competencias necesarias, para no sólo integrarse al mercado laboral, sino para que con sus conocimientos, sean, más adelante, la fuerza que requiere el país para transformarse de raíz.

Una política educativa que, además, considere la voz y la experiencia de los maestros para que su diseño esté asentado de manera firme, que piense y emane de las necesidades reales de los educandos.

Cambiar la penosa realidad por un mundo más humano y justo, supone pensar en las herramientas que hay que dar a quienes pueden generar dicho cambio: los ciudadanos. Pensar en un ciudadano, implica pensar en muchas cosas, y en estos tiempos, también, en los valores que ha de poseer; es decir, un ciudadano que realmente piense en los demás, partiendo de su propia conciencia. Alguien capaz de convivir en el sentido más amplio de la palabra; alguien que integre, participe, colabore, resuelva, atienda, entienda.

La ética debe ser, hoy, el conducto para reflexionar un poco, para detener la loca carrera, para reorientar nuestro concepto de civilización. ¿Somos civilizados o solo somos un engrane de una gran maquinaria que no acabamos de entender y para la cual debemos funcionar? Destruimos, peleamos, explotamos, dividimos, pisoteamos, excluimos. Hoy es momento de pensar en qué podemos y, sobre todo qué debemos hacer para modificar un poco este escenario de crisis en el que vivimos.

Muchas cosas hay que hacer, y como maestros muchas oportunidades tenemos para ayudar a perfilar a los nuevos ciudadanos. En nuestras manos está gran parte de esa construcción, pues podemos incubar ideas de cambio, solidaridad, empatía, justicia, participación y metas compartidas, sin renunciar a la individualidad que nos hace únicos, pero haciendo de lado los comportamientos de desapego, indiferencia, apatía y falta de interés por los demás. Vivimos aislados en la tecnología, con redes sociales por todas partes y con poco diálogo vinculante y efectivo.

Hoy, como siempre, el maestro juega un papel importante en la ruta del cambio. Apoyemos como sociedad sus justas demandas, porque en ello no va su estabilidad laboral o su vigencia profesional, sino la propia suerte del país. Esperemos que del nuevo congreso emane una ley que mejore las aberraciones del gobierno de Peña y los dos panistas, porque, de otra manera, el magisterio no se quedará con los brazos cruzados. Es tiempo de cumplir lo que se prometió y de exigir lo que sea necesario.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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